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Alexey Kondakov

“Поехали”. Alexey Kondakov

Cuando acabe este verso que canto
yo no sé –yo no sé madre mía-
si me espera la paz o el espanto,
si el ahora o el todavía.

Silvio Rodríguez, “Causas y azares”.

La portentosa profundidad del espacio-tiempo retumbó poderosamente antes de ser sacudida por dos descomunales ondas de choque cósmicas. Una grotesca vibración hizo temblar la infinita vastedad de aquel vacío sideral una, dos, tres veces, y, súbitamente, dos saetas de luz agrietaron la materia universal para pasar a través de ella como dos feroces balines que atraviesan un cristal, horadándolo y trizándolo a tal velocidad que el diminuto agujero rodeado de partículas blancas y breves venas cristalinas duró lo mismo que una exhalación de tiempo y movimiento. Dos milisegundos más tarde se había reabsorbido completamente, y las dos saetas corrían desbocadas ya a dos millones de años luz fuera de su alcance, entre las inconmensurables galaxias que giraban, combándose sobre sí mismas como vientres monstruosos preñados de estrellas.
Kaleb inclinó su cuerpo sobre la dúctil y maleable superficie del Fotón Bimotor, sintió el intoxicante cosquilleo de la energía y la materia deformando sus huesos casi con delicia, e imprimió más velocidad, mientras los mundos infinitesimales pasaban sobre, debajo y en torno a él, en un torbellino de luces y formas demenciales. Podía escuchar el rumor de la curvatura del universo traspasar como un vaivén acompasado sus oídos (los fotones de su saeta yendo y viniendo, consumiéndose, reduplicándose y volviendo a empezar infinitas veces), o lo que quedaba de ellos bajo la presión del espacio tiempo, mientras se deslizaba entre aquella vastedad. La voz de Leika atravesó la materia sideral hasta él y se incrustó en su cerebro, burlona:
¿No te da miedo?
Vio el bimotor pasar como una tromba de luz a su lado, estirándose delante de él, hacia las millones y millones de inmensas galaxias que danzaban ante de ellos, un telón de fondo en movimiento, salpicado de abisales colores. Volvió a inclinarse sobre la plataforma de su fotón y la alcanzó justo sobre la curva de una enana blanca. Detrás aparecieron, repentinamente, los agujeros negros, tal como Leika le había asegurado. Se abrían en fenomenales forados hambrientos de energía y materia, incontenibles, y mucho más allá, una galaxia viejísima (el tono de su fulgurante matiz era la señal clara de su decadencia) se extendía como una impresionante réplica del universo mismo, tan imponente era su tamaño. Kaleb pensó que podría tocarla con la mano, desde esa misma distancia, aunque sabía que aún estaban a billones de años luz de su diámetro.
¿Qué te dije? –alardeó Leika–. Macrorgásmica, ¿ah?
–contestó, evitando el jadeo de la impresión–. ¿Y entonces?
¿Y entonces? –se burló Leika–. Y entonces nada, vamos, lo hacemos y volvemos…
Kaleb miró los agujeros negros, destellantes de oscuridad, entre la aberrante galaxia y ellos, acercándose peligrosamente. Saltarlos y llegar, saltarlos y volver. Ese era el tema. Los bimotores empezaban a vibrar tensamente. La cercanía a los agujeros ya era inminente. Detenerse ahora no lo dejaría muy bien parado. Aunque, pensándolo bien, no hacerlo tal vez tampoco.
¿Miedo miedito? –canturreó Leika en el vacío de su mente.
Veía y sentía el fotón de luz moviéndose a su costado, y aunque hubieran miríadas de kilómetros de vacío y polvo cósmico separándolos, distinguía claramente el haz de luz y la figura de Leika inclinada dentro de él, como en una incandescente crisálida, sonriéndole con malicia. La decisión le tomó menos de un microsegundo. Estiró todo su cuerpo, casi horizontalmente sobre el fotón y apretó el acelerador. Leika fue un punto de luz borrado y olvidado atrás, en el tiempo, mientras caía en picada sobre el campo de agujeros negros, sin perder de vista ni un minuto la gigantesca galaxia que fluía y refluía con sus miles de soles más allá.
El fotón gimió con sus infinitesimales acordes de energía y materia espacial cuando estuvo sobre el primer hoyo negro; la vibración era casi incontrolable, lo mismo que la adrenalina que lo carcomía, salvaje, y que mantenía su mente concentrada casi dolorosamente en hacer las maniobras precisas y no morir en el intento. El forado de pavorosa negrura se alzaba ante él, abriéndose en medio de la sustancia cósmica, desorbitado, girando a titánicas revoluciones por segundos, jalando de todo lo que estaba en su radio, incluido su fotón de luz. El truco era simple: aprovechar la energía de impulso de la misma singularidad para saltar hasta la siguiente, y luego repetir el truco una y otra vez hasta alcanzar la meta. Lo complicado era la forma de lograrlo, y tan demencial que