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Portada "El suave vaiven de los Alamos". Cuentos ciencia ficción, 2008. Horacio Lobos Luna.

Portada “El suave vaiven de los Alamos”. Cuentos ciencia ficción, 2008. Horacio Lobos Luna.

El llanto se prolongó como una línea tenue y quebradiza que se estira, pudorosa, en la oscuridad. Finalmente enmudeció. La pesada onda silenciosa que sobrevino se esparció en el estrecho recinto tan súbita y abrumadora que le hizo levantar la cabeza. Por un momento perdió el hilo de sus pensamientos, concentrados en avanzar en el informe para el Consejo Científico. Llevaba dos semanas en eso y estaba terriblemente atrasado.
Esperó unos segundos, quieto, a que alguna clase de sonido se reanudara: gemidos, llantos suaves, roces, movimientos tenues, lo típico desde que la habían traído allí. Nada. El silencio perduró obstinado. Dejó el lápiz y se volvió, inquieto. La luz del mesón repleto de artefactos y papeles sobre el que estaba inclinado apenas despejaba la cerrada negrura en que se sumía aquel depósito, habilitado como laboratorio hace apenas un año atrás, cuando el Centro de Investigaciones había comenzado a reactivar su malogrado desarrollo en el país luego de la Gran Eclosión y el caos de aquel lejano tiempo. Sólo cincuenta años después de la primera Reconstitución Zonal Central, lograda pasados otros setenta desde los días de anarquía, el Centro podía expandirse nuevamente hacia las Antiguas Provincias del Norte, como les llamaban ahora, motivados sobre todo por la noticia del famoso Descubrimiento del Gusco y las posibilidades que representaba.
El Descubrimiento del Gusco, pensó, y su mirada buscó en los confines taponeados de oscuridad del improvisado laboratorio. A duras penas distinguió inciertas siluetas de cajas amontonadas e instrumentos que sólo adivinaba más allá del radio lumínico del foco, ahora detrás de él. Buscó la linterna de dedo que siempre llevaba en el bolsillo de su bata y apuntó el fino rayo que bailó en su mano, dilatándose hacia delante. Un poco más allá, difusa, pero familiar, una forma oscura cortada por la diluida sombra de unos barrotes se concentraba, inmóvil como un fardo, en un rincón de su improvisada jaula.
Fue el aroma dulzón de la chancaca lo primero que olió. Conocía ese olor. Era el olor de la muerte y la desesperación, de pesadillas infantiles hiladas al rítmico son de aterradoras historias ancestrales que hablaban de destrucción y esclavitud. De miedo y opresión. En la soledad nocturna del desierto la había asaltado como una bruma cegadora y paralizante antes de darse cuenta de su situación: se había alejado demasiado del grupo. Cuando levantó la cabeza en busca del sonido de los demás sólo encontró una silbante mudez bajo una luz de luna poderosa y traicionera. Entonces el olor la rodeó por todas partes, como una avalancha bulliciosa y compacta que se fue cerrando sobre ella. Si aquel antiguo terror no se hubiera apoderado tan súbitamente de sus sentidos, habría entendido el otro terror que estaba emanando de aquellas voces que la cercaban, entonces habría sido fácil tomar una decisión y emprender la huida apoyándose en ese otro terror, pero cometió el error de la desesperación aplastante y en su ciego escape había tropezado y caído ladera abajo por la pendiente ruinosa de cemento y hormigón que intentó escalar.
Cuando estuvo a sólo un par de pasos reconoció confusamente una mata de pelos oscuros que colgaban sobre un montón de trapos sin cuerpo definido. Parecía haberse acurrucado sobre sí misma, presintiendo su cercanía. Paseó la hebra de luz de la diminuta linterna sobre aquel cúmulo de harapos y luego por el resto de la jaula. Ahí estaba el plato de comida, intacto, rodeado de pálidas manchas secas y aceitosas. Desde hacía dos semanas era lo mismo: no comía y lloriqueaba permanentemente, y eso lo tenía más preocupado de lo que hubiera admitido, sobre todo por el avance de la investigación y la permanencia del proyecto en la Zona del Gusco. Con lo precario que era aún el desarrollo científico en el país, en la Central no necesitarían grandes excusas para cortar toda clase de apoyo y abandonar a su suerte las lejanas Antiguas Provincias del Norte durante otro tiempo más.
