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Fernando de Szyszlo

Fernando de Szyszlo

El pobre tipo tenía el rostro demacrado y un espeso sudor le ganaba la frente y los regordetes pómulos. No era para menos. El maletín que sostenía con férreo nerviosismo contra su pecho contenía información por la que ciertas personas serían capaces, si no de matar, por lo menos de destruir parte por parte la vida de cualquiera que se atreviera siquiera a insinuar la posibilidad de su existencia, al menos si era la mitad de confiable de lo que suponía. Ni decir sobre querer hacerla pública. Una hecatombe que no sólo alcanzaría al mundo cultural, sino también al mundo político, sin contar que la tan bien compuestita y retocada imagen de país que tanto les gustaba pulir, sin demasiados buenos resultados durante las últimas décadas, se ganaría otro gran arañazo en su ya bastante resquebrajada empaquetadura.
— ¿Vino solo?
La pregunta era ridícula. Parecía salida de una mala película de espionaje. Por supuesto que había ido solo. ¿Le preguntaría también si había micrófonos escondidos por alguna parte? Si seguía actuando así de raro, los pocos clientes que estaban a esa hora en el desolado restorán empezarían en serio a fijarse en ellos.
— Sí, vine solo. ¿Trajo el material?
Sin dejar de mirar nerviosamente de un lado a otro, puso el maletín sobre el estrecho espacio de la mesa. Ahí estaba. Una primicia exclusiva y tan controvertida que la convertiría en la noticia del año, o tal vez del siglo. El gran Poeta traído a la luz pública del escándalo como nunca antes había sucedido; cualquier sugerencia sobre algún oscuro aspecto de su persona podía ser acallado fácilmente, y tal vez lo había sido, muchas veces, después de todo a tamaña gloria cultural del país (con las pocas que tenía) no se la podía simplemente hundir en el descrédito sin hundir con ella años de historia bien contada y tejida, especialmente si esa historia estaba unida a uno de los partidos gravitantes dentro del desarrollo político nacional (por usar una línea al más puro estilo del periodismo amarillista). Pero esto, esto era otra cosa. Si el material que contenía el maletín era tan potente como creía, entonces no habría réplica ni retoque que hiciera posible su negación u olvido. Y el copioso sudor escurriendo por la regordeta cara de su interlocutor era casi una garantía para creerlo. ¿No era para temer cometer un acto que traicionaría la lealtad y devoción que el Partido le prodigaba a una sus figuras más emblemáticas, incluso más que a la de su propio fundador, especialmente si era cometido por uno de sus propios correligionarios?
— No lo vea aquí –advirtió en un susurro jadeante, dejando caer su mano sobre la tapa negra.
Una mano igual de regordeta y sudada que él. Si no hubiera estado tan ocupado tratando de no reírse de esos excesivos gestos de melodrama, le habría aclarado que no tenía ninguna intención de ponerse a leer los papeles justo en ese momento. Pero la verdad era que casi disfrutaba esa forma de terror tan de guerra fría. ¿Sería para tanto la razón de ese miedo? ¿Estaría el Partido dispuesto a cualquier cosa contra quien osara tocar a su vaca más sagrada?
— ¿Qué contiene exactamente? –preguntó.
— Documentos, cartas, incluso algunas fotos –balbuceó en otro susurro.
— ¿Fotos?
— Sí, de las reuniones que sostenían y el círculo más cercano…
Ahora sí le picaban las manos por abrir el maletín. Fotos. Habrían imágenes. Eso sí pondría las cosas en un nivel completamente inimaginable. Imágenes de lo inimaginable. Imagínate eso.
— Documentos del acuerdo escrito y firmado por ambos…
Mierda. Lo pensó, no lo dijo. Sabía que debía mantener la compostura del profesional que era, o al menos pretendía ser. Pero, curiosamente, estaban empezando a picarle la espalda y la frente, y sentía que en cualquier momento empezaría a sudar también.
— O sea… –musitó, y de pronto se dio cuenta que demoraba más de la cuenta en completar la frase–. O sea que tenían un acuerdo escrito para…
— Sí. Para ya sabe qué…
Claro. Todos quienes conocían la historia sobre la inveterada enemistad entre el Poeta y el Bardo sabían. Se habían odiado a muerte, según la historia oficialmente no oficial, hasta el punto que el Poeta había usado toda su influencia para negarle al Bardo la entrada a un par de editoriales, que rechazaron su trabajo. Tampoco es que fuera muy bueno, decían algunos. Los detractores del Bardo (y amantes del Poeta) argumentaban que sólo había sido una artimaña del Bardo para ganarse un lugar transformándose en el negativo de su contrincante. Así, todos quienes rechazaran al Poeta, por razones literarias o políticas, se unirían a él. Lo curioso era que gran parte del trabajo publicado por el Bardo estaba alimentado por su odio al Poeta; si uno rebuscaba en su bibliografía, gran parte de sus escritos mencionaban el nombre del Poeta más que su propio nombre, incluso en los títulos. Contrario a eso, el Poeta ni siquiera lo mencionaba en los suyos, y si lo alguna vez lo hizo, fue con algún epíteto alegórico o una metáfora supurante de desdén. Eso hacía que la teoría de la promoción literaria del Bardo a costillas de la degradación del Poeta cobrara siempre más fuerza que las razones del Poeta para tratar de destruir la carrera literaria de un enemigo que ni siquiera le hacía cosquillas en fama y fortuna. No había sustento razonable para el Bardo. Hasta ahora.
El problema es que ese sustento estaba a punto de hacer explotar a Bardo y Poeta, como amantes camicaces en un juego suicida que estaba a punto de salir a la luz.
— ¿Entonces está todo aquí? –preguntó.
— Sí. El acuerdo, el contrato, todo…
El acuerdo. El contrato. Las fotos. El odio inveterado, las rencillas, los dimes y diretes a través de los registros literarios. Todo financiado por la cartera del Poeta, probablemente. ¿O del Partido, tal vez? De pronto sintió unas ganas enfermizas de abrir el maletín y ver las fotos. El Poeta y el Bardo comiendo y bebiendo en una reunioncilla de poetas gordinflones a finales de los 60, con uno que otro comensal invitado a festejar la artimaña publicitaria más grande en la historia de las letras del siglo XX, al menos en este país.
— Si el Part…–tragó saliva–. Si se llegan a enterar que yo recopilé toda esta información…
Por primera vez sintió verdadera pena por el tipo. A medida que iba sumando escaños en el Congreso, el Partido había pasado de ser un grupo político siempre al margen del sistema, y muchas veces perseguido por sus ideas y apoyados por la gente más humilde, a un arquetipo de la política más tradicional del país: un grupo poderoso y privilegiado que se juraba poseedor de unas cuantas verdades, y no es que antes no lo creyera así, pero ahora tenía el poder político para imponerlas oficial y extraoficialmente, y para defenderlas hasta la locura mística. Cuando el Partido descubriera que la información tan devotamente guardada y sepultada bajo miles de llaves y claves, había sido recopilada (si “recopilar” era la palabra correcta) por alguien de sus propias filas, difícil imaginar la reacción a escala política, o personal.
Una dificultad que fue rápidamente subsanada dos semanas después, cuando el destape del escándalo literario del siglo ya fue la comidilla predilecta en todos los medios y las redes sociales, y un cuerpo sudoroso y regordete fue encontrado en su habitación (un viejo cuartucho escondido en el barrio más popular de la ciudad), con una nota suicida que hablaba de culpa y traición, y que terminaba con un “¡Larga vida al Partido y al Poeta!”.

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