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Portada "El suave vaiven de los Alamos". Cuentos ciencia ficción, 2008. Horacio Lobos Luna.

Portada “El suave vaiven de los Alamos”. Cuentos ciencia ficción, 2008. Horacio Lobos Luna.

DI NO AL GUSANO DE LA CHANCACA

Las letras eran herrumbrosas y de un rojo ceniciento, casi a punto de desaparecer de la ruinosa pared de cemento sobre las que estaban pintadas a grandes trazos irregulares y chorreantes. La crudeza radioactiva del sol las había resecado, palideciendo su azarosa textura alguna vez llamativa y desafiante, del mismo modo que las tormentas de arena nocturnas, las constantes secreciones humanas, animales y otras miles de circunstancias que habían ido lacerando su imponente superficie del pasado.
Uno podía pararse debajo, con el frío ventarrón fustigando casi rabiosamente contra la cara y el cuerpo entre los enormes pilares, sentirlo estremecerse en toda su altura cuando los vehículos y los enormes camiones atravesaban uno tras otro la larga estructura que unía ambos lados de la garganta del Valle, el que tendía a estrecharse justo en ese lugar. Entonces parecía un indeleble llamado impregnado a la granulada consistencia del hormigón. Un verdadero grito pintado en tono granate casi furioso, un estallido estampado sobre el fondo blanco grisáceo del cemento, disecado en el preciso momento en que las desniveladas letras comenzaban a escurrirse en todo su grosor y frescura… Una aterradora advertencia para los días venideros. Una profecía.
Las reverberantes luces de los trajes sólo acentuaban la decrépita palidez de aquel oscuro mensaje y hacían más tenebrosa la perfecta calma que circundaba las polvosas ruinas, erigidas en aquel lugar desde siglos, se figuró, hundiéndose poco a poco en el inmenso arenal que había comenzado a tragarse todo a pasos agigantados con el correr de los años. Y aunque no llevaran allí más de tres décadas, sólo asomaba del enorme pozo de dunas uno que otro gigantesco montículo, semejante a una proa de barco que va cayendo con una lentitud irremediable hacia el fondo de un abismal océano.
― Ya casi es de noche –oyó a su compañero.
Era una voz rasposa, lejana, aunque al girar encontró la reluciente figura a sólo unos pasos, examinando nervioso los alrededores y el cielo. La luz interior del casco le impidió percibir cualquier cambio de color en aquella cara, pero no hubo necesidad: la palidez ya se le había definido en la expresión. Conocía la sensación que palpitaba detrás. La sensación de la inminencia.
Vino sobre nosotros como una débil borrasca que súbitamente se transforma en una calamidad difícil de concebir. Una onda de choque que no hace más que producir un leve cosquilleo, casi irrisorio al principio, para luego expandirse y empezar a crecer lentamente, igual que la marea del atardecer, y entonces transformarse en una ola descomunal que se abate contra todo, demasiado encima para siquiera poder hacerse a un lado o descubrir su súbita procedencia. Así de inocente había sido: un frasco de vidrio cualquiera, un líquido algo amarillento y unos cuerpecillos blancuzcos flotando en su superficie, parecidos a un residuo lácteo sobre un fondo transparentemente opaco. Dijeron que venían de la India o algo así, un antiguo remedio milenario que prevenía un montón de enfermedades, y la fórmula era muy simple: agua, un poco de chancaca disuelta y las pequeñas larvas blanquecinas en remojo, se tomaba el brebaje diariamente y se aseguraba una vida saludable. ¿Quién podía imaginarse algo semejante? Y se multiplicaban con tanta facilidad que, como los pajaritos del yogurt, había que estar regalando un poco cada cierto tiempo porque era eso o multiplicar frascos y soluciones; además, siempre se agradecía un buen consejo para la salud, y si iba acompañado de lo esencial de la receta quién podía negarse, uno tras otro, lentamente, de casa en casa, como un regalo venido del cielo.
