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Óscar Sanmartín. "El planeta hermético"

Óscar Sanmartín. “El planeta hermético”

La imponente trompa nacarada de la gran nave espacial pareció llenar la oscuridad sideral un momento. Los monstruosos alerones direccionales iniciaron un lento giro en su interminable entramado metálico, y la emisión de partículas de la antena transmisora formó una onda de transferencia que se filtró hacia los compartimientos interiores, pero cuyo eco se perdió en el vacío cósmico: Itinerario de ruta corregido. Preparándose para el anclaje.
— ¿Escuchaste?
La única respuesta a su pregunta fue un leve gruñido venido del montículo de sábanas a su lado, que empezó a ovillarse alejándose hacia el otro extremo de la cama. El reloj indicaba unos minutos pasadas las cinco de la mañana. Se enderezó para encender la luz, mientras pasos dispersos corrían en ráfagas discontinuas por el exterior de la cabina.
— Oye –volvió a decir, ladeando un poco la cabeza, como si auscultara algún sonido en la lejanía. Estamos girando…
Un rostro alborotado y somnoliento se asomó desde el túmulo de sábanas, y se quedó oyendo un momento con los ojos entrecerrados y heridos de luz, como si sopesara posibilidades. Súbitamente, bajó de la cama y empezó a buscar su ropa muy apurado.
— Vístete, parece que ahora sí.
La última vez que había dicho eso tenían veinte años menos, recordó. Se habían vestido con el mismo vigor y entusiasmo, luego de la segunda noche tras conocerse, y aunque sus cuerpos eran más esbeltos entonces, también eran menos firmes, y estaban limpios de las cicatrices que ahora los cruzaban, inmisericordes, aquí y allá.
Cuando salieron la agitación en los pasillos había disminuido bastante. Aunque no de una manera tranquilizadora. Más bien era una calma irregular. Al menos tratándose de ese sector, donde el constante ajetreo de equipos y grupos de investigación apenas dejaba espacios para escuchar el suave ronronear de la nave, que en áreas de silencio profundo podía oírse como una cavernosa melodía. Ahora, sin embargo, toda la nave parecía estar en alerta; el suave ronroneo había sido reemplazado por una profunda vibración que agitaba las paredes metálicas, y el intermitente mensaje emitido por la perentoria y fría voz de la computadora central, debía alcanzar hasta los más recónditos recovecos de la estructura a esas alturas: Todo el personal requerido, presentarse en los respectivos puertos de salida. Preparándose para el anclaje. Esto no es un simulacro.
A juzgar por la multitud que empezaba a congregarse en la Plaza Central del sector, sería otra incursión a gran escala. La quinta desde que tenían memoria; al menos los de su generación. Las de generaciones anteriores, la mayoría de ellas fallidas, eran ya incontables hacia atrás. Sin embargo, la última realizada hace doce años, había sido especialmente esperanzadora, aunque dolorosamente terrible: un descenso por un verdadero infierno, pero con vida biológica desarrollada a gran escala, algo que no había ocurrido en más de tres mil años de peregrinación espacial de sistema en sistema, y de planeta en planeta. La historia contaba, con la grandiosidad que sólo el tiempo y las leyendas otorgan, cómo miríadas de naves de transporte bajaron entonces con la primera camada de hombres, mujeres y niños, hacia la gran esfera del primer y único planeta apto para la vida humana encontrado, y volvieron vacías con un mensaje de aliento y esperanza para el pequeño grupo de científicos, ingenieros, intelectuales y tropas de excursión, que permanecieron en la gran nave nacarada, para repoblarla y continuar su marcha incansable hacia otros nuevos mundos. La historia sólo hablaba de anhelo de conocimiento y curiosidad humana para explicar esta última decisión.
— Hay que bajar a la Línea de Comando –dijo, indicando donde filas de hombres y mujeres en uniforme trotaban hacia la misma dirección.
— ¿Crees que esta vez sí? –preguntó, mirándolo con un dejo de inquietud.
Su rostro le recordó al de doce años atrás, aunque sin el entusiasmo de entonces, sólo con el temor y las cicatrices que aún persistían, imborrables.
— Vamos.
Atravesaron la multitud siguiendo la fila de tropas y se internaron en el laberinto de pasillos metálicos hasta el Puerto de Salida más cercano. Allí ingresaron a las bodegas de equipamiento, se pusieron los trajes y se acomodaron las armas. Al abordar una de las naves de excursión les entregaron la ficha de comando, sobre ella dibujado un símbolo que sólo habían visto en libros y manuales, pero jamás en misiones reales. Intercambiaron una fugaz y disimulada mirada, antes de tomar ubicación en sus respectivos puestos. La nave zarpó hacia aquel horizonte planetario combado y coronado por el aura lumínica de un pequeño sol furiosamente enrojecido. Miraron por la ventanilla la superficie celeste pálido de aquel nuevo mundo. Nebulosas formas de mares o continentes se dibujaban difusamente allá abajo, bajo poderosos remolinos de nubes. ¿Sería ese finalmente? ¿El punto de llegada tras miles de años de peregrinación? Tal vez.
O tal vez sólo sería otro descenso de naves a un planeta inhóspito, donde millones de habitantes serían abandonados a su suerte, sin más certeza que una promesa de vida que nadie podría corroborar en ningún futuro posible. Un genocidio impecablemente concebido en ciclos interminables de milenios para asegurar la supervivencia en la gran nave nacarada, mientras continuaban en aquella búsqueda incansable por galaxias y sistemas infinitos e interminables.
En la oscuridad de aquel descenso, oyó un breve sollozo escaparse desde algún lugar de las tropas. Creyó reconocer algo familiar en él. Imposible ningún consuelo ya. Les había tocado convertirse en leyenda. Generaciones posteriores conocerían la historia del grupo de valientes que dejaron atrás el último planeta habitado, dejando allí la segunda camada de niños, mujeres y hombres que lo habitarían, para seguir su peregrinaje hacia las estrellas, a descubrir nuevos mundos y repoblar, una vez más, la gran nave nacarada. Nada explicaría el porqué de aquella incomprensible decisión, porque las leyendas no requerían explicaciones, sólo una fascinada aceptación.

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