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Zdzisław Beksiński

Zdzisław Beksiński

Yo no andaría por los alrededores de Carrizal Bajo si fuera usted. No en mitad de la noche, y menos en los días de niebla, o de marea mala. Cualquier habitante de la zona se lo puede decir. Aunque lo más probable es que jamás se lo digan. No vaya a ser que una noche cualquiera, el bien intencionado que abrió demasiado rápido la boca aparezca por ahí, devuelto por la marea alta de la madrugada, o simplemente no aparezca nunca más. O que reaparezca luego de un largo tiempo, otra noche cualquiera de niebla o marea mala, vagando por los alrededores de Carrizal Bajo, exactamente cuando a usted se le ocurriera desoír mi consejo y andar por ahí. Estúpida idea.
Pero si usted se encuentra a suficiente distancia, digamos en Huasco o Freirina, puede estar tranquilo. A pesar de que se ha sabido de algunos extraños casos incluso a esa distancia. Es por la niebla. Sube desde la costa hacia el centro y el interior del valle, muy densa, durante innumerables noches y madrugas, en cualquier época del año, y arrastra partículas y olores desde las profundidades cavernosas de la pequeña caleta. Y nunca se sabe, puede que a veces arrastre algo más. Sólo a veces. Alguna otra cosa que se aventura más allá de los límites razonables en que debiera mantenerse. Suele ocurrir. Lo sé porque a mí me ocurrió.
Debí quedarme en casa, como insistía mi mujer, pero no me quedé. Debí seguir el consejo de un lugareño que me advirtió, pero no lo seguí. Así fue como terminé rodeado por una espesa camanchaca, en plena medianoche de marea mala entre los cerros que circundan las cercanías de Carrizal Alto, medio perdido buscando una supuesta veta que jamás encontré. Algo muy normal para un cazador de vetas como yo, quedarse varado por ahí, bajo un paisaje lunar o plagado de estrellas en mitad de la pampa, tratando de dar forma concreta a un rumor oído a la pasada, o un dato entregado en la complicidad de una conversación cualquiera. Y rumores y datos sobre los restos de riqueza que aún perduran en Carrizal Alto, o alguna veta escondida, son pan de cada día en el “oficio”. Los días de gloria de la zona habían desaparecido mucho tiempo atrás, pero las promesas de buena fortuna permanecían en el imaginario del valle, y atraían a alguno que otro pirquinero solitario. Aún cuando sólo fueran eso: promesas, y la posibilidad de terminar en medio de la nada en una oscuridad más que absoluta.
Por lo mismo hay que andar preparado. Para todo. Para el frío, para el hambre, para la noche repentina. Yo siempre fui el más preparado. Siempre. Pero para lo que vaga en noches como aquella por los alrededores de Carrizal, para eso, ni usted estaría preparado. Por mucho que se instalara con el mejor equipamiento, en la mejor tienda de campaña, en el mejor de los terrenos encontrados. En noches como aquella la niebla sube desde las costas de Carrizal Bajo hacia Carrizal Alto, y se esparce por todos sus contornos. Se traga las luces del antiguo puerto, ahora una diminuta caleta con sus restos de pasadas glorias, y busca entre las planicies y cerros. Lo que sea. Algún animal, un viajero despistado… o un pirquinero medio perdido. Y le susurra cosas. Hermosas. Dulces. Como tintineantes voces que flotan en el viento. ¿Las oye? Escuche.
Me despertaron no sé a qué hora. Tan densa era la negrura cuando me asomé a la entrada de la carpa para verificar aquellos extraños sonidos. Venían de todas partes y de ningún lado, entre un manto de niebla que parecía tan compacta como la oscuridad. La diminuta luz de la lámpara que encendí apenas la atravesaba. Se proyectaba unos centímetros más adelante, sobre un muro blanco y luminoso que envolvía todo. De pronto tuve la sensación de flotar en el centro de una nube: un náufrago en mitad de un mar de aguas y nieblas, aislado y perdido para siempre. La idea de que estaba soñando empezó a posarse lentamente en mi mente. Especialmente cuando oí un delicado, agudo y nítido lamento cruzar la inquieta brisa hasta mí.
— ¿Quién es?
Grité la pregunta con toda la rudeza y el tono amenazante de que fui capaz, pero no pude evitar que un matiz de temor temblara en ella. El lamento decayó en un angustiado sollozo, más cerca del haz de luz, que parpadeó en mi mano y desapareció rápidamente dentro de la carpa. En el estrecho refugio de tela escuché, con creciente agitación, el diminuto sollozo ulular en el viento, moviéndose afuera alrededor de la carpa, mientras la tela se agitaba y parecía ser raspada por diminutas manos invisibles. El viento, pensé, cerrando los ojos frenéticamente, sólo es el viento. Pero no era sólo el viento.
Les hablaría del horror. Pero ya no tiene sentido. Es como un viejo recuerdo que se desprendió de mi alma en un punto. Al escucharla susurrar mi nombre, al salir de la carpa y verla ahí, tan pequeñita como la dejé un día en algún punto de mi vida pasada, una antigua vida que ya no tiene sabor a nada. Ahora sólo queda una sensación de nostalgia y de infinito placer, atada a un amargo sabor a vacío y pérdida, sí, pero tan vital, tan poderosamente vital. Que se renueva cuando siento sus labios infantiles tocar mi piel en un largo beso, ardiente y arrebatador. Sólo en el minuto del paroxismo total de aquel beso siento un chispazo de ese horror: el horror de un abismo innombrable en el que me hundo, lentamente, el horror de la lucidez rota para siempre, el horror del amor fraternal y el deseo anidando en el mismo instante, conviviendo aberrantemente. Un chispazo fugaz, deleznable. Casi inexistente. Luego nada. La infinita nostalgia, como un anhelo inacabado, pero presente. No importa cómo, pero real.
Sé que tuve suerte. Lo sé. No siempre es así. Los viajeros se pierden, jamás regresan. O vagan para siempre entre la niebla y el viento de la noche. En cambio yo, sigo el rumbo de unos bracitos y unas manos que se enlazan a mi cuello, de una voz diminuta que me susurra antiguas nostalgias de vidas perdidas. Que me insta a ir más allá, siempre más allá del límite. Y yo escucho. Al fin escucho. Como usted debiera escuchar mi consejo. Si puede evitar andar por los alrededores de Carrizal Bajo en mitad de la noche, los días de niebla y de marea mala, evítelo. Si está un poco más lejos que eso, tal vez esté a salvo. Sólo tal vez.
Aunque si le tengo que ser completamente honesto, yo cerraría las ventanas en los oscuros días de niebla, incluso si viviera en Vallenar. Nunca se sabe. Quizá la sombra de un antiguo paisano deambule por sus calles una noche de estas, con una pequeña figura a cuestas, gimiente y sollozante, oliendo a profundos abismos oceánicos.

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