Mueve la cabeza en señal de asentimiento y gira en busca de la caja de herramientas para reiniciar el recorrido. El traje hace que cada movimiento se vuelva más lento de lo normal, el calor que produce es molesto y el cuerpo transpira más de lo debido. Lo que alguna vez en sus sueños infantiles, frente al televisor viendo películas o series de ciencia ficción donde hombres con trajes de astronautas o aislamiento corrían todo tipo de aventuras, había parecido tan excitante, ya no lo era en absoluto. Se había transformado en una realidad bastante decepcionante y onerosa, apenas soportable a veces, sobre todo bajo altas temperaturas o contra el despiadado azote de las tormentas de arena que caían sobre la superficie justo al anochecer. Cosa que tanto su compañero como él sabían de sobra. Había que volver pronto.
― Por aquí.
Asió la caja de herramientas y volvió a tomar la delantera guiándose por la potente luz que irradiaba la parte superior del casco. Podía ver su sombra en angulosos vaivenes, proyectada por el foco de su compañero desde atrás. Sabían que un poco más adelante, descendiendo unos cuantos metros, podrían encontrar lo que buscaban, si no se les habían adelantado. En ese caso tendrían que ir más al fondo, siguiendo la peligrosa pendiente arenosa que todavía dejaba concebir la idea de que ahí, alguna vez, se abrió un frondoso Valle desde la cordillera hasta la costa.
Los enormes álamos se mecían como delgadas cabelleras verdes y alargadas, siguiendo el rítmico batir del viento que en aquel sector parecía concentrar toda su fuerza, y se veían pequeños a pesar de su tamaño natural. Desde allí se podía abarcar la verde brecha que se perdía hacia el este y el oeste, más allá de los edificios que indicaban, en la distancia, la presencia del centro de la ciudad y más allá de la estructura bajo la que pasaba el delgado hilo plateado del río que seguía el curso quebradizo del Valle. Todo vertiginosamente empequeñecido por la altura cuando nos apostábamos debajo de los gigantescos pilares que sostenían la azotada armazón de aquel viejo Puente, lleno siempre de cientos de mensajes y advertencias escritos con sprait o simplemente a brochazo limpio, en enormes o pequeños caracteres, unos más acertados y correctamente consignados que otros, pero todos de una indefectible precisión y claridad en el mensaje que querían transmitir.
La última vez que correteamos entre aquellas bases graníticas y pintarrajeadas, había sido en un caluroso verano -no tenía entonces más de nueve años- en el que ya se evidenciaban los primeros signos de deterioro masivo que luego pasaría a convertirse en una verdadera decadencia social y cultural, en todo el sentido de la palabra. Decadencia. Lo que para otras épocas había significado sólo una especie de malformación espiritual, unida al consiguiente remezón social, profundo, pero siempre superable en algún punto del tiempo, finalmente se había convertido en una forma de vida que imposibilitaba cualquier remitencia a la simple metáfora; se había tratado, en último término, de una verdadera decadencia de la especie. Lo peor era que su significado alcanzaba a las más hondas raíces de su sentido. No sólo había sido una decadencia perfilada desde su eventual consideración en cuanto efecto, por muy terrible que este pudiese resultar, sino que tal decadencia se configuró en su esencia más abominable para el tan renombrado “espíritu humano”: en forma de la vulgaridad más extrema y obtusa, en forma de lo ridículamente impensado, más acá, mucho más acá de lo propiamente imaginativo, aún en su expresión más rudimentaria. Se habían concebido millones de pesadillas para el término de la especie humana, incluso se había concebido un término en el hondo e incluso, podría decirse, “sublime” significado de esta idea. ¿No era más sublime, a fin de cuentas, morir por nuestros propios errores, por nuestra propia ambición humana, por nuestro deplorable orgullo humano, nuestra aberración humana, o por las fuerzas naturales en último término? Por lo menos cada una de estas alternativas dejaba intocada, de muchas formas -unas más oscuras que otras-, nuestra naturaleza, nuestro sentido de “especie superior”. ¿Quién podía imaginarse lo que sucedería?
