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Guayasamín.

Guayasamín. “Lágrimas de sangre”

Por todos los derechos
con que nos adornó la Declaración Universal,
sólo uno nos va quedando:
“Tiene derecho
a permanecer en silencio”.
De todas las promesas
que pregonaban tras la victoria,
sólo esta prevalece:
“Todo lo que diga
puede ser usado en su contra”.
Y la democracia:
bien, gracias.
Y la utopía:
hasta otro día.
Y las grandes alamedas
(sin un álamo huacho al que arrimarse)
se abren y se cierran
sin pena ni gloria,
hasta el fin de los tiempos,
el fin de la historia,
el fin.
(Dialéctica, le dicen.)
Entonces hay que rebobinar
la cinta y empezar de nuevo.
O de viejo.
Pero no hay más.
En este insignificante globo azul
(o rojo, según el caso)
no hay nada más que esto.
¿No lo sabían?
¿En serio no lo sabían?
Qué felicidad debe sentirse.
Despertar cada día con un propósito
en una jaula
perdida en el universo.
No hay problema.
Cuando se trata de asuntos tan candentes,
tiene derecho a permanecer
en silencio,
y todo lo que diga
puede ser usado
en su contra.

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