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Portada "El suave vaiven de los Alamos". Cuentos ciencia ficción, 2008. Horacio Lobos Luna.

Portada “El suave vaiven de los Alamos”. Cuentos ciencia ficción, 2008. Horacio Lobos Luna.

¿Dios? ¿Diosito? Se volvió buscando la voz que lo había pronunciado, pero entonces la dirección del viento hizo volver las palabras con mayor nitidez y recién las percibió con claridad: ¡Adiós, adiosito! Alguien se despedía. Era una voz muy chillona, casi alegre; la ridiculez de su acento, ya de por sí patente, se volvía aberrantemente caricaturesca al resonar en la onerosa densidad que reinaba en el recinto. La gente apretujada una contra otra no ayudaba en nada a despejar aquella sensación de absurdo, de incomprensión absoluta: una mancha en la mente obstruyendo el nítido fluir de los pensamientos, impidiéndoles ir hacia delante, hacia algún lugar determinado al que dirigirse, incapacitados de la tarea cotidiana de apresar el momento siguiente y hacerlo desgajarse tersa o afanosamente del anterior para construir la breve brecha de sentido del que brotará un instante después. Saber. Eso era. Un ofuscado sentimiento de no saber, de estar estancado en esa especie de limbo. Nada. Ni siquiera la angustia. Sólo mirar alrededor o hacia delante buscando un punto de referencia en esa enmarañada multitud de seres bulliciosos y estúpidamente estancados igual que ellos.
¡Ya! ¡Adiosito! ¡Cuídate! Otra vez la voz chillona despidiéndose absurdamente. ¿Despedirse? ¿Iban a algún lugar? Dejó un momento la mano de su hija, que se quejó por enésima vez de hambre, y se acercó al guardia más cercano.
— Disculpe. ¿Podría decirme…?
La gente empezaba a empujarlo, entre reclamos. El guardia volvió a rugir:
— ¡Manténganse en las filas, por favor! ¡En las filas!
— ¿Podría decirme adónde vamos? –insistió.
― ¡Señor, vuelva a la fila, por favor!
Otra estupidez. Las filas habían desparecido hacía más de una hora, pero el guardia repetía la misma cantaleta cada diez minutos. Ahora le había lanzado una de esas miradas que no admiten contestación y le había indicado con el brazo extendido y la mano como una navaja blanquecina (poblada de venas azules y perfectas) algún lugar indefinido a su espalda, donde su esposa y su hija lo llamaban insistentemente.
― ¡En la fila! ¡En la fila!
Ahora la orden venía de unos pasos más allá, donde otro guardia hacía eco. En un momento más el grito se expandiría hacia el fondo y hacia el frente como una honda de choque. Inútil, por supuesto. Volvió a la mano de su hija y la mirada cansada de su mujer.
― ¿Qué te dijo? –quiso saber ella.
El sólo meneó su cabeza y volvió a observar por encima. Lo único que se distinguía claramente era el Domo Central irguiéndose al frente y las dunas rodeándolo todo. La luz del atardecer hacía ya borrosos los Domos que quedaban detrás, demasiado lejanos para divisarlos ahora, sobre todo porque a esa hora la bruma que tamizaba permanentemente la atmósfera exterior se acentuaba notoriamente. Empezaba a hacer frío y su hija gimió aferrándose a sus piernas. Él la tomó grácilmente, susurrándole palabras de consuelo y la envolvió en su abrigo. Buscó el rostro de su mujer: había angustia y preocupación en esos ojos que escrutaban aquel tumulto con el mismo desconcierto que lo agitaba, ese mar de cuerpos pegados a ellos, hablando y discutiendo sin parar. El Gobierno Central tendría que dar muy buenas explicaciones después de esto. En ese momento un movimiento general empezó a compactar a la multitud en densos focos de formación. Las filas tendían a rehacerse con urgencia, lo que indicaba que empezaban a avanzar y a moverse. Por fin tenían hacia donde mirar.
El silencio cayó como plomo derretido sobre el Gran Salón de la Cámara, solidificando la atmósfera murmurante ante el anuncio del Presidente de la Cámara:
― ¡El Presidente de las Zonas Confederadas!
Todos los ojos se posaron en la figura que emergió desde el fondo izquierdo de la Mesa de Discursos: una frágil y blanquecina cabeza sin cabellos, con una epidermis transparente en exceso que dejaba al descubierto un torrente de venas muy finas y azulinas. Aquel rostro casi refulgía en contraste con el negro sayón que vestía, un rostro perfecto, en toda su pureza, sin “manchas” de ningún tipo que indicara la envestida de un gen recesivo. Aunque el sayo podía ocultar perfectamente más de alguna sorpresa, pensó mientras volvían a sentarse: un buen maquillaje arreglaba muchos rostros.