Mientras intenta, a todo lo que dan sus ojos y la luz del casco, hallar la abertura (un forado informe producto de una detonación realizada en las primeras expediciones años atrás), vuelve a preguntarse si había valido la pena tanto esfuerzo por llegar allí, y no se refería sólo al huidizo suelo que pisaba en esos momentos, sino a todo lo que el estar ahí implicaba: su decisión de unirse al grupo, la penosa preparación y los exámenes realizados una y otra vez hasta ser aceptado, y el entrenamiento durante todos aquellos años esperando tener la primera oportunidad para ser enviado al exterior en una de las misiones. Eso había significado mucho tiempo y constancia, aunque todo parecía desde allí tan endiabladamente lejano que apenas podía concebir que no llevara más de quince exploraciones de recolección con esta. El desgaste era brutal, no sólo del cuerpo sino también, y sobre todo, de la mente. Allí afuera el tiempo parecía correr con la misma lentitud con que ellos avanzaban sobre los gigantescos bancos de arena que se habían ido acumulando con los años.
― ¿Se ve algo? –vuelve a preguntar la voz de su compañero.
― Parece que ya llegamos.
La abertura deja ver su forma oscura y profunda, realzada por la fantasmal proyección que irradian los cascos. Está sólo a unos pasos y no parece haber cambiado mucho desde la última vez, señal de que o no ha sido visitada por nadie más hasta entonces, o se han realizado tan pocas visitas ulteriores que no ha quedado rastro externo visible a esa distancia. Ahora sólo era cuestión de pasar al otro lado y verificar si todo continuaba allí en cantidades suficientes o si tendrían que arriesgarse un poco más allá. En cualquier caso, tenían que apurarse: la oscuridad estaba ganando el boquerón de más arriba y la baja de temperatura se empezaba a sentir en la suave ondulación de brisa que les llegaba por momentos desde atrás.
La Gran Eclosión social no hizo crisis en el país el día en que se dijo, sin mucho formalismo, que la popular bebida ToniKK -nacida del maravilloso suero curativo y preventivo, y que prácticamente había ocupado el espacio que hasta hace pocos años había sido monopolio de la Coca-Cola- era capaz de producir un posible cuadro de adicción. Lo hizo en realidad cuando se comprobó, fehacientemente, que dicho cuadro de posible adicción iba más allá que la simple dependencia psicofísica y se convertía en una alteración biorítmica profunda y radical, completamente irreversible. Fue en la época en que había nacido el primer niño físico-dependiente al suero de la chancaca, como fue llamado años después, cuando la situación se volvió insostenible y desesperada.
En el correr de aquellos primeros diez años, la producción de chancaca se había incrementado ostensiblemente dentro del país, sin que nadie notara su significativo aumento. Luego de aparecida la primera remeza de la bebida ToniKK, elaborada en base al suero del gusano de la chancaca que había sido tan popular entre la población, incrementándose y extendiéndose cada vez más su uso y consumo a nivel casero, se había hecho tan masiva su venta que parecía imposible que un simple compuesto con elementos tan rudimentarios y sin la mayor potencia gustativa generara tal vuelco en el mercado de las bebidas de fantasía. A pesar de los denodados esfuerzos que hizo la Coca-Cola por mantener a sus consumidores con grandes llamamientos a través de millonarias campañas comerciales, terminó por caer bajo el aplastante éxito impuesto por ToniKK. Muchos esperaron a que tal éxito decreciera, confiados en que no se trataba más que de un clásico boom del momento. Sin embargo, cuando la producción fue ganando terreno no sólo nacional, sino también continentalmente, los ejecutivos de las grandes casas comerciales de bebidas de fantasía, encabezados por la Coca-Cola, iniciaron la contracampaña con estudios científicos en torno al probable peligro de adicción que podía producir el suero del gusano de la chancaca. En ese entonces la mayoría tachó de ridículos y patéticos aquel desesperado intento por desacreditar el éxito de la naciente “bebida del siglo”, algo bastante probable y no carente de razón, por lo que resultó ser una perfecta cortina de humo para no ver la base real de aquellas acusaciones. Mientras más se incrementaban las divulgaciones acerca de la posible adicción de ToniKK, con más insistencia resonaba la voz de los políticos nacionales al salir en su defensa, ya que el repentino éxito comercial de la bebida aseguraba no sólo un ingreso derivado de la directa comercialización de ToniKK y todo lo que ello implicaba, sino que además había generado una repentina demanda en la exportación de chancaca, debido a que los diferentes países del continente tenían interés en producir sus propios productos en base a este maravilloso suero.
