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Oscar Sanmartin

Oscar Sanmartin

Los días pasan tranquilos aquí. Si no me muevo demasiado, el rumor de la gente (despiadado, a veces) pasa sin que lo note casi. Pero es difícil. Para contestar una pregunta, hacer una petición o escribir incluso una nota, hay que descentrarse unos segundos, los que a veces se convierten en minutos, y cuando la situación lo requiere y es inevitable, a pesar de todos los esfuerzos camaleónicos elaborados a través de los años, incluso un par de horas. En días como esos (que evito con toda la argucia de los mi especie), tengo la aberrante sensación de haber sido arrastrado a la intemperie de un campo minado, donde a cada paso que doy recibo certeros golpes y empujones, todos dispuestos a hacerme caer, para terminar despedazado sin remedio posible.
Hubo un tiempo infinitamente peor, sin embargo. Tengo algunos vestigios aquí o allá de entonces, memorias desgarradas y fragmentarias, que bajo el lente de la distancia y cierta borrosa distorsión, se convierten en engendros que invaden una que otra noche y algunos sueños. Especialmente en los días de más ajetreo. Fueron tiempos de olores, roces y alaridos llenos de delirios y amenazas. Tiempos de correr por la selva de los días, de la cotidianidad insalvable de salas y lecciones, de vomitar palabras como grandes moles de piedra apuradas hasta la demencia. Luego esta paz y tranquilidad. O al menos algo parecido a eso. Si no me muevo demasiado.
Y no lo hago. De hecho, he olvidado cómo hacerlo. O simplemente ya no quiero recordarlo. Se está tan bien aquí. En medio de todo y de ninguna parte. Acunado por el silencio de mí mismo, centrado en un activismo que más que cualquier otra cosa (o lo que aparenta,) es una huida y una forma de quietud y soledad elegida. ¿Y por qué no habría de elegirla? En medio del vendaval inmisericorde del mundo elegí lo más razonable. Otros eligieron el miedo, el dolor, los sueños, la ambición, la violencia, incluso muchos la esperanza. Ninguno fue condenado a la locura o a la indiferencia; a algunos hasta se les levantaron monumentos y se les hicieron ovaciones. A nosotros, en cambio, siempre se nos miró con extrañeza, desagrado o con lástima. Entonces aprendí a no moverme. A decir lo justo y necesario, a dar la respuesta adecuada, a ser eficiente y productivo, y luego retroceder hasta mi caparazón. Un ejemplo, dicen, un ejemplo. Y me dejan ser lo que soy.
Pero ya no los recuerdo. A mis congéneres (si alguna vez lo fueron). Tampoco ellos a mí. Así está bien. Un día partiré y nadie estará ahí para recordar quién era. Nadie preguntará a dónde fue, o qué se hizo. Ni siquiera recordarán cuál fue mi lugar en este su mundo. Tendré por fin un no lugar, bien ganado y bien merecido. Y me hundiré en la nada, en el anonimato sideral, donde ni siquiera el más portentoso silencio vendrá a perturbar la quietud del que nunca fue.

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