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Portada "El suave vaivén de los álamos"

Portada “El suave vaivén de los álamos”

― ¿Qué son?
El líquido transparente y levemente pardo tembló mientras lo sostenía contra la luz del sol. En él flotaban pequeñas partículas blanquecinas que se iban aconchando en la superficie.
― Gusanos de la India –explicó–. Me los dio la vecina.
― ¿Gusanos? –dijo ella.
― Sí, como los del yogurt, pero en vez de leche hay que ponerlos en un poco de agua con chancaca o con azúcar.
Volvió a mirar el contenido del frasco con curiosidad. Finalmente lo metió con mucho cuidado en la bolsa de verduras. Seguro que en la casa la estaban esperando hace rato. Comadreaba mucho, ese era el problema.
― Dicen que es un remedio antiguo –siguió explicando–. Se deja unos días y se va tomando el agua. El problema es que los bichos se multiplican y hay que estar regalando. A mí me ha hecho harto bien. ¿Se acuerda de ese dolor que me tiraba a la cama? Como si nada. Ni siquiera duele ahora.
― Tiene que ser bueno entonces –asegura ella, acomodándose la bolsa y empezando a caminar hacia la puerta–. Ya, me voy mejor. Ah, y gracias por el remedio, comadrita. Ojalá que me haga algo.
― No, si es muy bueno, ya va a ver.
Afuera hacía un día luminoso, casi perfecto. Ni mucho calor ni mucho frío. Cuando terminó de despedirse era casi la una y aceleró el paso para recuperar algo del tiempo perdido. Todo iría bien si no se encontraba con nadie más en el camino. Tendía a distraerse con facilidad cuando salía de compras, sobre todo cuando iba a la feria, que se ponía a unas cuantas cuadras de su casa los días viernes y donde acudía casi toda la gama de dueñas de casa de la población. Era imposible no toparse con Pedro, Juan y Diego. Y más inevitable entablar una buena conversación o desviarse unos pasos para estirar la lengua un rato, cosa que a ella le encantaba.
Por eso decidió evitar cualquier tentación y tomar por calle Lautaro. Era un pequeño rodeo por el que la mayoría de sus vecinas seguramente no iría por cuestiones obvias: siempre era mejor el camino directo. La calle daba hacia el barranco que delineaba el valle. Desde ahí se podía ver el centro de Vallenar y parte de esa grieta natural, de un grato verde a esa altura del año, que se extendía hacia ambos lados, topándose con los cerros que parecían cerrarse sobre él hacia el interior y con el Puente Huasco hacia la costa.
A mitad de Lautaro ya iba bastante cansada por el peso de las bolsas y el apuro. Seguro que no se toparía con nadie que la fuera a encontrar por esa calle, así que decidió tomarse un breve descanso, uno más, aunque esta vez nadie podría reprocharle nada. Sería una buena excusa: Me vine por Lautaro y como nadie me fue a encontrar tuve que pararme a descansar a cada rato. Nadie podría decirle nada. Estaba bastante vieja para alegar cansancio con justa razón. ¿Quién la ayudaba en esos trajines, además? Nadie. Todos callados entonces.
Ocupó uno de los bancos de cemento a la orilla del barranco, a lo largo de la breve muralla que lo contorneaba, justo debajo de un pequeño árbol. Dejó las bolsas apoyadas y aprovechó de mirar el bonito trabajo que había hecho el Municipio en esa calle. La Avenida Lautaro. Avenida. Un nombre muy exagerado para una calle que no tenía más de, ¿cuántas?, ¿10 cuadras? O algo más. Pero cuadras pequeñas, eso sí, muy pequeñas. Una las podía recorrer en menos de una hora con facilidad, a paso muy lento.
