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©BBC

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Uno no tenía que ser Sherlock Holmes para darse cuenta cuándo Sherlock Holmes se había administrado más droga de la recomendable en cualquier ser humano. Claro que él no era cualquier ser humano. Él era Sherlock Holmes. Y ser Sherlock Holmes significaba ser el drogadicto más resistente que pudiera existir. Pero drogadicto al fin y al cabo.
Al entrar esa mañana en el cuarto de la calle Baker, que hace mucho ya no compartíamos, estaba tirado cuán largo y famélico era, sobre el viejo sofá en el que solía “meditar” (así llamaba a esa modorra inconciente entre pinchazo y pinchazo) ante un supuesto caso o cualquier problema que requiriera sus dotes deductivas. Algo que no hubiera podido hacer ni aunque se hubiera inyectado toda la cocaína y el opio que se traficaba en Londres por aquellos días, porque simplemente era otra de sus tantas ficciones sobre ser un legendario detective con penetrantes habilidades lógicas, casi milagrosas. Una ficción en la que, debo admitir, yo había contribuido de manera particular.
El día que nos conocimos había realizado una deducción bastante ingeniosa sobre mi persona, imitando el método de observación de uno de los personajes emblemáticos de Allan Poe, a quien por aquel tiempo leía con la fruición y el delirio que sólo un cocainómano o un opiómano era capaz de desarrollar. Esa primera impresión, y la obsesiva compulsión por hacer suya la habilidad tan fantásticamente deductiva de Dupin, especialmente en los momentos de concentración catártica en que a veces lo dejaban las drogas, fue lo que me hizo dar con la idea de Sherlock Holmes. El verdadero Sherlock Holmes. Es decir, con el Sherlock Holmes ficticio, al que todos conocían como tal, y no el triste remedo de aquél que era en la realidad mi adicto compañero de piso.
La curiosidad por un hombre que claramente había recibido una excelente educación, que sin lugar a dudas contaba con una penetración intelectual bastante excepcional, todo lo cual se hacía perfectamente visible en sus momentos de máxima lucidez, pero principalmente en los de más profunda inanición adictiva, era lo que me había llevado a desarrollar la figura del hombre como tal. Sólo fue cuestión de unir ambas facetas: el hombre de gran agudeza intelectual consumido por las drogas, y su obsesión por las grandes dotes detectivescas de un personaje de Poe; luego de eso, bastaron unos cuantos pincelazos de ficción narrativa, habilidad que había desarrollado por desesperación, más que por verdadera afición y gusto por la escritura, en medio de los horrores del campo de batalla, para no enloquecer completamente. Y el resto ya es historia a estas alturas.
La fama del personaje se propagó por toda Inglaterra en un abrir y cerrar de ojos, y luego por el resto del orbe. La petición de nuevas historias y aventuras sobre el gran Sherlock Holmes eran pan de cada día. Un pan cada día más amargo a decir verdad. El pusilánime intento de borrarlo del mapa para siempre había fracasado estruendosamente. Debí resucitarlo una y otra vez ante la furia y la necesidad.
Es sabido que en la permanente exposición a las manías de un drogadicto, se corre el riesgo de acabar por la misma senda sin siquiera notarlo. Por más que cambiemos los nombres y los lugares (una libertad que toda ficción permite), la raíz del problema sigue siendo la misma: la adicción. Y la nuestra tiene un nombre: Sherlock Holmes.

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