― Representantes de las Zonas Confederadas –la voz emitió esa velada tonalidad de templanza que denuncia una oscura tensión reprimida–. Lo que nos convoca este día en este magnífico Salón de las Repúblicas, es un asunto de máxima prioridad para el futuro de nuestras sociedades. De todos son conocidos los acontecimientos que han manchado la tranquilidad de Gusco Central durante las pasadas horas. Tres atentados terroristas a los principales centros de mando donde perecieron más de un centenar de personas.
Breves estelas de murmullos volvieron a elevarse durante la momentánea pausa del Presidente. Probablemente la palabra “terrorista” había sonado como un inesperado disparo para algunos miembros de la Cámara. Se concentró en identificar los focos de movimiento dentro del Salón. Alcanzó a percibir un breve intercambio de palabras en los sectores de los representantes de Gusco 6, 8 y 15.
― Han sido casi tres siglos de desarrollo para nuestra sociedad desde la Gran Eclosión hasta hoy. Con gran esfuerzo y una férrea resistencia a los embates de permanentes amenazas de disolución de nuestra raza.
Nuevos amagos de murmullos queriéndose elevar en ciertos puntos de la Cámara. “Raza”, claro, incomprensible uso de una palabra más incomprensible aún en aquellas circunstancias para algunos. No para la mayoría, por supuesto, que mantenía fija su mirada en la figura presidencial. El furtivo aleteo de voces y movimientos provenía nuevamente del grupo de representantes de Gusco 6, 8 y ahora el 7 además del 15 y 18.
― El valor de tal resistencia ha consistido indudablemente en tomar las decisiones correctas en los momentos adecuados. Ha sido su firme e irrevocable puesta en marcha lo que nos ha constituido en lo que hoy somos: la principal y más grande nación en el mundo después de la diáspora humana que siguió a la Gran Eclosión. ¿Quién iba a pensar, siglos atrás, que un pequeño país del que un día fue el exuberante continente americano tendría la entereza de sobreponerse a la cuasi aniquilación de su especie? En este fin de mundo fue donde, se podría decir, se dio un nuevo principio del mundo. Pero hoy esta estabilidad conseguida a base de magnos esfuerzos de siglos se ve amenazada. Y no por factores externos, como fueron alguna vez la desorganización y la barbarie de los primeros tiempos de reagrupación de los sobrevivientes, ni las condiciones climáticas que fueron haciendo imposible la vida en la superficie terrestre, factores a los que nos sobrepusimos gracias a nuestro valor e ingenio, dando origen a un nuevo orden de cosas y a una nueva y lozana forma de vida, como la llamó nuestro insigne y sabio fundador hace más de dos siglos atrás. Pero todos conocemos de sobra la fragilidad de esta “nueva forma de vida”. La Especie Primordial, como suele definirla la ciencia, prevaleció no sólo por su ingenio sino también por su fuerte constitución biológica. Supo sobreponerse a las más terribles amenazas biológicas, a la enfermedad y a la muerte prematura tanto por su inteligencia como por la resistencia que opuso su propio organismo para combatirlas. Nosotros no tuvimos esa ventaja. Como “especie degenerativa” –así fue calificada por muchos de nuestros primeros científicos- de aquella magnífica máquina biológica, debimos luchar no sólo contra los factores externos que se oponían a nuestro desarrollo, sino además contra los internos, las debilidades biológicas que nos heredó la primera Mutación. Triunfamos sobre ellos, rehicimos este mundo en base a una nueva forma de vivir física y socialmente. Construimos grandes espacios atmosféricos donde poder respirar el único aire que nos ha hecho posible continuar como “nueva especie”, si así es posible llamarla, elaborado en base a nuestra apreciada especia, el Chancac, distribuido a todo el orbe desde nuestro centro industrial, las Empresas CHKK. ¿Merece tanto esfuerzo el ataque de un grupo irresponsable realizado en el corazón mismo de nuestra civilización? Cuatro de los más grandes depósitos de las Empresas CHKK, un almacenamiento de Chancac industrial para los próximos cincuenta años, fueron destruidos el pasado miércoles por un grupo de Recesivos en un acto que no puedo calificar más que con esta palabra, aunque a algunos les moleste, terrorista.
― ¡Fue un acto de desesperación, señor Presidente, no un acto terrorista!