pensarlo siquiera una vez era perder el valor. Así que enfiló hacia la boca alquitranada de antimateria de aquel embudo negro y aterrador sin pestañear; por un momento fue una ínfima mota de luz en un vórtice abismante de tiempo y espacio consumiéndose a sí mismo. Entonces soltó las amarras del fotón y lo dejó a merced de la fuerza cósmica del hoyo negro; sintió el tirón de su cuerpo hacia delante, brutal, mientras el fotomotor cobraba una velocidad que nunca creyó posible alcanzar en su dimensión material, y su cuerpo y su mente empezaban a diluirse bajo la fuerza de atracción de la masa oscura. Un poco más, un poco más… Su masa corporal empezó a encenderse como una ráfaga de luz centelleante, y cuando la desquiciada velocidad amenazaba con la entropía definitiva de sus pensamientos, ya en el último instante, dio un repentino tirón a la palanca de repulsión y listo. El fotón fue una membrana de luz casi agonizante que rebotó contra una muralla de alquitranada energía más vasta que millones de mares, y salió disparada hacia arriba: una línea de luz insignificante y pretenciosa que se cuela en la noche de un universo sin fin.
Kaleb dejó escapar un alarido aterrador, interminable y placentero, mientras subía sin control, el estómago latiendo enloquecido, casi sin respiración, y veía las estrellas más lejanas abrir sus membranas, más cerca, más cerca cada vez, a un ritmo fuera de toda comprensión. El tablero de velocidad era completamente inservible a esas alturas, saltaba y zumbaba, fuera de sí. Casi fue tarde cuando entendió que una línea recta a esa velocidad era abrirse paso sin contemplaciones entre mundos y estrellas que no iban a hacerse a un lado para darle luz verde. Cuando la primera forma semi esférica se le vino encima en un abrir y cerrar de ojos, apenas tuvo tiempo de reaccionar y disparar la ráfaga inicial. Los dardos de luz salieron de su fotón, certeros y feroces, despedazando moles solares y planetarias, estelas hechas de gas, estrellas y satélites al por mayor. La línea de devastación de su fotón fue tan precisa como su trayectoria, hasta que la desbocada inercia se redujo a un punto de quietud delicioso. Por un momento su vehículo espacial fue un mísera partícula titilante, absolutamente quieta. Disfrutó esos segundos de silencio obturando sus oídos, abombados por el zumbido de la velocidad y la fricción. Miró el campo minado de hoyos negros en la lejanía: allá tenía que dirigirse ahora, hacia el segundo, pasar tres más, y luego la vieja galaxia. Su fotón de luz, aún sin activarse, se inclinó, como un delfín que pierde el primer impulso suspendido fuera del agua, y cayó nuevamente en picada. Kaleb activó el primer motor, que trasteó un poco antes de encenderse del todo, luego el segundo. Imprimió la máxima velocidad, y ya rendido a la delirante sensación del peligro inminente, se hundió una vez más dentro del segundo hoyo negro. Fueron tres intentos más en los que estuvo casi al borde del colapso no sólo técnico, sino físico y mental. Sólo en el momento en que libraba, a duras penas, la atracción de la última singularidad, y dirigía su fotón y su mente hacia el llano espacio que lo separaba de la grandiosa galaxia que tenían de meta, logró escuchar, y recordar gracias a eso, a Leika.
¡¡¡¡Aaaaaaahhhhhhhhhh!!!!
El chillido le atravesó la mente. Sonrió pensando en la sensación que también lo había hecho gritar al entrar y salir de cada hoyo negro. Pero aunque su corazón se detuvo repentinamente al reconocer el tono de aquel chillido, el chillido continuó alargándose, mezcla de terror y dolor. Nada de placer en él.
Hizo un arco casi dimensional al forzar la vuelta y girar. Alcanzó a verla desde allí. Apenas, pero aún visible, el fotón de Leika se hundía al ritmo voraz del último hoyo negro, la luz de su crisálida chispeando, próxima a apagarse. A toda la potencia que le quedaba a su fotón, Kaleb recorrió el espacio hasta que el chillido de Leika se desconectó completamente de su cerebro. Debía ayudarla desde fuera, la comunicación era imposible dentro de aquel campo. Apuntó sus dardos de energía hacia la membrana fotónica de Leika y disparó. Uno, dos estallidos, y el vehículo de Leika comenzó a remontar, mientras el de él acusaba la peligrosa vibración del desmembramiento total. Le costaba respirar y podía sentir la antimateria del hoyo negro entrar por las fisuras de sus moléculas, cuartéandolas. El fotón de Leika volvía a titilar, él volvía a disparar, siguiéndola e intentando esquivar la fuerza endemoniada del hoyo, que los miraba, inconmensurable, como un ojo ciego y succionador. Con el último disparo, el fotón de Leika logró remontar y volver en caída libre, pasar sobre él y cruzar hacia el área despejada que los separaba de la galaxia gigante. Con un gran esfuerzo, Kaleb logró darle alcance. Su fotón tironeaba de él, preocupantemente.
