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Jean Metzinger. Le goûter.

Jean Metzinger. “Le goûter”

Mi madre me contaba sobre los meses hambrientos, en días de quietud luego del té de la tarde. Eran recuerdos de sus años de infancia, lejos, en otra tierra. Antes. Mucho antes del orgasmo que precedió a mi propia concepción. Si es que hubo un orgasmo, claro. Tal vez sólo fue el resultado de una noche más para su deber de esposa. Quién sabe. Eran otros tiempos. Aunque por experiencia puedo decir que mucho no ha cambiado, al menos en cuanto a los orgasmos. No para mí en todo caso.
Aquellos meses de invierno, la pobreza campesina se volvía tan dura y fría como los campos deshojados y marchitos de frutos y flores. Eso me contaba, mientras su mirada subía como buscando los rastros de los recuerdos en el aire, como si flotaran en la amplia cocina, frente al gran ventanal que daba al patio. Hablaba con la tranquilidad de una vida en la que el frío y el hambre, como otras tantas costras de la pobreza de esos años, fueran sólo eso: una distante anécdota. Lo traía a la mesa junto al pan y al té de la tarde, una y otra vez, con una especie de nostalgia, casi con dulzura, para persistir en no sé qué lazo irrompible entre lo que había sido y lo que era entonces. Para recordar, tal vez, por qué estaba ahí, como había llegado a su medianamente tranquila vejez, con un plácido trozo de pan y una tibia taza de té, entonces. Por fidelidad, incluso quizás por justicia.
Yo, por otra parte, carezco de recuerdos de ese tipo. No fui tan privilegiada para sufrir la amargura de tal grado de miseria y luego dejarla atrás, como para elevarme a un plano en el que pudiera entender el íntimo vínculo entre lo que fui ayer y lo que hoy soy. Mis circunstancias no cambiaron tan radicalmente, ni de un momento a otro, ni a través de los años. Siempre fueron más o menos las mismas. Mis problemas y desdichas nunca alcanzaron niveles reales de desequilibrio. Fueron más bien un juego. Una falsa idea del dolor, de la angustia y de la vida en general. Crecí, trabajé, me casé, tuve hijos, me separé, triunfé y fracasé. Pero siempre en un entorno de relativa seguridad material. Como en una simple abstracción. Lo material nunca fue tema.
Ahora, sentada frente al gran ventanal miro las hojas acumuladas en el antiguo patio de mi casa de infancia, y recuerdo. Por fin, un recuerdo vivo y tibio al que aferrarme para los días que quedan, donde la tarde baje con su tranquilidad junto a una buena taza de té. Las maletas esperan en el pasillo para ser desempacadas. Cuando vengan mis hijos (si vienen), les hablaré de aquellas tardes, de mi madre contándome sobre los meses hambrientos, de la vida que compartíamos mirando a través del gran ventanal de esta cocina. Entonces el trozo de pan y la taza de té sabrán quizás un poco más a vida, y a esa dulzura áspera de lo real que traían las manos y la voz de mi madre, allá, en la quietud de una tarde.

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