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"Cabeza de Medusa" (Galería de los Uffizi)

“Cabeza de Medusa” (Galería de los Uffizi)

La tipa detrás del mostrador le echó una rápida mirada a la credencial y preguntó, observándolo fijamente:
— ¿Qué sabe hacer?
En la credencial decía claramente cuáles eran sus habilidades, pero al parecer les encantaba hacer sentir el poder de la burocracia con esa clase de preguntas. Dio un leve suspiro y por enésima vez, luego de ir de oficina en oficina por casi dos horas, contestó:
— Pienso, luego existo.
— ¿Perdón?
La mujer había levantado una ceja. Clásico. Dio otro suspiro y se apresuró a repetir:
— Pienso, luego existo.
— O sea… –dijo la tipa, pidiendo que desarrollara el tema con un gesto.
— Eso –insistió él, impaciente–. Pienso, luego existo.
Parecía increíble que tuviera que dar largas y engorrosas explicaciones en cada una de las oficinas. ¿Cómo era posible que no entendieran algo tan simple?
— Ya –dijo la mujer con un leve tono sarcástico–. ¿O sea que si no piensa no existe?
— No sé –dijo él-. Nunca dejo de pensar.
— ¿Ni cuando duerme?
— Tampoco. Si duermo, sueño, si sueño pienso, y si pienso existo.
— Ya, pero cuál es su habilidad específica –insistió la mujer-. ¿Qué ventajas tiene eso que hace?
— La ventaja de pensar y existir, ¿le parece poco? –contestó, algo airado por el nivel de ignorancia de la pregunta.
La mujer se movió en el asiento, con una actitud de profesora inquieta por la evidente falta de lucidez del alumno que tiene enfrente, y bien dispuesta a dar una clase de su irrefutable manejo en el tema.
— Mire. Esa gente que ve allá –apuntó hacia la hilera de personas sentadas en la pared contraria a su escritorio–, son personas con distintas habilidades. Unos saben volar, otros atravesar paredes, leer la mente, mover y moldear objetos con el pensamiento, romper la línea espacio-temporal, o la del sonido… Incluso ese –y puso énfasis en la voz y el dedo apuntador, dirigido hacia un tipo barrigón con mallas y capa, que engullía algún menjunje directamente de una olla sobre su falda–, tiene lo que se llama energía pedórrica superpoderosa… ¿Entiende? Gente que tiene habilidades específicas. Que hace algo que le sirve a la comunidad. Ahora, eso que usted dice que hace, ¿cómo le sirve a la comunidad?
Empezó a sentir un irritante calor, especialmente en el cuello y el rostro. La gente detrás de él inició un murmullo inquieto. En unos minutos más el murmullo crecería y alguien haría explotar cosas, le daría por arrojar objetos de un lado a otro, o quien sabe qué pirotecnia extraña. El problema de pensar y existir era que había que explicarlo todo. No se trataba solamente de generar un fenómeno natural con un poder especial, era mucho más sencillo que eso, tan obviamente sencillo que requería tener que hacerlo obvio con largas explicaciones, y la verdad ya estaba bastante cansado de hacerlo una y otra vez.
— Sirve para hacer que todo tenga un razonable sentido –gruñó, alzando un poco la voz–. ¿No ve? Eso es muy útil para la comunidad…
La tipa cerró de golpe el gran libro que tenía enfrente, y con gesto de claro desagrado, le ordenó:
— Espere en la sección de revisión.
Movió la cabeza indicando hacia el fondo del pasillo, donde se veían dos figuras desarrapadas y solitarias sentadas, una junto a la otra. Al llegar vio delante de ellos un gran letrero, con la inscripción: CASOS ESPECIALES.
— ¿Y cuál es tu gracia? –preguntó uno de los que esperaban.
— Pienso, luego existo –respondió.
— Ah, eso –contestó el otro–. Yo declaro el imperativo categórico, y este –indicó con el pulgar al que cabeceaba a su lado– pregunta por el sentido del ser…
Los miró con desazón por un segundo, y pensó: “Tamos cagaos”. Y se acomodó para dormir junto a la estufa, que emitía un amable calor en esa enorme oficina repleta de furiosas mónadas y superhombres.

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