La exclamación había salido del sector de Gusco 6,7 y 8, estaba seguro. Fue una interrupción tan inesperada que sólo alcanzó a percibir, difusamente, el fugaz movimiento de una mano que volvía a su posición inicial luego de ser blandida. Distinguió con perfecta claridad las tonalidades en la oleada de murmullos que siguió: de apoyo por parte de Gusco 15, 18 (y ahora el 20), de sorpresa y escándalo por parte de muchos otros; también hubo sectores silenciosos, claro, y los silencios podían decir mucho si se los sabía leer. Y él sabía.
Antes que los murmullos cobraran la suficiente fuerza para volverse un molesto intercambio de opiniones acaloradas, el Presidente de la Cámara llamó a la calma y el Presidente de las Zonas Confederadas, con el mismo rostro impenetrable con que esperó pacientemente a que se restableciera el silencio luego de la sorpresiva interrupción, continuó su discurso. Pero él ya no escuchaba. Toda su atención estaba puesta en el sector de donde había surgido la increíble exclamación y el momento previo exacto en que había ocurrido. Hizo un esfuerzo mental meticuloso para enfocar la imagen de la mano volviendo a su lugar. Allí, justo entre Gusco 7 y Gusco 9, tal vez…

― Soy el Intendente General de Gusco 8, hay un error –insistió repetidas veces con una mezcla de indignación e incredulidad, en las que palpitaba un oscuro matiz de temor.
Revisaron sus credenciales, que siempre llevó con él desde que los sacaron de la casa. Se las pasaron de mano en mano, sin demasiado interés ni claridad al respecto. Finalmente le indicaron uno de los primeros vagones y lo hicieron subir junto a su mujer e hija, sin volver a escuchar sus protestas. Llevaban ahí, en movimiento continuo, casi dos horas, de pie, pegados unos contra otros, casi sin poder moverse debido a la falta de espacio. Lo peor era la escasez de aire y los olores que con el pasar de los minutos iban almizclándose en esa especie de cámara metálica. Las pequeñas aberturas para la ventilación sólo aumentaban el angustiante calor que parecía reconcentrarse en las paredes desde el exterior. A pesar de las ráfagas lacerantes cargadas de letal oxígeno que ingresaban por aquellas aberturas, lentamente al principio, casi con desesperación después, todos empezaron a compactarse tratando de acercarse lo más posible a ellas cuando el aire viciado, la transpiración y el calor se hicieron insoportables. Pasada la primera hora muchos se habían dejado caer sobre el piso caliente y el llanto de los niños y los bebés iba en aumento. Con ayuda de su mujer mantuvo lo más que pudo a su hija pegada a la rendija que tenía a la altura de su cara. Sentía sobre el rostro la brisa tibia y sofocante de ese extraño mundo al que ni en sus sueños hubieran imaginado aventurarse por voluntad propia: el lugar de la desolación, de la muerte, del oxígeno entrando en los pulmones y matando poco a poco, como iba haciendo ahora ahí, entre ellos.
A través de aquél breve espacio de claridad y aire, vio pasar dunas y anchas sabanas de arena antes que la noche diera un breve descanso a su vista y su piel. Lo único que se mantuvo intacto fue la opresiva densidad del aire, el insoportable calor y esa permanente sensación de no saber que se había vuelto a apoderar de él, esa especie de ciega incertidumbre hundida como un aguijón en el centro de su estómago. De vez en cuando sentía a su mujer suspirar cansada contra su pecho, la única parte con la que aún podía percibir alguna sensación. El resto de su cuerpo eran un par de piernas hundidas en un profundo pozo de aguas muertas, en una lejanía dolorosa, casi ajenas a sí mismo, y dos brazos abrasados por una costra inerte de sensibilidad sobre los que alzaba, unas veces gimiente, otras jadeante, a su pequeña hija.
Cuando por fin la máquina comenzó a aminorar la velocidad y se detuvo con un fuerte bufido, volvió a pensar: El gobierno central va a tener que dar muchas explicaciones sobre este abuso. Pero en una parte de su sobrexcitada mente aquel pensamiento pareció parpadear, inquieto. Un potente chorro de luz atravesaba ahora la rendija y lo cegaba, mientras oía con perfecta claridad y fuerza una voz que emitía órdenes a través de un parlante:
…seguir las órdenes e instrucciones dadas. El oficial a cargo les indicará su posición. Obedezcan sus instrucciones.
