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Salvador Dalí. "Paisaje con mariposas"

Salvador Dali. “Paisaje con mariposas”

Las mariposas empezaron a brotar profusamente aquí y allá, de un día para otro, como en un cuento de García Márquez pero con tintes malacatosamente vallenarinos. Fue después de una de esas típicas lluvias nortinas: cada diez años y devastadoras. Se posaron graciosamente en todo lo que pillaban, flores, ventanas y paredes, como curiosas y esporádicas visitantes al principio, para después empezar a filtrarse hacia los interiores, revoloteando de esquina a esquina entre paredes de edificios y casas, sobre los muebles, dentro de estantes y cajones. La gente se reía con sorpresa ante esta inusitada invasión de color y maravilla; se preguntaban de dónde habían salido tantas, y era el comentario obligado en las calles, escuelas y oficinas.
Pasada la primera semana de novedad y grata sorpresa, vino la indisposición de tener que encontrárselas irrumpiendo cada rincón, hacerlas salir de las habitaciones donde se propagaban como un torbellino de aleteos, alas palpitantes y cuerpecillos frágiles esparcidos sobre superficies planas, incluso en alimentos. Hacia la tercera semana el nivel de invasión propició una alerta sanitaria, y fue el turno de medidas algo más extremas, aunque aún dolorosas para algunos: los insecticidas y, en algunos casos, la fumigación a gran escala. Fue una semana oscura para animalistas y defensores del valle, que se volcaron a las calles en una colorida marcha de protesta contra semejante aberración, asediados por remolinos de mariposas que apenas les permitían abrir la boca para sus gritos y consignas.
El punto culminante fue verse forzados a usar mascarillas y poderosos filtros en los dispensadores de agua potable, cuando los aleteos eran tan compactos que zumbaban sobre los cielos de Vallenar, y junto al agua de los grifos empezaron a caer masas grumosas de mariposas muertas. Los consultorios y hospital se abarrotaron de niños y adultos cubiertos de picaduras y ronchas alérgicas, aunque el verdadero terror vino con la noticia de la primera muerte por asfixia de mariposas. Una muerte que hubiera sonado muy romántica en otras circunstancias, pero definitivamente no en estas. Al mes de invasión, el deceso de habitantes ahogados o desangrados por picaduras (aunque la autopsia posterior rectificó a: diminutas mordeduras) había aumentado ostensiblemente. Para cuando un ejército de fumigadores, enviado por la Oficina Central de Emergencias del país, llegó para despejar la zona, toda la red de instalaciones eléctricas y alcantarillado, además de un sinnúmero de maquinaria motorizada, había dejado de funcionar por obstrucción de mariposas.
Apenas había avanzado la mitad del invierno para entonces, y aún se esperaba una extensa primavera, con un desierto florido que prometía traer una marea de colores e insectos conforme a la estación que, por primera vez, nadie celebraría.

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