Cuando se divulgó la noticia del primer niño físico-dependiente nacido en el país, la importación de ToniKK había empezado a entrar con fuerza ya en Estados Unidos y en Europa, además de los continentes vecinos. La primera reacción había sido la de frenar esta desbocada ola de “contaminación”, como la llamó en un principio el Secretario de las Naciones Unidas, pero el impulso había sido demasiado repentino y su inserción en los hábitos alimenticios de la mayoría de los consumidores demasiado profundo. De pronto, hubo un inexplicable retroceso en los esfuerzos por detener y prevenir el continuo avance de la comercialización y consumo de ToniKK. La contrapropaganda a favor de la bebida se fue haciendo más fuerte y culminó por imponerse, acallando las voces de protesta y las realidades de psicodependencia y “mutación biorrítmica”, como se atrevió a llamarle un reconocido científico francés que por la época realizaba estudios en base a las contraindicaciones del suero. La sensación de que nadie quería realmente creer en tales nefastos resultados auguraba, pálidamente, la ciega locura vital por la sobrevivencia que vendría después.
Los montículos de paquetes que permanecían diseminados sobre el amplio espacio de lo que alguna vez había sido una gigantesca bodega de almacenamiento, aún eran suficientes para completar la cuota del día; sin embargo, no parecía que en la próxima salida fuera a quedar algo que llevarse de ahí, probablemente eran los últimos restos de aquella “beta”, descubierta hace más de seis meses (unos tres días antes de su llegada al puesto actual). La próxima salida tendría que ser de exploración más que de recolección, cosa que solía poner tensos los ánimos del personal, ya que significaba la incursión hacia nuevas regiones (generalmente descensos más hondos por la brecha aquella) y todas las posibilidades de riesgo que ello implicaba.
A la descarnada luminosidad proyectada por los cascos podían ver las formas de los fierros retorcidos y caídos unos sobre otros, formando una amenazante y tenebrosa caparazón pendiente de sus cabezas y cuarteando el grueso hormigón de las paredes, las que se abrían aquí y allá como roídas por profundas llagas. Gruesos trozos de cemento estrellados contra el arenoso piso obstaculizaban el paso y aplastaban algunos paquetes que se habían hecho polvo bajo el poderoso impacto. Reconocieron algunos desprendimientos nuevos y se miraron nerviosos; sabían que la estructura era inestable y que las fuertes tormentas de arena de la superficie lograban que se fuera deteriorando peligrosamente.
― Apurémonos –esta vez fue él quien hizo la salvedad.
Rápidamente ayudó a su compañero a llenar las alforjas que los trajes tenían incorporadas a la espalda, echando en ellas todo el material que encontró. Mientras lo hacía pensó que era un alivio que los trajes aislantes los salvaran del contacto sensorial con el mundo externo; no habría podido soportar el reconcentrado olor dulzón de la chancaca que debía emanar aquel lugar, mezclado a los aromas que le otorgarían el abandono y el paso del tiempo: la decadencia.
Lentamente la verde frescura que aún cubría el Valle se fue opacando cuando las primeras fábricas y almacenes empezaron a surgir, junto con los rayados que se multiplicaron histéricamente sobre el sucio cemento de los pilares. Pasaría mucho tiempo, sin embargo, para que el Puente y todo su alrededor se convirtiera en zona prohibida y apostaran una caseta de guardia con una baliza de entrada y salida a ambos extremos. Aún así, desde aquel verano en que vimos aparecer la primera inscripción de advertencia, nuestras entusiastas incursiones bajo su estructura y entre sus enormes bases de cemento se fueron haciendo cada día más distantes; muchos de nuestros amigos evitaban alejarse demasiado del perímetro de su casa desde que uno de ellos había tenido un acceso convulsivo una tarde de aquellas. Meses después sabríamos que se trataba de algún tipo de “inmuno dependencia”; lo oíamos todo el tiempo por la tele y en las conversaciones de nuestros padres, pero por esa época no entendíamos muy bien de lo que se trataba. Sólo sabíamos que algunos de nuestros amigos sufrían de esa especie de “enfermedad” y que teníamos suerte de no contarnos entre ellos, aún. Para el siguiente par de años la creciente enfermedad se había propagado profusamente, al mismo tiempo que se iban incrementando las denuncias, y grandes y rojizas letras pintadas en cada pared iban brotando siempre con la misma sentencia, o muy parecida: DI NO AL GUSANO DE LA CHANCACA.