¿Qué te pasó? –gritó Kaleb, ya a su velocidad y altura, con el rugido de las singularidades y el espacio filtrándose hasta la cabina de su fotón. Inaudito.
Calculé mal y me acerqué mucho –chilló Leika, jadeante y aterrada aún; su fotón no debía estar en mejor estado.
¿Seguimos? –preguntó, apuntando la galaxia que latía ante ellos.
Leika miró atrás: allí los hoyos negros. Luego adelante: allá la formidable galaxia a millones de años luz. Había que decidir, y Kaleb sabía que a esas alturas sólo había una opción.
Hay que seguir –jadeó Leika, y apuntó más allá de la galaxia–, y salir por el otro lado.
Eso significaba sólo una cosa. No tenían suficiente energía para rodear todo su portentoso torrente de mundos y estrellas, y luego abrir una brecha dimensional para volver a la velocidad requerida a casa. O era una cosa o la otra. La galaxia era una muralla cósmica tan grandiosa (en eso Leika tampoco se había equivocado) que requerirían mucha energía para contrarrestrar su influencia y poder, desde allí, trizar las dimensiones, y volver sin siquiera llegar a acercarse a ella; algo que, sospechó Kaleb, Leika hubiera estado incluso dispuesta a hacer si se hubiera podido. Pero no se podía. Los fotones bimotores habían quedado muy mal parados del campo de hoyos negros, más que ellos mismos, que sentían entrar la antimateria incluso en sus pulmones. Había que apurarse. Lo único que les quedaba por hacer era usar los dardos de energía que aún tenían. Pero ¿serían suficientes para tamaña galaxia? ¿Y qué implicaría eso?
Es una galaxia vieja –dijo Leika, como leyendo sus pensamientos–. A nadie le va a importar.
–corroboró él, sin pensarlo más–. Hagámoslo.
A nadie le va importar. Todo el tiempo, en todos los universos conocidos, hasta hoy, seres con la suficiente tecnología y poderío destruían galaxias completas, grupos de planetas, trozos de satélites y basura cósmica, como le llamaban a la materia inerte que recorría en ciclos la infinidad del espacio. Muchos de ellos lo hacían por simple ambición, por diversión, incluso en nombre del progreso. ¿Por qué iban ellos a dudar en una situación así? No. Era una galaxia vieja. Un par de billones de años de vida útil para otro par de billones de sistemas que vagaban por ella, eso considerando que alguno de ellos tuviera vida medianamente útil. Quién iba a saberlo. A quién iba a importarle. Había tantos mundos desconocidos vagando por ahí, desconocidos e indiferentes para todos los demás. Uno más, uno menos, daba igual.
Sin dejar de mantener el ritmo de acercamiento, prepararon los dardos de sus fotones. Cuando estuvieron a una distancia prudente, los dejaron salir en un torbellino de luces y energía que cruzaron el espacio, como un enjambre destructivo, hasta tocar el centro de la galaxia. La poderosa galaxia pareció combarse sobre sí misma con el primer rumor del estallido en su centro, y luego se abrió en una flor de luz incandescente antes de sumirse en una implosión sideral de proporciones aberrantes. Kaleb y Leika dirigieron sus bimotores hacia la brecha abierta por la primera gran explosión, a la máxima velocidad que pudieron imprimirles a sus vehículos; la materia y el espacio volvieron a agrietarse bajo el peso de la velocidad y energía de aquellas saetas de luz, que desaparecieron por la cuarteadura, entre el estruendo de mundos y pequeños universos que hacían trizas y volvían al polvo cósmico del que salieron alguna vez.

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Siete, seis, cinco…
El ritual requería que hicieran el conteo todos al mismo tiempo, pero más de uno se distrajo por la oscura y repentina vibración que creyeron sentir o bajo sus pies, o sobre sus cabezas. O en ambas direcciones.
Cuatro, tres, dos…
La vibración creció, igual que la luz que empezó a empañar el cielo. Gran parte de la alegre multitud seguía contando, botella o vaso en mano, llena de confetis y sonrisas embriagadas, indiferente al ruido y la luminosidad que se acrecentaba sobre y debajo de ellos, confundiéndolos tal vez con el sonido y la luz de los fuegos artificiales que ya empezaban a estallar.
Uno…
El estruendoso grito de alegría apagó cualquier otra preocupación, incluso de los que había empezado a prestar atención al curioso y atronador fenómeno.
¡Feliz año nuevoooo!
Cuando la luz y el trueno definitivo estallaron, nadie alcanzó a percibirlo, tan rápido y efímero fue. La última gran postal a través del orbe fue mucha gente contenta, abrazándose unos a otros, con un gran letrero colgado en algún lado, expresando un último deseo antes de desaparecer para siempre: FELIZ 2025.

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