El muro puesto al borde del barranco tapaba un breve espacio del valle al sentarse en los bancos, pero todavía dejaba a la vista la mayor parte. Ella hubiera preferido que dejaran tal cual estaba, sin muro de contención, así una tenía la impresión de estar justo encima del valle, abarcándolo todo, centro incluido. Pero las autoridades jamás consultaban nada. Siempre suponían que el “hermoseamiento de áreas” era algo que la población tenía que agradecer, como si fuera un gran favor a la comunidad. Sí, muchas gracias. Y el montón de plata invertida en eso, cuando había gente… Bueno. Para qué pensar en estupideces. No valía la pena. Mejor sentarse y disfrutar de la vista.
Siempre le había gustado contemplar el valle desde ahí, sobre todo en los atardeceres de invierno, y es que descontando el frío la vista era casi sublime: un mar de nubes rojas sobre un mundo que parecía apagarse con una suavidad deliciosa a medida que el sol, una bola roja incandescente, se hundía hasta perderse tras los cerros. Una tenía la sensación de que el mundo había naufragado para siempre ahí y que nunca volvería a recuperarse de esa muerte lenta y esplendorosa. ¿Cómo podía? O tal vez era una la que no quería volver a moverse, ni regresar de ese silencio en que sumía aquella visión. Volver a la realidad. Olvidar la celebración de la luz y su deceso. Convertirla en un “momento más” de la vida. Inconcebible.
De pronto, no supo porqué, recordó algo. Buscó en la bolsa de las verduras y extrajo el pequeño frasco con aquel líquido parduzco y transparente. El sol estaba casi en su cénit y volvió a ponerlo contra su luz para mirarlo bien. Gusanos de la chancaca, pensó. Y sonrió. ¿A que sabría? Abrió el frasco con un cuidado casi religioso y se lo llevó a la nariz. La primera impresión, siempre olfativa: el olor dulzón de la chancaca. Nada más. Se enderezó un poco y miró alrededor, como para verificar que nadie la observaba. Entonces lo hizo. Removió suavemente el contenido y sopló la superficie del líquido para despejarla de los cuerpos blanquecinos que flotaban aglutinados allí. Y bebió. Sólo un poco; apretando bien los labios para evitar que cualquier cuerpo extraño penetrara junto con el líquido azucarado. Sintió la almizclada textura de la infusión en el paladar, mientras intentaba saborearla, y ese sabor fuertemente dulce de la chancaca, que le otorgaba una cierta rugosidad almibarada. Luego tragó. La sensación del líquido llenando su cuerpo y esparciéndose por su interior la hizo suspirar quedamente. Se sintió mucho mejor, casi recuperada incluso. La comadre tenía razón, el remedio parecía bueno.
Volvió a taparlo con cuidado y a ponerlo entre las verduras de las bolsas. Miró el valle por última vez, hacia el lado de la estación, más allá del centro, donde se veía la extraña forma romboidal del Puente Huasco. Vio la verde depresión que se alargaba por debajo, atravesada por la lengua sinuosa y fina del río. La silueta de los álamos, erguidos como frondosos obeliscos moviéndose al compás del viento que empezó a soplar sin previo aviso, la dejó en suspenso por un instante. Un poco de tiempo fresco no estaría mal. Se levantó, tomando ambas bolsas con firmeza. Sólo entonces se fijó en la inscripción puesta con graffiti rojo sobre el pequeño muro, un poco más allá:

DI NO A PASCUALAMA Y A LA BARRICK GOLD

Y de pronto la atenazó una extraña tristeza. Una profunda nostalgia de lo que había desaparecido ya bajo el “progreso” y los años: antiguas casas, hermosas áreas verdes, viejas escuelas. ¿Qué más? El valle. El valle será lo próximo, seguro. No a Pascualama. Sí, claro. Y volvió a sonreír. Pero esta vez pensaba en los gusanos de la chancaca. Prepararía unas buenas infusiones para todos en la casa. Eso. Se dio prisa a ponerse en camino. Había que aprovechar la repentina brisa que refrescaba el día. No duraría mucho. Pronto el calor quemaría todo lo que estuviera a su paso.

De El suave vaivén de los álamos, Horacio Lobos Luna, 2008.

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