Se agachó junto a los barrotes y apuntó la linterna hacia el centro de la maraña de pelos color cobrizo desteñido. No lograba verle el rostro, y la inmovilidad de su cuerpo acurrucado contra la otra pared de fierros aumentó su inquietud. ¿Muerta?, pensó. Y en respuesta a la pregunta formulada por su mente, el fardo inmóvil se desovilló bruscamente, con un leve y suave quejido, y de un salto se trasladó hacia el otro extremo de la jaula en un movimiento fugaz y felino que lo hizo retroceder, asustado. El hilo de la linterna trastabilló un segundo sobre el espacio vacío que quedó frente a él, para reemprender inmediatamente la búsqueda. Ahora podía ver su cara. Se asomaba bajo la cortina de pelos sucios y gruesos como un animalito que olfatea el aire desde su madriguera. ¿Hacía eso? ¿Olfatear? No. Más bien lo miraba. Directamente a los ojos, reconociéndolo. ¿Podía hacer eso? ¿Mirar y reconocer? Los ojos ya no reflejaban la fiereza de los primeros meses, ahora tenían un fondo oscuro de velada tristeza. ¿Tristeza? ¿Eso era? Eso era. ¿Era posible acaso? Recordaba antiguas historias, transmitidas por la gente, sus padres y su abuela, sobre los Integrales y añoranzas de tiempos idos: una antigua sociedad (¿qué tan antigua en realidad?, ¿poco más de siglo y medio acaso?) de no-dependientes, donde era posible salir a la luz del mundo exterior (hoy un desierto aún inhabitable para ellos), una especie llena de fortaleza, salud, vigor y rudeza, pero también llena de profundos sentimientos humanos, tan humanos como los de cualquier ser inteligente. Una antigua especie, la especie primordial desde la que había degenerado paulatinamente una especie nueva, frágil y endeblemente enfermiza, necesitada de dosis regulares de suero del chancac, que fueron reemplazadas paulatinamente por el CHKK, como lo llamó finalmente el mundo científico: medicamentos e inyecciones en base al antiguo suero para poder sobrevivir. Los libros de la historia más reciente, reconstituida desde hace sólo un siglo atrás, hablaban de las primeras luchas por la obtención del suero y del destino final de los últimos Integrales.
Pero no eran los últimos. Durante mucho tiempo leyendas de ciudades subterráneas habitadas por antiquísimas sociedades de Integrales sobrevivientes, que de vez en cuando se dejaban ver por algunos incautos, habían sido sólo eso para el mundo científico y para los historiadores, simples leyendas. Nunca hubo evidencia concreta que hiciera creíble tales suposiciones. Los Integrales eran una especie extinta hace mucho. Decir que habían sido vistos o que existían aún era como hablar de la existencia de los platillos voladores o algo así. Hasta hace un año. Fue cuando la habían capturado en las afueras de Gusco Siete y la habían traído allí.
El olor de la chancaca seguía ahí cuando despertó, y también el dolor: un fuego punzante en el costado y en la cabeza que la desgarró, sofocándola, en el momento en que caía irremediablemente hacia aquel abismo de vacío y oscuridad. La oscuridad tampoco se había ido del todo, aunque sí las voces y los gritos. Pero lo que permanecía más que todo, con una fuerza casi insoportable, era el miedo. Por eso no se movió ni abrió los ojos en seguida. Se quedó doblada sobre su vientre, tal como se había reconocido al volver de aquella negrura interior, y espió por debajo de las pobladas pestañas, como cuando niña en mitad de las horrorosas noches de tormentas de arena. Tuvo la breve esperanza que despertaría, igual que entonces, bajo el tibio brazo de su madre, protegida por la cálida oquedad del refugio subterráneo, invadido por los distantes ecos de los vientos atravesando los túneles o el murmullo de una respiración o un ronquido cavernoso. Pero sólo vio una tenue cerrazón, la leve sombra de unos barrotes y la opresiva cercanía de un cielo estrecho, que parecía pender sobre ella con su negra forma amenazante. Más allá de los barrotes había luz, y la suave aura que derramaba se esparcía sobre las sombras del lugar y les daba extrañas consistencias rectangulares o cuadradas, arrancaba tenues lustres metálicos a delgados recipientes de cristal y formas metalizadas, y le permitía percibir siluetas que parecían amontonarse contra la creciente oscuridad de fondo.
