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Mars-1

Mars-1

He oído cantar a la cigarra en Marte. Un acontecimiento muy curioso considerando que aquí prácticamente no lo hacen. No como lo harían en la Tierra al menos. Según los archivos gráficos de la Enciclopedia Terrestre, el canto de las cigarras sería un sonido particularmente melodioso y musical, aunque los catastros audiovisuales parecen más bien desmentirlo con sus registros de un sonido algo estridente y chillón. Tal vez bajo una noche estrellada, entre el follaje de inmensos árboles estirándose hacia un cielo oscuro, dulcificado por la suave brisa estival y el oído humano, debió descender como un hermoso canto sobre antiguos caminos y villorrios.
En cambio aquí se reduce a una inquietante vibración casi ultrasónica, que puede llegar a desorientar a ciertos animales, e incluso a algunas personas, si se exponen demasiado a ella. Es una forma de mutación adaptativa, dicen los entendidos, algo muy común en especies que son trasplantadas de su hábitat natural a otro completamente distinto. Aún así, más de alguien las oye cantar de vez en cuando. Muy rara vez. Por lo que la mayor parte del tiempo, como todo acontecimiento raro y excepcional, es asociado a la proximidad de eventos misteriosos o terribles, como un nacimiento o una muerte.
Aquí, en estas laderas sobre la gran planicie marciana de la costa oriente, las he oído cantar, como un murmullo de cuerdas que se abren paso al filo melodioso entre la armonía y el destemplado clamor de un susurrante chillido. ¿Será el mismo canto que pobló otras planicies, allá en la distante Tierra? Quién sabe. Lo único claro es que las oigo cantar incluso ahora, desde aquella noche en que dos pequeñas manos se escurrieron entre las mías, lenta pero inexorablemente. Sigo la estela de ese canto y asciendo hasta las cimas escarpadas que alguna vez desafiaron con su férreo enigma el avance de las primeras oleadas de viajeros sobre Marte. Entonces. Cuando todo era un desierto ardiente de arenas rojas y lava sempiterna. Cuando el canto de las cigarras estaba tan distante, a siglos de todo poblamiento y aclimatación.
Aún ahora lo está. Latente entre la profunda vibración que sobrecoge y aturde, aflora como una flor excepcional que expele su aroma de enigmas y presagios de siglo en siglo. Y sólo queda dejarse ir. Dejarse guiar hasta algún promontorio de rocas levantado sobre los antiguos valles de Marte, y esperar la señal. La señal donde la vida y la muerte se unen en un canto hermoso y terrible, inescrutable y lejano, en el que al fin me hundiré, hasta el silencio más profundo.

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