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Zdzisław Beksiński

Zdzisław Beksiński

Cuando una infección fúngico-cutánea mató al gran y desconocido escritor Kornelius Llampa, su familia hizo lo posible por ocultar el hecho. Tenían sus razones. Que una persona tan singularmente dotada y de intelecto tan penetrante, hubiera dejado proliferar algo tan común e inocuo como un simple cuadro infeccioso por hongos (con tanto tratamiento bueno y efectivo en pleno siglo XXI), no era algo como para hacer alarde. Y que el área infectada fuera precisamente alrededor de la ingle y el ano, tampoco lo hacía un asunto muy apetecible de ser divulgado. Además, por razones idiosincráticas nunca bien esclarecidas culturalmente, la aparición de hongos en cualquier parte del cuerpo en este país era inmediatamente asociada a elementos vergonzantes, como falta de higiene, contagio al por mayor, e incluso ciertas asociaciones de índole sexual, especialmente si las zonas atacadas tenían alguna relación. Poco ayudaba el hecho de que la empedernida soltería del eximio escritor estuviera siempre asociada a una posible homosexualidad jamás reconocida; de ahí sólo era cosa de poner la palabra “infección” y “ano” en la misma frase de “causa de muerte”, para que la prensa y el país entero se dieran un festín de especulaciones y jolgorio mediático, apenas la magna obra del autor se hiciese reconocida.
Y es que ahora que el gran Kornelius LLampa había pasado a mejor vida, su obra podría ser dada a conocer al mundo de una vez por todas, liberada al fin de la obcecada tozudez de su autor, que por un afán de pudor hacia la especulación artístico-monetaria y el absoluto rechazo al espíritu mercantil que proliferaba en el mundo actual, se había negado sistemáticamente a la autopromoción, o la promoción comercial de cualquier índole, con gran pesar de su familia y amigos, que veían con impotencia y frustrada indignación, cómo las más de las veces tenían que solventar de su propio bolsillo los gastos básicos de un genio cuya obra, bien patrocinada y promocionada, hubiera podido posibilitarle un vivir a cuerpo de rey, y de pasada saldar todas las deudas que había contraído con ellos y quién sabe con cuántas instituciones financieras.
Ahora podrían finalmente recuperar el capital “invertido” en el brillante escritor. Y para eso se hacía imprescindible construirle una muerte romántica y socialmente bien aceptada. Las muertes por soledad, tuberculosis, incluso por hambre, eran mejor aceptadas en estos casos, hasta aplaudidas y admiradas por tanto asiduo lector y por la crítica, especialmente si ocurrían en el desconocimiento y abandono. Por otra extraña razón aún no bien explicada, ese tipo y condiciones de muerte aumentaba la plusvalía del “autor maldito” luego de su deceso. Mucho mejor que una muerte comido por hongos, y cuyas circunstancias redundarían en una vinculación homosexual que más que ser un plus, como ocurría en muchos otros casos, sería más bien irrisoria y vergonzante.
Con el dinero de esa “plusvalía”, los familiares podrían no sólo restituir el capital puesto por gracia para solventar la materialmente nada productiva vida del autor, sino, además, revertir todo rastro de negligencia y falta de criterio práctico en ella, gracias a su posterior fama y fortuna. Y de paso pagar los tratamientos que los ayudarían a deshacerse de la verdadera y única gran herencia del gran escritor, dejada como una gran carcajada final ante lo que él probablemente consideraría pura fatuidad materialista: los malditos hongos que tenían a media familia rascándose desesperadamente y sin poder dormir desde el día de su muerte.

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