Un súbito sentimiento de curiosidad se abrió entonces en su interior: una poderosa flor que desplegó sus pétalos aromáticos y exhaló su esencia saturándole los sentidos. El miedo retrocedió ante aquella repentina ráfaga y, por un instante, el olor de la chancaca se volvió el pálido residuo de un mal recuerdo. Sus párpados dejaron entrar más de aquel extraño y nebuloso mundo que descubrían de pronto, venido de viejas historias de infancia, y buscaron la procedencia de la luz, ávidos, pero aún sigilosos. Lo que vio entonces hizo que las oleadas de miedo se agolparan una vez más contra su mente: una silueta delgada y frágil, como la de un adolescente pálido y enfermizo, estaba sentada un poco más allá, frente a la luz. Su cuerpo estaba echado sobre una mesa larga y blanca, y parecía haberse roto sobre sí mismo. ¿Muerto? ¿Había muerto? No. Parecía dormir. Las manos, de un blanco transparente y venoso, lo mismo que su cara ante la luz, descansaban sobre el mesón, a ambos lados del cuerpo. El horror se inflamó entonces dentro de ella ante aquella visión y su boca se abrió dispuesta a aullar y desgarrar las sombras que traían recónditos miedos aprendidos en noches sin luna, junto al fuego de una caverna.
Eran igual que todas las manos, hábiles y perfectas, con dedos largos y parejos, muy hermosas, a pesar de su descomunal proporción y la fuerza que reflejaban. Muy distintas de las suyas. En realidad todo era distinto en aquel cuerpo: la firmeza de los miembros, el porte, el color oscuro y curtido de la piel. Había hecho las correspondientes comparaciones la primera noche que la habían llevado, como el bulto de un gigantesco animal fuera de toda proporción habitual, y con el correr del tiempo fue descubriendo otras más. Sin embargo, era en momentos de cercanía como aquel, cuando iba a revisar el estado en que se encontraba, si había comido, o cuando le dejaba algún alimento, cuando las diferencias quedaban en abierto contraste. Más de una vez había introducido la mano para dejar el plato de comida o para retirarlo y ella se había aproximado como para recibirlo, pero en realidad nunca lo recibía, sólo parecía hurguetear en la proximidad de su cuerpo: en ese instante la mezquina luz de la linterna alcanzaba a evidenciar la blancuzca delgadez de una piel como la suya, atravesada de sutiles venas azulinas y rojizas, la reducida consistencia de su cuerpo, casi transparente en su delgadez, y la poderosa complexión de aquella anatomía ágil e incansable aún dentro del estrecho espacio de la jaula; sólo una vez sus manos se habían rozado, muy rápidamente, cuando se negó a que le retiraran un resto de comida y tomó el plato con una habilidad y reflejos tan inesperados y bruscos que los largos dedos llenos de vigor alcanzaron a tocar los suyos. Ambos se echaron hacia atrás, asustados por el repentino contacto, pero la energía que le transmitió aquel breve toque le quedó escociendo durante un largo tiempo, lo mismo que la mirada que le había arrojado ella desde su rincón. ¿Sorpresa? ¿Había sorpresa en esos ojos al verlo saltar asustado como un niño? Súbitamente sintió que, en ese instante, había perdido algo, alguna forma de distancia que lo mantenía con cierta inmunidad ante esos ojos curiosos, recelosos y escrutadores.
Casi no dormía. Vigilaba. Veía aquella silueta salida de un sueño moverse en aquella enorme jaula de la que no parecía querer salir, dentro del estrecho espacio que le dejaban las cajas e instrumentos apilados por todas partes. Lo sentía acercarse a veces, mientras fingía dormir, inclinarse a tocar con mano temblorosa y con cautelosa suavidad sus cabellos o el dorso de su mano. O acercar el plato de comida y el recipiente con agua cada dos días con precisión casi religiosa. Ella se encogía sobre un rincón esperando su cercanía. El olor de la chancaca inundaba entonces sus pulmones, que comenzaban a respirar con leve dificultad y agitación, pero lentamente iba cediendo a la fascinación, acercándose a oler siempre un poco más, hasta quedar a menos de un brazo de distancia, tan al alcance, sintiendo aquella respiración entrecortada mientras se quedaba quieto por un frágil segundo (tan frágil como aquel cuerpo semitransparente) ante su proximidad de fiera enjaulada. En la ciega oquedad de aquel encierro su antiguo terror ya casi había desaparecido. Se había ido desvaneciendo con el paso de los días y los meses desde aquella vez, cuando un leve roce de sus dedos lo había hecho saltar, linterna en mano, lleno de temblorosos presagios, igual que a ella. ¿Igual? ¿Era igual? No. Igual no. La brevedad y delgadez de aquel cuerpo aparecían de pronto ante sus ojos como la quebradiza agitación de un niño, cuya mirada pudorosa, plagada de lejanos destellos de pavor, amenazaba con abrirse espantada, luchando por escudarse en una precaria firmeza que quizás no existía. ¿En realidad no existía? Quizás. Sólo quizás.