La Gran Eclosión, como gusta llamarla a la gente, no se produciría sino hasta quince años más tarde, lo mismo que el repentino giro de los acontecimientos y el brusco cambio de vida. Durante aquellos años el Valle fue cambiando su aspecto y las riberas del río fueron invadidas por enormes edificios de cemento y hierro, mientras las hectáreas de remolacha se iban expandiendo desde la cordillera hasta la costa de una forma alarmante. Pero la fisonomía del paisaje cambiaría aún más radicalmente con el pasar de los años y de una forma que nadie pudo nunca imaginarse.
Apenas pudo oír lo que su compañero le gritó a través del audífono. La tormenta de arena arreciaba con una violencia despiadada y la señal del comunicador se perdía en el remolineante vaivén de vientos cruzados. Las luces tampoco servían de mucho, debido a que tenían que avanzar inclinados para contrarrestar la poderosa fuerza de la ventisca y aún así lo único que alcanzaban a ver eran gruesas ráfagas de arena sobre la borrosa imagen de sus pies moviéndose o intentando hacerlo.
Llevaban más o menos quince minutos en medio de aquel furioso vendaval, calculó, desde que habían dejado atrás la marca de referencia: la gran frase pintada en el bloque de cemento que alguna vez formó parte de los pilares del Puente Huasco, antes de la explosión y los días oscuros. Cuando llegaron a ella, con las alforjas de los trajes llenas y rebosantes, la claridad del día comenzaba a eclipsarse peligrosamente y una gélida brisa (la pudieron sentir aún bajo la tela aislante) iniciaba su incipiente batir. A pesar de la prisa que pusieron en llegar a la Primera Marca antes de que la noche se cerrara por completo, sólo la alcanzaron cuando ya era demasiado tarde y la tormenta de arena había comenzado a cobrar fuerza. Las interminables y resbaladizas dunas, junto a la pesada carga que transportaban, no habían ayudado mucho al proceso del primer avance y menos cuando la tormenta ya se había abatido con toda su furia sobre ellos. De ahí en adelante habían avanzado prácticamente a ciegas e incomunicados.
De vez en cuando logra divisar algo así como la sombra proyectada por el cuerpo de su compañero que marcha delante. Lo único que puede hacer es confiar en que, a pesar de todo, calcule bien la dirección y la posición de la Base. El terrible peso de las alforjas y la caja de herramientas se hace insoportable a cada nuevo paso que parece hundirlo sobre un terreno corredizo y fluctuante. Está intentando descifrar lo que la voz trata de gritarle a través del audífono, pero sólo oye un sonido borroso y chirriante, cuando la súbita detención del avance lo hace chocar contra su compañero. Levanta la vista para lograr comprender lo que pasa y entonces ve ese rostro terroso moviendo la boca detrás del cristal del casco y esos brazos que se agitan apuntando a la espalda y tratando de decirle algo que no puede o no quiere entender.
La Gran Eclosión vino después del Gran Receso. Fue cuando la producción de chancaca se hizo demasiado lenta para las exigencias del mercado externo. Las horrorosas noticias de la físico-dependencia eran historias del pasado; se habían convertido en un hecho irreversible y un pequeño país perdido entre la Cordillera de los Andes y el Pacífico llegó a convertirse en pocos años en el centro vital de la sobrevivencia de muchos seres humanos. No era solo el hecho de la imposibilidad de imitar una materia prima de la misma calidad debido al celoso resguardo en que se mantuvo lo esencial en la producción de la “especia”, luego de tomar conciencia de la vital importancia que iba adquiriendo con el paso de los años, sino también estaban las singulares condiciones ambientales o geológicas -nadie podía explicarlo con claridad- que hacían única la remolacha obtenida sobre el suelo chileno. Con la primera ola recesiva los pequeños países latinoamericanos, vecinos a Chile, acusaron las primeras nefastas consecuencias. Eso produjo que la situación de tensión externa al país sólo se incrementara con la segunda oleada recesiva. Cuando la crisis hizo Eclosión la actitud política del país había impuesto una férrea barrera a las exigencias foráneas y había decidido definitivamente tomar en sus manos las últimas decisiones respecto a la importación del producto, poniendo sus propias condiciones.
