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Portada "El suave vaivén de los Alamos". Cuentos ciencia ficción, 2008. Horacio Lobos Luna.

Portada “El suave vaivén de los álamos”. Cuentos ciencia ficción, 2008. Horacio Lobos Luna.

Vio la lejana humareda de las fogatas y el frío del oscuro manto nocturno se le posó en la espalda y las articulaciones, cobrando brutalmente el terreno perdido en su mente y sus sentidos, ahora dispuestos a reconocer el cansancio y la sed. Tenía sed. Recordaba nebulosamente la última vez que había tomado un trago de agua: hace un día, antes que la furiosa tormenta de arena amainara y les permitieran seguir camino. De pronto percibió el temblor que le destemplaba las piernas y se detuvo ante el profundo punzazo de dolor que le atravesó el costado. Se inclinó un poco, como para descansar el peso del cuerpo y entonces sintió ese otro peso sobre sus hombros. A veces no parecía estar allí, tan leve se volvía con el correr de las horas y los meses, o tal vez los años (cómo saber cuánto llevaban en ese eterno peregrinaje), pero bastaba que él cambiara de posición o rompiera el rítmico vaivén del lento avance sobre las candentes dunas para que un brazo o una pierna se balanceara desde atrás, como desgajándose sobre su cuello o sus costados, semejando un péndulo inerte y delgado que se escapa de su refugio bajo la capa protectora (cada vez más raída y amarillenta), apenas conciente de su propio movimiento porque siempre parecía dormir o entrar en una especie de coma soporífero, incluso hasta el punto de tener que abrirle la boca para darle de beber o de comer. Eso lo preocupaba. A veces.
Prefiero que sea así. Que duermas. Que inclines tu pequeña cabeza trigueña sobre la curva inclinada de mi cuello y sueñes con las historias que te cuento en las largas noches de insomnio y frío. Así cuando despiertes puedo hablarte de las extrañas tierras que hemos pisado y que no has podido ver porque la arena quemante no te deja abrir los ojos. No te preocupes. Yo las veré por ti. Siempre que me prometas estar atenta a mis palabras, con los ojos bien abiertos como haces si tienes ganas y fuerzas para mirarme y la noche nos ha rodeado en la soledad de este desierto, cuando nadie más que yo puede verte y oírte. Sé que no te gustan los extraños y que durante el día el calor te pesa sobre los párpados. No te preocupes. Una noche de estas, apenas te despereces y me sonrías te contaré acerca de aquel reino olvidado que se abría como una brecha enorme y verde por la que corría un brote de agua pura y dulce, cristalina, sí, el sol parecía echar chispas en su superficie ondulante, igual que si se tratara de una cabellera de rizos plateados, antes, mucho antes que el funesto maleficio del fuego y la desolación cayeran sobre sus habitantes y lo redujeran a esta sequedad por la que no paramos de caminar y caminar, con este sol que marchita tu suave piel día a día y la helada corteza de sus noches. Sí, porque aquí, hasta donde la vista alcanza, ¿lo ves?, y más atrás, por donde ya hemos pasado, se levantó alguna vez ese maravilloso reino de frescas praderas y dulces frutos.
El calor de las llamaradas y sus intoxicantes ráfagas de caucho y basura quemada se hacen sentir como una bofetada protectora a medida que se va acercando el campamento. Los primeros en darles la bienvenida son unos cuantos borrachos un poco alejados ya del centro del barullo y las fogatas, y que pasan como cayéndose a pedazos o permanecen parados hablando incoherencias. El dolor en las piernas parece hacerse más profundo y paralizador, pero se obliga a apurar el paso sobre la superficie de grava que le ha ido ganando terreno a la arena, hasta quedar cerca de una enorme lengua de fuego que se agita en la boca de un tambor viejo y ennegrecido. El viento dispersa la penetrante humareda sobre las cabezas que van y vienen alrededor, y a pesar que su nube tóxica hace escocer la vista y el olfato él se deja caer, con un gemido inaudible, a un par de metros de su onda calórica. Lo hace con cuidado, por temor a despertarla y, lentamente, va desanudando los tirantes de la capa protectora y la despega de sus espaldas como un oscuro fardo por el que asoman unos brazos y piernas breves y casi raquíticas, entonces, con la misma lentitud y dulzura, la deposita en el suelo junto a él. De pronto siente los omóplatos terriblemente livianos y quemantes, como si se hubiera desprendido de una parte de sí mismo y un vacío doloroso llegara a instalarse en su lugar. Abre levemente la manta que cubre aquel rostro dormido y lo observa con reconcentrada atención en la caprichosa danza de luz y sombra que da la fogata. No oye los gritos de juerga y escándalo, ni los llantos lejanos y las voces de disputas o los cantos incoherentes e indescifrables. Sólo la mira. Entonces se inclina hacia la difusa forma ovalada donde se enmarca la pequeña cara, como si quisiera besarla.