Desde entonces descansaba con la ansiosa inquietud, casi dulce por momentos, de la espera. ¿Pero qué esperaba exactamente? Un olor en el aire tal vez, una insignificante partícula de lucidez que le indicara el momento preciso para ejecutar la acción precisa. ¿Cuál sería? ¿Huir quizás? ¿Gritar, aullar, llorar para siempre o simplemente morir? Era ese exquisito sabor de la incertidumbre plagada de nuevas certezas y presagios. Lo sentía cada vez más próximo cuando él la miraba desde la lejana luminosidad de su mesón, buscándola con ¿dolor?, ¿aflicción?, en la oscuridad donde ella había comenzado a hilar un silencio obstinado, angustiante y poderoso. Esperaba. Silenciosa. Cuando él se acercaba furtivamente en medio de su sueño y estiraba su frágil mano temblorosa para tocar antiguas fantasías, polvosas añoranzas, igual que ella. ¿Igual? ¿Era igual? Tal vez. Sueños donde la luz de la luna ardía con la templanza de una aurora ancestral, distorsionando líneas y distancias insalvables, ahora próximas y palpitantes, justo sobre dos manos que se tocaban o dos sombras que se rehuían sólo para encontrarse en lo fugitivo de algún anhelo innominado. ¿Qué sería? ¿La piel acaso? ¿El aroma de la piel (chancaca), el roce de la piel en su inquieto temblor (¿miedo?) aromático? La delicada textura de un sueño palpitante de frágiles roces.
De pronto recordó que todavía estaba ahí, acuclillado frente a la jaula, mirando esos ojos que ya no ardían con el fuego del odio y el miedo, sino con el brillo tenue y apagado de la melancolía, un dulce cáncer del alma carcomiendo fibra tras fibra la poderosa consistencia del más férreo espíritu. ¿No lo sabía él acaso? Sí, lo sabía. Ella no se había vuelto a mover.
Se levantó lentamente, como si despertara de un breve sueño, pero el dolor que sintió súbitamente en las articulaciones le recordó que había estado más tiempo del necesario en aquella posición. Apagó la pequeña linterna y se la guardó. No la necesitaba para volver, el radio de luz de la lámpara seguía titilando más allá, sobre el recodo del largo mesón, donde montones de papeles exigían su presencia. La Comisión Examinadora debía estar llegando dentro de esa semana, a más tardar el viernes. Tres días, pensó, y un diminuto gusano de inquietud se revolvió en la base de su estómago. Era la primera vez que verían el descubrimiento y su trabajo; no habían dicho nada, pero lo más seguro era que quisieran seguir los estudios en la Central, en un verdadero laboratorio con verdaderos científicos. Cuando llegó al mesón y volvió a tomar posición se sintió infinitamente cansado para continuar. ¿Cansado? ¿Cuándo había sido la última vez que había notado el cansancio en realidad? Dio una última mirada hacia la profunda oscuridad desde la que había regresado y donde ella parecía palpitar, invisible y muda, haciendo sentir su presencia casi en un alarido de silencio, como si presintiera su inevitable destino. Un largo bostezo se apoderó de su garganta y brotó irreprimible. Antes de acomodarse sobre el breve espacio que le dejaban los papeles, vislumbró la jaula en un fugaz chispazo mental, como hacía automáticamente cada noche antes de caer rendido sobre sus antebrazos, y tuvo la nebulosa sensación de que algo había quedado pendiente esta vez. ¿Qué era? ¿La comida, el agua, no había cambiado el agua, y si ella se moría de sed…? Ridículo. Y apenas formuló ese pensamiento se hundió en la maraña del sueño, en la tempestad en que lo envolvían insospechadas fantasías oníricas noche tras noche desde no presentía qué momento, hilando mundos de recóndita infancia, donde historias maravillosas iban dando forma a seres casi alados, poderosos, inquebrantables pero frágiles, de largas y níveas manos, cabellos sedosos y largos, cuerpos perfectos