La violencia estalló de un día para otro. El ataque vino de distintos frentes y las pequeñas ciudades productoras fueron cayendo una a una. La primera bomba destruyó un pequeño pueblo en la zona austral del país, pero el ataque atómico al norte del país fue inusitado, violento e impensado. Las tres cuartas partes entre la Segunda y Tercera región fueron prácticamente destruidas y la guerra fue inminente tanto para el continente, que inmediatamente se puso en guardia frente a este ataque territorial latinoamericano, como para el resto del mundo que entró, desesperado, en la lucha por la materia primordial. Los pocos sobrevivientes de los numerosos desastres hallaron la manera de refugiarse y reorganizarse con el pasar de los años, y sobre todo, encontraron la manera de sobrevivir bajo aquel desierto de destrucción y desolación.
Tuvo que arrastrar a su compañero el par de metros que los separaban de la trampa de entrada. Golpeó desesperadamente sobre la placa metálica hasta que una breve rejilla luminosa se abrió y se volvió a cerrar en un breve pestañeo y el sonido de los pesados pasadores metálicos, tan característicos durantes esos largos períodos de aislamiento, se perdió bajo el tormentoso torbellino que continuaba su despiadado azote, más monstruoso que nunca si cabía cuando lograron divisar una apagada fosforescencia adelante y bastante a la izquierda momentos atrás. Los focos de los cascos ya casi les devolvían el propio reflejo de sus sombras y la tenue aparición a lo lejos, aunque borrosa, les hizo animarse lo suficiente para dar los últimos pasos en contra de ese delirante vendaval de arena. Justo antes de llegar, su compañero se había desmoronado y él estaba a punto de colapsar por el fuerte agotamiento que había implicado aquel avance. Necesitó arrastrarse casi a ras de suelo, incrustando las botas del traje en el movedizo arenal para impulsarse el último tramo y alcanzar la entrada.
La puerta de la trampa se abrió a duras penas y dos formas cosmonáuticas emergieron para ayudarlos a entrar. Una vez adentro la tapa metálica se cerró con un estrepitoso estruendo y el poderoso aullido del viento y el traqueteo de los granos de arena se cortó de golpe.
― ¿Qué pasó?
Oyó la voz desde el brutal bombeo de la sangre irrigando sobre su cabeza, sus sienes y todo su cuerpo. Sentía el sudor correr por su rostro dentro del casco que no tenía fuerzas para sacarse; además, sabía que sería inútil, que tendría que volver a ponérselo o que simplemente era absurdo intentar respirar ese aire por tan breves segundos. Por eso permaneció tirado sobre el frío metal de la cámara intentando recuperar aliento para responder a la pregunta, aunque supiera que también sería un trabajo tan inútil como el otro. Conocía el procedimiento y el tono de aquella pregunta no apuntaba precisamente a la preocupación de unos camaradas por la salud de otros que estuvieron a punto de perder la vida en las mortíferas tormentas nocturnas de aquel desierto.
― ¿Qué pasó con el cargamento? –volvió a oírse la voz.
Echó una breve ojeada a las cabezas que se inclinaban sobre él buscando una especie de respuesta que sabían no les podía dar. La luz de los tubos de la cámara parpadeaban sobre sus adoloridos ojos, más allá, como un aura rodeando aquellas cabezas. Logró ver un bulto blanquecino a unos metros de él: su compañero. Seguramente permanecía aún inconciente. ¿Tendría que volver a cargarlo?