Te voy a contar la historia, esa que tanto te gusta, del Príncipe Triste y su pequeña hija, la Princesa del Verde Valle, que debieron partir un día, dejando atrás su desolado reino convertido en una tierra seca y gris por culpa del maleficio y la plaga, y vagar heridos por la sed, el hambre y el frío, en busca de un lugar mejor donde poder vivir y ser felices. Sé que te da mucha pena oír esa historia, pero sé también que quieres escucharla cada vez que te despiertas, aunque sea por un momento, y saber si el Príncipe Triste y la pequeña Princesa del Verde Valle han encontrado la cura del maleficio y la plaga, y que lloras cada vez que te enteras que el Príncipe está cada día más enfermo porque el maleficio lo alcanzó en el camino, lo mismo que a los demás habitantes del Verde Valle, y que sólo la pequeña Princesa ha logrado escapar a su terrible influjo, y que su sombra mortal se ha extendido a toda la comarca y las tierras por donde van pasado, y que tal vez no haya un sólo rincón en el mundo para que la pequeña Princesa logre salvarse. Pero no debes llorar. El Príncipe iría al fin del mundo para salvar a su pequeña Princesita, abriría un hondo foso en la tierra o aprendería a volar como los pájaros para ocultarla de las garras del maleficio. También iría debajo del mar, que es como una gran pradera de agua, pero azul, sí, toda llena de agua, inmensa y tan profunda que no tiene fin, y viviría con ella allí, con los peces, que son como los habitantes del mar y no pasan sed, ni hambre, ni frío, ni se cansan porque saben nadar.
— ¿Vienen del desierto?
La vieja se ha instalado junto a ellos, con su bulto de cachivaches y su cara embetunada por el tizne y el carboncillo que flota en el ambiente. Tiene las greñas deshilachadas, las manos agrietadas de suciedad y un oscuro lunar, apenas visible por las sombras que se aglutinan sobre su rostro con la humareda y el continuo movimiento de la gente que pulula alrededor. Se ha acercado como un fantasma enlutado, con el característico sigilo y aire de los que, como ella, comercian en aquellos muladares. Él no se percata de su proximidad hasta que oye la pregunta, entonces levanta la cabeza y mira, intentando descubrir hasta el mínimo detalle de aquel rostro en la nebulosa barrera impuesta por la nube tóxica, la oscuridad y la inestable llamarada. Asiente en silencio.
— ¿De qué parte?
— Gusco Dos -murmura él, como si las palabras le pesaran en el pecho.
— Deben estar cansados -dice ella, arrellanándose un poco más en el lugar y mirando las lánguidas piernas que asoman del bulto que él ha atraído instintivamente hacia sí como para protegerlo-, y con hambre… ¿Es su hijo?
— Sí -dice él-. Mi hija.
Y mientras lo dice inclina su cabeza sobre la de ella, que parece una pudorosa mariposa oculta en su crisálida, ignorante de lo que ocurre a su alrededor.
— Pobre -dice la mujer con un dejo de ternura en la voz, y agrega, mirándolo-: ¿Tiene donde quedarse, algún familiar? Si no en la Plaza arriendan lugares, puedo llevarlo si quiere.
La menuda mano de la mujer ha apuntado a algún lugar de la llameante noche, hacia donde las fogatas se extienden y parecen irse juntando hasta ofrecer un poderoso resplandor bajo el cual se adivinan negras formas que se empinan en un ramillete disperso y desigual: las ruinas de la Plaza Centro.
