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Peter McFarlane (escultura).

Peter McFarlane (escultura).

Cuando entró a la plataforma encontró las imágenes de siempre y una que otra nueva, además de los nombres y nicknames al lado de su correspondiente ávatar, pero ningún mensaje. Al menos ninguno nuevo. Los muros y entradas completamente mudos y desactualizados. Por un momento creyó que podía ser un problema de señal, luego consideró una caída de la red. Fue al motor de búsqueda y se paseó por páginas y más páginas buscando una posible explicación, pero no encontró nada. Ningún indicio que revelara ninguna fatalidad momentánea en las redes, de ningún tipo. Saltó de una plataforma a otra, como un diminuto pixel perdido entre nubarrones de formas inconexas, y no detectó variaciones significativas: exactamente el mismo sepulcral silencio interfácico.
Con una leve sensación de sequedad en los labios, escribió en su muro: “Bah, parece q están ZZZZZZ… despieerteeen!!!” Nada. La página de inicio permaneció estática, sin bajar un milímetro. Miró el último mensaje dejado por Ángela la noche anterior, rezumando calidez y cariño, como siempre: “Descansa, amigo… No te olvido”, y algo de melodrama, claro, como solían ser sus despedidas, más por necesidad que por ganas. Más abajo un increíble aluvión de comentarios (¡107 ni más ni menos!), nunca había visto tantos en ninguna de sus publicaciones, ni en las de sus amigos. Los extendió con un dejo de ansiedad y risa, para ver otra serie de comentarios casi del mismo tenor: “Nos vemos pronto, compañero…”, “Hasta siempre, amigo…”, “Nunca te olvidaremos…” Se detuvo un breve segundo, con un serio revoloteo en el centro del estómago, y siguió: “Vuela alto, compadrito…”, “Descansa en…” Recorrió el rosario interminable de expresiones de despedida, mientras su cerebro intentaba sopesar la macabra situación. Esto es webeo, pensó, medio en broma, medio en serio, y un leve calor ganándole alguna parte del rostro… “Saaaa, se pasaron los weones…”, agregó como último comentario. Pero tampoco hubo respuesta. Ni la habría en las siguientes horas que fue consultando las páginas de sus amigos más cercanos y familiares, además de los curiosos títulos (por decir lo menos) de las últimas actualizaciones en su página de inicio. Las tres últimas eran el título de una película: “Infierno en la red”, el de un artículo: “¿Existe vida después de la muerte?”, y el de un anuncio mostrando un bello paisaje de un frondoso valle bajo un hermoso cielo azul, junto a una fumarola rojiza y humeante de algún volcán, ambos enfocados desde gran altura, y como pie de imagen en llamativas letras: “Elige tu destino final”…
Entonces su mente se desbloqueó y se iluminó, repentinamente: alguien le había crackeado la cuenta, seguro. No había otra explicación. Claro. Barajó un par de posibles nombres, sin dejar de prometerse un gran desquite, mientras sonreía con una buena ración de alivio (del que fue apenas consciente). Movió el cursor hacia la esquina superior y pulso la x para cerrar. Un mensaje de advertencia titiló ante sus ojos: “¿Está seguro que quiere abandonar esta página?” Miró la pregunta por un momento, con algo de aprehensión. No. No estaba muy seguro, la verdad. De pronto tuvo la vertiginosa sensación de una especie de vacío abanicándose detrás de aquel mensaje. ¿Está seguro que quiere abandonar esta… vida?
— ¡Oye, hueón, mueve el culo! ¡Hace rato que te esperan para almorzar!
El grito lo hizo saltar en el asiento. Venía de afuera. Era la típica secuencia de gritos de su viejo a esa hora. Al principio pensó que era el ángel de la muerte que ya venía por él, y empezó a dar manotazos al aire, mientras trataba de volver del sueño. Se había quedado dormido sobre el escritorio después de una ardua noche de chateo y discusiones sobre el último remake de una película de terror que apenas recordaba. Bostezó ruidosamente, limpiándose la saliva del mentón y la que salpicaba el teclado. Quedé raja, pensó.
Miró de nuevo la pantalla. Todavía estaba ahí, en mitad de la plataforma, con los últimos registros del chat nocturno (de madrugada más bien): “Ya poh, contesten…”, “Helo, heelooooo…”, “¡ALQUIEN QUE ME ESCUCHEEEEEEE?????”, “Igual… todavia m qdan unas shelas, poh wn… jajajajaajajajjejejejejejijijijijijji…”, dos horas más tarde, el último, como a las perdidas: “Tení un pito…?”

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