Pero no todos sucumbieron al “efecto ToniKK” y sus terribles consecuencias. Mientras gran parte de la población se iba sumando a esta sorda devastación biodependiente y sus inimaginables consecuencias, algunos logramos ser rescatados de su dañino alcance. Unos por un simple asunto de hábito alimenticio familiar, otros por decisión personal en el momento preciso o por completa incredulidad inicial hacia las supuestas virtudes curativas del suero cuando estaba en su etapa de extensión. Lo cierto es que la influencia ejercida por las propiedades del llamado Gusano de la Chancaca no alcanzó a los que, pasadas los vacilantes primeros años de propagación, éramos una gran mayoría, y que en los tiempos venideros, junto con el afincamiento de las avanzadas “mutaciones” y biodependencia, nos convertimos en una pequeña minoría. De pronto nos vimos llevando una extraña vida en función a nuestra genuina capacidad y resistencia, nuestro “estado integral”, como se le llamó, nos hizo apreciados, además de cotizados para diversos trabajos de ayuda en la gestión de procurar el sustento y producción de la Materia Primordial. Lo que en un principio fue un obrar de hondo sentido social, se convirtió poco a poco en una especie de poder que comenzó a despertar la sospecha de la gran mayoría y sus principales representantes, los que controlaban las altas esferas de la vida social del país, el continente y luego del mundo.
Después de la Gran Eclosión, la consideración hacia nuestra excepcional condición de Integrales volvió a fortalecerse, lo mismo que nuestro rol social en apoyo y cooperación de la producción y adquisición de la Materia Primordial: éramos los únicos que podíamos realizar las Misiones, que requerían un largo período de tiempo, sin correr el riesgo de caer afectados por la prolongada falta del suero. Pero poco a poco nuestra “especie” fue disminuyendo; muchos fueron adquiriendo los hábitos alimenticios de los biodependientes, ya sea por la cercanía de la convivencia y el permanente contacto con la Materia, o simplemente como remedio a la insoportable diferencia de la que nos hacia objeto nuestra condición en relación al resto de las comunidades, las que se fueron formando en los distintos refugios subterráneos bajo los escombros desérticos de la Gran Eclosión y la destrucción última. Finalmente, nos convertimos en simple “mano de obra”, seres resistentes encargados de un trabajo servil y controlados bajo estrictas condiciones en las distintas Bases, aislados de las comunidades centrales, las que fueron olvidando su antigua condición de Integrales, las que nos abandonaron a la suerte y las leyes que se impusieron en estas aisladas Islas de Recolección, luego del gran desastre; leyes que tienen que ver con la supervivencia del más fuerte y donde no hay margen de error sin pagar las consecuencias que ello implica y que, con el tiempo, terminaron por agotar el último residuo de humanidad que quedaba en ellas.
Ni siquiera sintió el temblor del estrépito al cerrarse la puerta de la trampa. La fuerza de la ventisca era ensordecedora y el azote de los granos despiadado. Además estaba el terrible frío de la noche y el cansancio. A pesar de ello, hizo lo posible por acomodarse el cuerpo de su compañero a la espalda. Lo tenía tomado por los brazos, como un costal colgando desde su cuello e intentaba dar un paso. Estaban solos. No sabía si había tomado la decisión correcta, aunque a esas alturas no tenía muchas opciones. Pensó en la alternativa más digna: no era suficientemente decente para él morir de un balazo en la cabeza, como un animal inservible, después de tantos años en servicio. Lo mejor era hacerlo allí afuera. Además tenían la remota, muy remota, posibilidad de la sobrevivencia. Mientras se arrastraba intentando no soltar el cuerpo de su compañero pensó que tal vez había sido injusto no haberle consultado, pero lo más probable era que su compañero ya ni siquiera respirara en esos minutos. Aún así no lo soltó. Trató de echar una mirada hacia adelante a través de los vientos cruzados y la cortina de arena en movimiento: allá, un reflejo, como una protuberancia saliendo hacia lo alto de la noche; seguramente era la reverberancia que indicaba la entrada de la Base a su espalda y que se proyectaba más allá de ellos, hacia donde sobresalían las aristas y los restos de lo que alguna vez fue el Puente Huasco. Sólo tendrían que llegar allí y refugiarse en el socavón arenoso que aún quedaba del Valle y meterse en los restos del viejo almacén. Por lo menos les habían permitido llevar puestos los trajes, eso era algo.
Cuando levantó nuevamente la cabeza, en un postrer intento de romper el velo de la noche y las violentas ráfagas arenosas, le pareció tener una bella visión. La visión del Valle en una época de infancia distante, cuando las verdes formas de los álamos se mecían en la fresca brisa del atardecer, bajo la vigilante presencia de inmaculados pilares. Y avanzó hacia ella.

De El suave vaivén de los álamos, Horacio Lobos Luna, 2008.

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