— ¿Tiene algo de comer? -dice él enderezándose y observándola con suave cautela.
— Está hablando con la persona justa, oiga -dice la vieja con voz vivaz y animosa, mientras deposita ante él el bulto que arrastra y empieza a revisar-. Siempre me doy unas vueltas por estos lugares, en la Plaza hay mucha competencia, y por aquí nunca falta quien necesita algo y no le gusta entrar allá. Mire -saca un par de barras delgadas y largas, de textura áspera y morena-, galletones fresquitos, son de la mejor cosecha, ¿sabe? Hechos con el mejor chancac y cultivo blanco
Él observa las dos manos blandiendo la apetitosa mercancía y haciéndola jugar ante sus ojos con un movimiento de balanza que pareciera tazar el peso y el valor del producto. No dice nada, sólo mira con la honda fijez de la fascinación. Entonces ella vuelve a revisar el bulto que ahora está en su regazo y va extrayendo su contenido sin parar de hablar.
— También tengo barras de caramelo, mire, tóquelas, son de chancac puro, y un poco de tónico, o si quiere tengo la fórmula antigua, ya sabe, mire, tengo que envolverlas en papel para que no se me quiebren…
La vieja sostiene un pequeño frasco que ha despojado del papel que lo cubre y se lo acerca para que lo vea a la luz de la fogata. Ahí están: un montón de diminutos cuerpos blancuzcos flotando sobre una solución terrosa. El dolor vuelve a asentársele en las articulaciones y un leve espasmo le contrae la mandíbula y la garganta. Tiene sed. Sed y hambre.
— Los vendo aparte también -dice la vieja-: el chancac y los gusanos.
— ¿Tiene algo integral?
— ¿Del puro? -dice la vieja bajando el frasco y mirándolo con repentina curiosidad.
El inusitado matiz en la voz de la vieja logra llegar a sus oídos, a pesar de la bulla y su propio cansancio. Vuelve a inclinarse sobre la forma que dormita bajo la manta protectora junto a él, la acaricia quedamente, como si quisiera transmitirle algún mensaje tranquilizador en aquel gesto desde este lado de la tela, y asiente con suave cautela.
— ¿Para usted? -vuelve a preguntar la mujer.
— Sí -murmura él, sin mirarla.
Siente los penetrantes ojos de la vendedora escrutándolo, midiendo su delgada complexión y su demacrado rostro palidecido, y aguarda con la secreta esperanza de que el humo de las hogueras y la oscuridad velen por un momento aquella mirada curiosa y experta. La oye decir, apuntado la forma abultada de la pequeña dormida:
— Mire, se movió. A lo mejor está enferma…
Entonces ve la mano sucia y arrugada que se estira hacia la manta protectora como una negra garra dispuesta a dar un zarpazo y, en un rápido movimiento, atrae el pequeño cuerpo envuelto hacia él y con un desfalleciente impulso se levanta, oyendo crujir sus articulaciones en una protesta dolorosa y apremiante. La mujer lo imita casi al mismo tiempo, y con mirada expectante vuelve a decir:
— Si quiere lo acompaño a la Plaza a buscar algo, yo conozco gente…
Pero él ya ha girado en busca de una dirección y ha emprendido una urgente marcha hacia el centro de la muchedumbre que se mueve caóticamente, y avanza hacia el resplandor que se alza un poco más allá, hacia las emanaciones de gases y toxinas que se elevan en una gruesa estopa de humo sobre los oscuros monolitos de la Plaza.
