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Leonora Carrington. "La torre de la memoria"

Leonora Carrington. “La torre de la memoria”

Un día simplemente renuncié a la especie humana. Lo recuerdo muy bien. Fue un día de sol (muy frecuentes aquí), faltando algo más de diez minutos para las cinco de la tarde. Estaba en mi habitación. Hasta un juramento hice. O tal vez no. Los juramentos son demasiado humanos, muy típicos de la especie a la que renuncié en ese momento. No. Probablemente no lo hice, en sentido estricto, pero se sintió con la misma magnificencia de uno. Sólo la magnificencia, claro está, sin el pachotismo humano, que es parte de la renuncia misma.
¿Por qué? Razones sobran. Podría hacer listas eternas con motivos para renunciar a la especie humana; desde las más prosaicas que implican manías histéricas como tener que peinarse todos los días (una estupidez), pasando por las políticas y éticas, como las guerras, las hambrunas, la destrucción del medio ambiente, ambición de poder, etc., etc., hasta las más metafísicas como el sin sentido de la vida, la mota de polvo en el universo, la invención de la vida y la sociedad como una mera ilusión óptica de animal desesperado ante la nada y la cosa niuna, bla, bla, bla.
La mía está entre esta última y la primera; una joya de aberración, hablando en lógica estrictamente humana (si existe algo así en esa especie). Pero si hay que ser acuciosos con los hechos, en realidad no fue una renuncia de un día para otro. Me explico. La renuncia efectiva (el tomar conciencia definitiva de la renuncia) fue de un día para otro, es cierto; pero la renuncia vital no. Esa se vino gestando largamente a través de los años. Uno no renuncia así como así a su propia especie y ya. Es mucho más complejo que eso, por supuesto. Se empieza por pequeñas renuncias; las primeras son típicas manías sociales sin más sentido que la imitación conductual de la masa: la manía del celular, del fútbol, de ridiculeces tan simples como asociar la sexualidad a determinados colores; o determinada sexualidad, o comportamientos sexuales, a determinados individuos, sólo porque la “norma” social así lo pregona. Esta última ya entra en un nivel de renuncia mucho más subversiva (si se me permite la palabra) para el común denominador, aunque aún esperable, si se pretende formar parte de lo que la especie llama una “sociedad moderna”. Las más incomprensibles son las que apuntan a las bases de la especie misma: ciertos valores humanos considerados vitales para la sobreviviencia y sentido de la vida. Por ejemplo, renunciar a la procreación. Sí, la procreación. Entender que la idea del amor y de la búsqueda del amor, como el anhelo de fundar una familia (por amor), no es otra cosa que un elaborado sucedáneo de lo que en otras especies se conoce como instinto de procreación, eso es empezar ya a renunciar a elementos que son esenciales en la especie humana para entenderla como tal. Empezar simplemente a cuestionarlos es casi el equivalente a la blasfemia en sentido social y cultural; pero renunciar a ellos, eso es digno de la hoguera social misma.
Si a todo ello le siguen la renuncia a la idea de futuro, con todo lo que ello implica: ahorros, proyectos, planificaciones familiares a largo plazo, entonces el periplo está completo. Detrás de él vienen las renuncias más profundas: los sentimientos. Horror de horrores. ¿Qué clase de engendro renunciaría a sentir? Pero no es a sentir a lo que se renuncia estrictamente hablando. Porque ¿no es la renuncia en sí misma una forma de claudicación?, ¿y no está en toda forma de claudicación el sentimiento más profundo de quiebre ante lo humano? Es un exceso de sentir, podría decirse. Ya no queda espacio para el apego a nada. Todo se abandona. Se le abandona al continuo fluir del tiempo y el azar. Es lo único que queda cuando se descubre que el sentimiento es el equivalente al feroz deseo de posesión del otro, y nada más. Poseerlo para no perderlo y así no perderse uno mismo. Entonces toda esperanza en el otro queda superada, y queda superada toda decepción. Nada puede decepcionar si nada se espera. Porque la esperanza y la decepción (verdaderos polos heracliteanos) nos diluyen el ropaje humano y nos convierten en simples marcianos, esos de las clásicas historias de Bradbury: inexistentes para la mirada humana si no es coporeizando los propios deseos de quien los ve. Descubrir que eso somos: la esperanza de nuestros propios deseos corporeizados en el otro, y que cada esperanza en el otro es el dolor del otro atrapado por la tiranía de nuestros deseos (y viceversa), y que la decepción aguarda, dolorosa e inevitable, detrás de cada cual, lista para hundirnos en la agonía eterna del miedo y el dolor; eso es el corolario para toda renuncia final.
Porque la renuncia a la especie humana no es otra cosa que la renuncia a una especie que de humana sólo tiene un nombre que ya pocos recuerdan.
O puede que simplemente esté decepcionado. Quién sabe…

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