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Mimmo Rottela. "Minuit"

Mimmo Rottela. “Minuit”

Estaba acostumbrado a que le pasaran cosas raras. Más que excéntricas. Despertarse un día convertido en un insecto o empezar a vomitar conejitos sin que viniera a cuento, eran fenómenos tan naturales en él como el crecimiento de las cejas o abrigarse para el invierno. La última vez que lo hizo, luchando con un chaleco en un duodécimo piso al lado de una ventana abierta (mala idea), terminó en un hospital por más de un mes. La fiebre y las pesadillas de aquellas noches lo dejaron casi tan moribundo como el bisturí del médico después de la operación. Nunca estuvo seguro cómo había sobrevivido a todo eso. Si había sobrevivido. El hecho de que luego empezara a atravesar gente como si nada siempre lo hizo dudar. Eso sólo aumentaba sus delirantes miedos y obsesiones, que se apoderaban de él en los momentos menos esperados y de la manera más febril. Una muy curiosa había sido creer que su cuerpo era tan frágil que cualquier contacto o roce (hasta el más mínimo) terminaría por romperlo como al cristal más fino. Fueron días de angustiante soledad y terror existencial. Casi siempre lo eran, a decir verdad.
La idea de que un misterioso y oscuro mecanismo ajeno a él controlaba toda su existencia lo acosaba día y noche. La de él y la del resto. Unas marionetas que se movían al ritmo de algún titiritero ocioso que apenas podía con el aburrimiento de su propia vida, que les urdía curiosos experimentos pesadillezcos para desorientarlos y divertirse un rato. ¿Por qué el muy reprimido no se encargaba de su propia vida en lugar de inventarse juegos con la de ellos? Que fuera al sicólogo como todo el mundo y ya. A menos que fuera un muerto de hambre y no pudiera darse ese lujo, por supuesto, que de todo había en la viña. En todo caso, tampoco estaba muy seguro que le ocurriera a todo el mundo. Tal vez era sólo a él y nada más que a él. Alguna vez intentó averiguarlo, lo recordaba bien. Después de dar vueltas en eternos círculos, en un laberinto interminable de calles, y preguntar aquí y allá hasta dar con un patrón común, que a su vez lo condujera hacia un hilo de acontecimientos que terminara por un nombre y una dirección, llegó a una calle escondida y solitaria. Lo que encontró allí lo dejó más confuso de lo que ya estaba. Un tipejo viejo, rodeado de papeles y libros regados por toda la habitación, medio lloroso y acabado. Cuando le quiso explicar la razón de su visita, lo echó gritando en un perfecto español castizo:
¡Éste es el templo de la inteligencia! ¡Y yo soy su supremo sacerdote! ¡Vosotros estáis profanando su sagrado recinto!
Y lo dejó ahí, parado en mitad de aquel silencioso callejón, rodeado de una niebla tan espesa que por un momento tuvo problemas para orientarse y retomar el camino de vuelta. Cuando estuvo en su cuarto notó que le habían crecido un par de plumas en la cabeza. Típico, pensó, y procedió a arrancárselas con todo el cuidado posible, lo que no evitó en nada lo doloroso de la operación y el posterior ardor, que duró días.
Después de tanto tiempo, sólo le quedaba resignarse y esperar. ¿Qué vendría luego? ¿Un horrendo buitre devorándole los pies en mitad de la calle, mientras transeúntes pasan y miran con indiferente curiosidad? ¿El horror de una mariposa mutilada que anuncia el fin del mundo? Todo podía ser. Incluso esto, el exacto itinerario de su vida, o el remedo de ella, en manos de algún indolente tinterillo acomplejado, que remienda los trozos de esta historia con restos de otras ajenas, porque no se le ocurre mejor cosa que hacer.

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