También te hablaré del mar. No puedes imaginártelo, ¿cierto? No importa. Cuando mi abuelo me hablaba de él yo tampoco podía, ni cuando me contaba del Verde Valle y del gigantesco Puente que lo atravesaba de un lado a otro. Eso era en otros tiempos. Él decía que todo era verde y azul, el mundo entero, aunque sólo pudo ver un pedazo de tierra quemada y un brote que apenas se asomaba, como queriendo decir lo que había sido alguna vez, como anhelando volver a estirarse hacia el cielo, pero el cielo ya era una cosa oscura e irrespirable entonces, no como ahora, ahora por lo menos se ve el sol, mucho, mucho sol y toda la tierra parece estar quemándose bajo él, aunque se puede respirar. Él me hablaba de estas cosas. No las vio, pero su padre se las explicó: el mar, decía, una pradera azul llena de pájaros y pescados, con árboles sumergidos y monstruos gigantescos y hermosos saludando a la distancia, y un rugido fresco y espumoso como una explosión que llama y adormece. ¿Te lo imaginas ahora en tus sueños? Quizás te lo imaginas. Tal vez por eso duermes y sólo abres tus pequeños ojos muy en la lejanía para volver a cerrarlos, tal vez sueñes con el llamado del mar o te sientes a contemplar desde la orilla el Verde Valle y su río plateado que pasan saludándote, igual que la Princesita del cuento entonces, cuando el Gusco no era el Gusco, sino Guasco, así, Gu-as-co, ¿puedes decirlo?, dilo, Gu-as-co, y podrás ver como las dunas retroceden por fin y una quebrada ancha y larga, llena de la fragancia del viento jugando entre las hojas, aparece y se estira de una lejanía a otra ante tus ojos asombrados e incrédulos, míralo, hacia allá iremos, y esta maléfica peste que nos carcome ya no nos alcanzará.
Se ovilló cubriéndola con el cuerpo mientras el ruido de pasos y voces gritando frases incoherentes pasaba sobre ellos. Hubo un resplandor de antorchas que rozó sus cabezas. La turba pareció detenerse unos pasos más allá y percibió gritos que preguntaban y contestaban excitados. Mantuvo los ojos apretados con la secreta esperanza de ocultarse en su propia oscuridad interior, pero la inminente percepción de una presencia cercana le hizo abrirlos, asustado. La luz exterior entraba al bajo recinto en líneas que se movían de un lado a otro, proyectándose desde las aberturas rectangulares, largas y estrechas que se repetían sobre la pared a la que se había pegado, y gracias a su pálida y fugaz iluminación pudo ver formas angulares estirándose hacia oscuros rincones en un amplio espacio semivacío, salpicado de cajas viejas y desperdicios amontonados o desparramados al azar, y la figura indescifrable que unos metros más allá los escrutaba a través de los difusos resplandores como tratando de adivinarlos. Se quedó quieto y apretó el pequeño cuerpo contra él deseando que no se le ocurriera despertar justo ahora. La sombra vigilante se movió hacia ellos, despacio, y en una ráfaga repentina de claridad pudo ver una larga melena que coronaba una silueta delgada y alta, demasiado alta para ser real, demasiado esbelta para pertenecer a una muchacha de la edad que creyó adivinar en sus lejanos rasgos empalidecidos.
Hubo un nuevo tumulto arriba, y los pies y las formas humanas bloquearon las entradas lumínicas justo sobre ellos. Una voz chillona y mandona (en la que creyó reconocer difusamente la voz cascada de la vieja comerciante que seguro los había denunciado) reclamaba y asentía recelosa. De pronto las voces empezaron a gritar hacia adentro, hacia la silueta que se mantenía quieta, muy cerca de ellos, sin dejar de observarlos. La joven se volvió a las ventanillas donde se había formado el griterío que la solicitaba urgentemente. Miró una vez más la oscuridad donde ellos se encontraban y, sin abrir la boca, se dirigió hasta las piernas y las cabezas que se inclinaban sobre aquella especie de bodega. Lejanamente escuchó las preguntas que desgranaban excitadas y las voces que explicaban y volvían a explicar, pero especialmente oía el delgado timbre de la muchacha que negaba y volvía a negar, hasta que el amenazante cloqueo de preguntas y respuestas a grito pelado se fue aplacando y se convirtió en una jauría que se alejaba en la distancia. Entonces la silueta se volvió a acercar a ellos como una sombra grácil y etérea:
— Ya se fueron -vibró la voz en la vacuidad del recinto, aumentando la nota de suavidad y calidez que desprendió al ser emitida.
Permaneció en silencio, con el corazón aún agitado por el temor y la angustia. La sed y el hambre.
— ¿Está bien?