Al descorrerse la pesada puerta la luz les dio de lleno en el rostro. Distinguió retazos de sombras moviéndose a través de líneas férreas debajo de él, antes de empezar a bajar azuzados por el oficial a cargo. Mientras ayudaba a bajar a su mujer –el dolor de las articulaciones era inaguantable ahora que estaban otra vez en movimiento-, la apremiante sensación de falta de sentido en todo aquello se intensificó. Estúpidamente volvió a pensar: El gobierno central va a tener que dar muchas…, pero esta vez el parpadeo mental se convirtió en una grieta insalvable de incertidumbre y angustia cuando otro de los oficiales lo apartó de su esposa y le ordenó:
― Pásele la niña.
Lo hicieron entrar a una sala tan amplia que bien podía tener las dimensiones de un pequeño anfiteatro. Adornada con sobriedad, sólo destacaban como un fondo imponente, sobre ambas paredes laterales, dos gigantescos estandartes con los símbolos de la República y las Empresas CHKK. Hacia el fondo, el amplio mesón de conferencias y los ventanales que daban paso a la luz casi actínica del cielo atravesando la distante transparencia del domo, que crecía empinándose, desde el horizonte, sobre la alargada forma de los rascacielos y el tráfico semiaéreo.
― Siéntese, por favor.
Atravesó el espacio hacia el gran mesón, ubicándose frente a sus ocupantes. A esa distancia podía ver con irreprochable claridad sus rostros y la calidad de su cutis casi perfecto. La transparencia y la blancura lechosa, irradiada por diminutas venas azulinas que los cubrían, además de su extrema delgadez y evidente fragilidad y pequeñez, ponían en evidencia la pureza de su ascendencia. Se volvió a preguntar si el resto del cuerpo tendría la misma perfección o si no habría algún detalle recesivo que ocultaran los largos y negros sayones que los cubrían de pies a cabeza. Nunca antes había estado tan cerca de rasgos tan limpios, de hecho, nunca antes lo habían hecho ingresar a esferas tan altas del gobierno, a pesar de su largo trabajo en la INGUC (Inteligencia Gubernamental y Corporativa). Pero desde que altos funcionarios de la república se habían visto envueltos en sospechosos asuntos de extrema urgencia para la seguridad nacional y mundial (tildados ya abiertamente por muchos, incluido el Presidente de las Zonas Confederadas, como “actos terroristas”), entonces su acucioso trabajo de años le había reportado responsabilidades más y más grandes en el panorama político. Este debía ser un asunto muy serio, si lo mandaban a llamar directamente de la Cámara Suprema de Justicia.
― ¿Trajo el informe?
Asintió, mientras sacaba la carpeta de su portafolio y la extendía. Entonces notó que sus manos temblaban imperceptiblemente y que leves gotas de sudor perlaban su dorso. ¿Estaba nervioso?, ¿él? El Presidente de la Cámara la recibió con una breve sonrisa de amabilidad y la abrió, revisando su contenido. El resto observaba en silencio.
― Es un informe muy detallado parece –comentó, concentrando su atención en la foto adjuntada al informe–. ¿Hace mucho que sigue la investigación?
― Dos años.
Hizo correr la fotografía entre los demás, mientras fijaba una mirada profunda en él: los ojos eran de ese violeta transparente que reflejaban la inexistencia de todo rastro de oxígeno en su organismo. Inalterados.
― La acusación es muy complicada, tratándose de un miembro del Congreso –dijo–. Hay que estar seguro que las pruebas son irrefutables.
― Lo son –dijo él, sin una pizca de duda.
― ¿En cuánto tiempo cree que se pueda ejecutar la orden, si se da?
― En cuarenta y ocho horas –respondió, con la misma seguridad–. La ejecutaría yo mismo.
La fotografía había vuelto a la carpeta. El Presidente la cerró con un suave ademán y la dejó a un lado. Apoyó el mentón sobre sus manos enlazadas, casi como si rezara. Dio un leve suspiro y agregó:
― Son tiempos difíciles, ¿sabe? Con tanto riesgo a la seguridad nacional es casi imposible saber quienes son nuestros amigos o nuestros enemigos. Las filtraciones de información vital para la preservación del orden en la República hace nuestro trabajo cada día más ingrato.
Se detuvo de improviso cuando se dio cuenta que estaba parloteando. Era una reacción clásica en circunstancias como esa. Había sido testigo de un montón de parloteos inútiles otras veces, antes de que se decidieran a darle una orden definitiva. Temor, remordimiento, salvar las apariencias, simples ganas de decir algo, lo que fuera. Él tenía paciencia, podía esperar. En el momento de cumplir la orden él no dudaría, ni parlotearía.
― Cuando el Consejo tome la resolución se lo haremos saber –dijo por fin, extendiéndole la mano y esbozando otra cálida sonrisa.