y vigorosos, listos para saltar sobre su débil figura y asfixiarlo contra dos pechos redondos y fragantes de un sudor con gusto a sal y tierra, no marchito aún por el dulzor almizclado y enfermizo del chancac, no, antiguos seres más allá de toda hermosura, de curtida y lozana piel, de labios carnosos y tenaces como la muerte. En la oscura reminiscencia de aquellos sueños evocaba el tenue contacto de esa otra piel, entonces sus manos y toda su alma se abrían en busca de aquel roce, no sólo en sueños, también en la vigilia de noches como aquella. Sin que su mente se atreviera a entender el verdadero y profundo resorte de ese viejo anhelo de infancia, se aventuraba en la negrura de aquel rincón, donde el vestigio de su sueño yacía, y estiraba sus quebradizas manos, estremeciéndose de temor y ansias, para tocar, para llamarla hacia sí aunque fuera susurrando ininteligibles palabras. ¿Las susurraba ahora, en mitad de aquel sueño? ¿Se dejaba ir hacia la boca de esa oscuridad para sentir sus cabellos y su piel? ¿Dónde estaba? Estiró una vez más las manos dentro de la niebla de aquel sueño (¿era en el sueño o era ahora él, moviéndose a través de las sombras, inclinándose, cada vez más cerca de aquella respiración?) y sintió la electrizante calidez de esas manos aferrándose a las suyas. No te haré daño, pensó. O tal vez el susurro brotó en la oscuridad como brota una advertencia, porque de pronto recordó esa insidiosa sensación de lo que había quedado pendiente. ¿La jaula? ¿Había cerrado la jaula? Pero la poderosa suavidad de aquellas otras manos se había adueñado ya de su cuerpo, que se comprimió como un endeble fruto henchido por la dulce fragilidad de la madurez. Sintió el doloroso crepitar de un aliento sobre su cara y sonrió, dichoso, antes de hundirse de nuevo en la oscuridad.
En la ominosa consistencia de aquel sueño antiguo ella corría. Se abría paso a través de la oscuridad donde los viejos terrores se despojaban de su empolvada careta paralizante y los miembros, potentes y libres al fin, volvían a arrojarla fuera de su cautiverio en una noche de luna llena. Entonces, en mitad de aquella carrera de libertad sentía la cercanía vigilante de una silueta etérea venida de aquellas viejas historias, su pulso se aceleraba (¿se estaba acelerando ahora?) mientras percibía su cercanía. Y de pronto descubría que era ella la que se movía, en una danza de enloquecedora alegría desatada, hacia la frágil figura reclinada sobre sí misma, allá, en el fondo del paisaje lunar. ¿Soñaba ahora? ¿Era su cuerpo el que pasaba hacia aquella libertad una vez más, más allá del umbral de su cautiverio? En la boca luminosa de aquel sueño lunar ella había traspasado la barrera del miedo, como si la férrea consistencia de esa barrera ya no existiera. De pronto fue el anhelo en mitad de la noche iluminada de luz celestial, donde ella engullía a aquella figura endeble bajo la firmeza de sus brazos curtidos y firmes. El olor de la chancaca desparramándose por sobre todas las cosas del mundo, allí en su sueño (¿ahora, aquí, libre al fin?) y el gemido de dolor o de placer, su mente ya no lograba percibir la diferencia, emanado de aquellos labios tersos, casi infantiles, fue el anuncio final de aquel breve encuentro y de un despojo blanquecino cayendo a sus pies mientras ella reiniciaba la carrera hacia la libertad, hacia una libertad ya sin luna, ya sin sueños, donde su mirada era barrida por un diluvio ardiente de ¿tristeza, soledad?, ¿era posible?, sin roces de manos suaves, ni temblores en la proximidad de una noche vacía de luz, anegada de lluvia, hacia la que se deslizó sigilosa y furtiva para siempre.

De El suave vaivén de los álamos, Horacio Lobos Luna, 2008.

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