La breve flama se abrió como un botón de luz en la mano de la muchacha, que la mantuvo en alto mientras se inclinaba con delicada cautela hasta ellos. La cálida aura iluminó aquellos rasgos amables y finos, pero sucios, como todo allí, a pesar de eso pudo ver la impecable tersura y consistencia de esa piel joven, y la firmeza de la mano que sostenía el pequeño encendedor. La pigmentación de la epidermis era espesa e increíblemente compacta, casi amarillo-cobriza.
— Buscan a una niña -susurró ella, pero su voz, demasiado firme y tensa, rebotaba contra las paredes-. Una integral. Dicen… -miró fugazmente el bulto que él tenía aferrado con fuerza y las pequeñas piernas que se asomaban como dos astillas quebradas-… dicen que la anda trayendo un hombre, envuelta en un protector…
Las palabras fluyen de aquellos labios, casi encarnados bajo la insidiosa palidez que los cubre y los va marchitando, pero que aún no lo consigue del todo. Sus ojos observan moverse aquellos labios y, fascinado, recorre las poderosas huellas que la piel deja en evidencia.
— No se preocupe -vuelve a susurrar ella, levemente cohibida, y sonríe al preguntar:-. ¿Todavía se me nota, cierto? Es por la piel y la estatura. Mi familia era integral, pero yo dejé de serlo a los doce. No se puede vivir siendo un puro, ¿sabe? Los cazan y los venden, para los campos de trabajo o para experimentos, dicen que pagan muy bien por un integral, más por los niños. A mi papá se lo llevaron también, a mi mamá la mataron en una persecución, pero yo me escapé… Pero me cansé de andar arrancando y preferí comer lo que todos comían y tomar lo que todos toman. Ahora ya no me molestan…, dicen que ya no sirvo, que sirvo menos que los normales, porque los integrales que se convierten lo único que hacen es matarse de a poco, resisten menos, por el cambio muy brusco, dicen…
Y mientras habla accesos de tos repentina van interrumpiendo su monólogo, como si fueran corroborando lo inexorable de aquellas afirmaciones. Sólo entonces él nota las manchas amoratadas sobre la piel de los delgados brazos que se estiran hacia él como oscuras estrías. Lo ayuda a levantarse: la mano de ella es una tenaza férrea y poderosa y su brazo le transmite oleadas de tembloroso vigor, o los vestigios de lo que un día fueron.
— Vagamos tantos años que ni me acuerdo -sigue parloteando, y su voz se va cansando, casi hastiada de sí misma-. Mi papá, ¿sabe?, mi papá decía que hay lugares donde la gente vive como gente, lejos de aquí, con casas y trabajo y cosas así, comida, sobre todo comida, y ropa, y cosas así, que estaban poblándose de nuevo, reagrupándose y empezando a vivir otra vez como antes, como cuando todo… Pero a lo mejor son puros cuentos. Dicen que incluso han descubierto una pastilla para no tener que depender tanto del chancac y los gusanos, que incluso una vacuna, ¿se imagina?, una vacuna y ya nadie tendría que estar comiendo cada dos horas por lo de la dependencia… ¿Usted cree que haya un lugar así? Nadie lo ha visto. Todos los que pasan por aquí dicen que alguien dijo esto y lo otro, pero quién sabe nada… Oiga -dice ella de pronto acercándose y tocando suavemente el par de piernas que se asoman del protector-… Ella… Está muy helada… Está…
— Dormida -dice él en un murmullo casi gutural, recogiendo las delgadas formas huesudas y volviéndolas a tapar con el protector.
No la mira. No quiere ver los ojos abiertos, abiertos y tristes de la muchacha que han de estar cayendo ya sobre él que posa su mejilla contra el bulto, depositado suave y blandamente en una especie de mesa metálica junto a la que se han detenido.
— A lo mejor debería… -balbucea ella con voz temblorosa.
— No -gruñe él, y el mismo temblor desolado se filtra en su voz-. Es mi niña, mi princesa chiquita. No… Ella…
El repentino ruido de golpes y gritos se deja oír a sus espaldas, onerosas sombras y violentos fogonazos de antorchas comienzan a descolgarse desde las ventilas rectangulares advirtiendo su presencia y la de la joven que vuelve a suplicarle con dos ojos asustados y acuosos. Pero ya es tarde. El tropel de intrusos los rodea y él escucha, entre los gritos feroces que lo aguijonean para que entregue su preciosa carga, la voz gangosa y aborrecible de la vieja comerciante. Y aunque no mira sabe que es ella, que está ahí, haciendo de cabecilla de aquel séquito animal que exige y amenaza su parte de una herencia antigua, de la que sólo quedan vestigios frágiles, insignificantes, mínimos, pero valiosos.
