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Zdzisław Beksiński

Zdzisław Beksiński

¿Y si yo dijera:
“Dios es una piedra que ha rodado
cuesta abajo, luego de azotar
algunos pechos, hacia el infinito abismo
de la nada”?,
¿qué dirían ustedes?
¿Moverían la cabeza con la vista
clavada en el suelo como quien concede
una visa de extranjero?
¿Se desgañitarían batiendo palmas en la celebración
de un oscuro rito ctónico?
¿Encenderían la antorcha y quemarían los
montes en el sanguinario éxtasis
del triunfo y la victoria?
¿O se rasgarían el pecho y espolvorearían
ceniza en sus cabezas penitentes
y gritarían: “¡Blasfemia! ¡Blasfemia!”?

¿Adónde se volverían sus miradas duras
y su locura mística, señores, si
reconociera que Dios ha muerto?
Si dijera “Zarathustra” y mis labios
temblaran al borde de la inconciencia existencial,
allá, en el centro del ojo de un
huracán infrasuprahumano.
Si el cordero abandonara su
posición fecal de animal obediente
y su espumoso y suave abrigo.
Si se rebelara de pronto al trasquileo,
¿dirían: “Bienvenido al club de los malditos”
o mirarían con recelo el naciente
nuevo (des)orden y emigrarían
a otros campos para
pastar en cuatro patas,
para suplir la insoportable igualdad
inaceptable para el sublime espíritu
de su poesía y balarían
y se dejarían trasquilar y gritarían:
“¡Escucha, oh, Israel…!”?
¿Soportarían tanta vulgaridad incrédula y
parsimonia ateística? ¿Soportarían
tanta tabla rasa repentina,
ser lo mismo que son todos sus congéneres?

Gritarían. Lo sé.
Alzarían las manos al cielo e inclinarían
la frente y cantarían
cánticos nuevos.
Desnivelados. Desentonados. Incólumes.
Y dirían otra vez. “Nadie nos toca.
Nadie nos alcanza. No somos nadie.”

Y es que les tocamos la flauta
y no danzaron,
les cantamos cantos plañideros
y no lloraron,
les hablamos en parábolas
y las entendieron todas
(con notas a pie de página incluidas).
Jugaron a los dados sobre
el manto de un dios moribundo
mientras reían de la cotidianidad de la vida
o de la muerte,
guerreros orgullosos al pie de una cruz,
pero siempre al pie.
Al pie de una cruz se juega a los dados.
Al pie de una cruz se ríe de la vida y de la muerte.
Al pie de una cruz se escupe a un dios moribundo.
Siempre al pie de una cruz.
Al pie de una cruz es posible toda herejía,
y la sombra crece con el sol
de la mañana y del atardecer,
con el sol que se oculta,
con el sol.

Y no hay nada nuevo bajo el sol.
Nada.
Aquí todo se pudre con el mismo color
que adquiere la podredumbre
y el mismo olor que sofoca a
todas las almas.
¿Qué hacer?
¿Poesía?
No. Eso déjenlo para esos señores
que requieren visa de extranjero
para “entrar en todas las cosas”.
Los que buscan infiernos o
cielos a contraviento
porque así (dicen) nace la verdadera poesía.
Los que saludan de lejos
por miedo a que los salpique el aliento
mundano del hablar cotidiano.
No.
Persigan, persigan al que se atreve
a escribir versos santos,
a hacer volver al exiliado de los campos
sangrientos de la existencia verdadera y radical
de la nada.
Pero ¿cómo se atreve?
¿Quién le cosió esas alas
de ángel jubilado para fraguar
tal herejía poética?
¡A él! ¡A él!
¡Que Lihn lo sofoque
con sus plumas rojas,
que Neruda le parta
el cráneo hoz en mano,
que le deshaga la frente de
un martillazo!
¡Que la Gabriela se levante
de su tumba y lo
convierta en piedra,
que Huidobro lo reduzca a
cenizas con su pico de
cisne insigne,
que lo ponga en capilla!

Pero ¿tiene acaso antecedentes
suficientes?
¿Es un paria buscándose a sí mismo
en la oscura oquedad
de su propio abismo?
¿Lee griego? ¿Lee latín?
¿Es gongori(a)no?
¿Cuántos libros hay en su escaparate?,
¿están sus hojas deshechas, sus lomos
rotos de tanta incontenida lectura,
de tanto amasarlos entre
sus dedos?
¿Tienen señales de vida?
¿Gusta de las ediciones príncipes
tanto como de sus orgasmos?
¿Es alternativo?
¿Es transexual, transcultural,
transmoral, transgenético,
trans-eúnte?
¿Y qué nos dicen de su dios?
¿Lo escribe con minúscula?
¿Lo trata como a un fardo viejo,
un perro ciego, un mojón maloliente,
un vómito ancestral, un carcelero
venido a menos?
¿Sus versos –si es que así se
les puede llamar- dan asco
a cada nueva metáfora?
¿Llora su pobre e ignominiosa
soledad, dice yo, yo, yo,
ay, ay, ay,
himen, himen, himen?
¿Hace preguntas incontestables, insoportables,
ácidas a cada verso?
¿Dice “Dios te salve” y “Amén”?

Entonces abandónenlo.
Ciérrenle la puerta en las narices
y escúpanlo junto con su Dios.
Es un cordero.
Trasquílenlo. Para eso está.
¿Sabía todo lo que sabía?
¿Había leído todo lo que había leído?
¿Escribía medianamente bien?
Eso no era lo de rigor.
Contestó mal la última pregunta.
Dijo: “Sí” y eso basta.
Condúzcanlo a las puertas
de esta ciudad
inexistente y denle un pedazo de losa.
Que se rasque,
que se rasque hasta desangrarse.
Que espere un milagro,
¿no dice que cree en ellos?
Bueno, que así sea.
Digan: “Amén” compañeros de armas,
digan: “Amén” y olvídenlo.
O no.
Mejor trasquílenlo, trasquílenlo
y mientras canten, tarareen
los nuevos versos que
han de venir,
esos que nacen de la inspiración
de los balidos,
¡oh, gozosos!
Esos balidos que dicen:
“Su seguro servidor.
Siempre a expensas de su seguro servidor.”

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