— Ya no importa -oye que le susurra la joven por debajo de los gritos, mientras él oprime las pequeñas piernas y brazos, la suave mata de cabellos largos y trigueños contra sí, como queriendo guardarlos para siempre. Entonces la joven se adelanta a las manos que se estiran para arrebatarle el pequeño cuerpo y grita:- ¡Déjenlos! ¡Ella está muerta! ¡Ya no les sirve! ¡Déjenlos!
— ¡Mentira! ¡Mentira! -chilla la estridente voz de la vieja desde la multitud-. ¡Yo vi cuando se movió en Las Barriadas! ¡Está viva! ¡Yo la vi!
Un mar de manos caen sobre sus hombros y sus brazos y tiran del protector. La débil consistencia de sus desgastadas fuerzas se hace infinita, parece quebrarse repentinamente ante la violencia del ataque, y por más que atenace aquellas formas delicadas y leves contra su pecho, no logra evitar el desgarro final cuando el indefenso bulto es arrancado de cuajo de sus brazos adoloridos de hambre, de sed, del cansancio de la huida, la eterna huida. Por algunos segundos el pequeño cuerpo envuelto en el protector es un juguete grotesco en un enjambre de manos que lo sacuden como un desprotegido cachorrito entre inmisericordes y ávidas zarpas, hasta que la codiciada presa se escurre fuera del protector y cae, se estrella contra la fría corteza granítica, iluminada por el fuego y el humo, los pequeños bracitos se abren y las piernecitas se tuercen como descoyuntándose. De pronto es un bulto roto en la intemperie de aquel silencio que se hace súbito al verla allí, con la cabeza rota cayendo hacia un lado, el cabello desparramado sobre su diminuta cara, casi ocultándola de aquella vergonzante desnudez.
— ¡Está muerta! -grita repentinamente la vieja, rompiendo la profunda quietud que ha impuesto aquella aberrante visión. Y haciendo un gesto de asco, gruñe:- ¡Hasta tiene olor a podrido y se está descomponiendo, miren!
Un murmullo de disgusto se eleva del tropel que retrocede un poco sin dejar de mirar aquel cuerpo llagado y aberrantemente desnutrido, una forma casi desarticulada en la infamante desolación a la que lo exponen la luz de las antorchas que van retirándose una a una, rezongando la mala suerte de su inútil caza. La oscuridad y la frialdad de la atmósfera vuelven a tragárselo todo, mientras él se arrastra hacia aquellos restos.
Duerme, pequeña. Sí. Es mejor. No abras los ojos para mirar a tu alrededor. No quieras saber el final de la historia de la Princesita, no quieras conocer el triste final de la dilatada y dolorosa búsqueda del Príncipe Triste. Llorarías. No soportarías saber que la maldición y la peste extendió sus alas hacia cada rincón del mundo, igual que un ave de rapiña que devora todo lo que tuvo alguna vez vida y frescura. Llorarían tus pequeños ojos y el Verde Valle volvería a secarse en tus sueños. No. Duerme. Es mejor. Sueña. Hazme creer que detrás de tus ojos encontraste un lugar donde escapar a este negro destino.
Sólo su sombra, encorvada sobre aquel último remedo de lo que un día fue un pequeño cuerpecito que cargó sobre sus espaldas, ha quedado en el recinto. En la negra desesperación que comienza a comerle el corazón presiente la silenciosa oleada de dolor que avanza desde un rincón de su alma donde ninguna luz alcanza a llegar. Entonces abre los brazos como para abrazarla una vez más, como para envolverla en el angustiante vacío que le ha quedado en el pecho y los hombros, y un hondo sollozo sube y se estrella contra las negras paredes.

De El suave vaivén de los álamos, Horacio Lobos Luna. 2008.

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