Al abandonar el Salón de Conferencias todavía sentía el cosquilleo del breve contacto entre sus dedos. La esponjosa y blanquecina suavidad de aquella mano diminuta entre las suyas, un poco más grandes y atravesadas por los oscuros rasgos del gen recesivo, aún le escocía en el centro de la palma. Se preguntó si habría notado su sudor.

Terminó de sacarse la última prenda y la dobló con cuidado sobre la silla que le habían asignado. En lo único que podía pensar al empezar a moverse hacia la fila que indicaban los guardias era en cubrirse lo más posible las partes íntimas del cuerpo. Quince minutos atrás la angustia por la separación de su mujer e hija era casi insoportable, lo mismo que esa onerosa incertidumbre que parecía tragárselo todo minuto a minuto; sin embargo, cuando les ordenaron desvestirse en mitad de ese galpón repleto de hombres, la indignación primero, el desconcierto después, fueron cubriendo lentamente cualquier otro sentimiento, incluso el del miedo por el destino de su familia y el propio. Primero se habían mirado entre ellos, sin comprender del todo la orden repetida cada cierto tiempo en tonos más aprensivos por los guardias. Tímidamente al principio, algunos hombres empezaron a desvestirse. Diez minutos después, ante su inconcebible asombro, incluso él se despojaba del traje de dos pieza con el que había salido de su casa. Ahora el pudor lo llenaba todo, el pudor y un sentimiento incongruente de indefensión y vejación. ¿Cómo podía un sentimiento tan pueril llenarlo todo en ese momento? Sabía que habían cruzado el límite de lo racionalmente esperado. Sabía que después de eso, cualquier cosa que viniera podía entrar en la línea de lo atroz e inminente. Aún así su mente sólo sentía la angustia de la exposición y sus manos buscaban febrilmente una manera de cubrirse, mientras sus ojos miraban nerviosos un lugar donde posarse, intentando rehuir otras miradas en las que reconocía su mismo terror. ¿Era terror? ¿Podía habitar el terror en algo tan pequeño e insignificante como un cuerpo expuesto y desnudo ante la mirada de otros? ¿No era el terror esa demencial sensación de lo tremendo que hunde sus garras de indescriptible pavor sobre nuestras almas? Tal vez no. Tal vez esa era la esencia de todo terror. La pesadilla del miedo insignificante hecho realidad en nuestras vidas. Y ellos lo sabían.
Entonces, por primera vez, miró a su alrededor y vio lo que tenía frente a él: una hilera de cuerpos, una procesión de rostros hundidos en el terror de esa vergüenza, custodiados por otros cuerpos y otros rostros ahítos de aquel terror que protegidos en la confortable seguridad de sus uniformes y sus órdenes, paseaban sus miradas sobre esa absurda desnudez, con desprecio unas veces, otras con absoluto descaro o burla, la mayoría con gélida indiferencia. Observó cuidadosamente la hilera de cuerpos: las innumerables huellas del gen recesivo cubrían casi su totalidad, las manchas de piel oscura y gruesa eran una costra perfectamente anatómica desde el rostro hasta los pies. Las áreas de piel blanquecina prácticamente habían desaparecido y sólo asomaban en breves salpicaduras, como el pálido residuo de una antigua e ignota enfermedad. ¿Tan poderoso era entonces el avance de la llamada enfermedad del siglo? O tal vez la enfermedad eran ellos en realidad, pensó mirando su propio cuerpo y descubriendo, en toda su aberrante evidencia, la abismal diferencia que lo separaba de los demás. De pronto fue conciente de las miradas que habían pasado permanentemente sobre su propio cuerpo desde que quedó al descubierto. No sólo las miradas furtivas de sus compañeros de vejación, sino de los propios guardias y médicos que los esperaban para el examen al final de la fila. La rotunda blancura y transparencia de su piel azulina y venosa contrastaba con la mayoría a su alrededor. ¿Y si la enfermedad eran ellos después de todo? ¿Una enfermedad que por fin llegaba a su término luego de siglos de persistencia? ¿Acaso era esa terrible constatación la que había generado aquella respuesta tan desesperada y radical de parte del gobierno central? ¿No fue él quien abrió el debate sobre la posibilidad de que el progresivo aumento de población recesiva fuera el efecto natural de siglos de mutación? ¿No fue él quien, en unión de algunos personeros claves del gobierno con acceso a información clasificada, hicieron pública la probabilidad de que el llamado gen recesivo no fuera en realidad una enfermedad? A pesar de las amenazas, que hicieron dimitir a gran parte de los que apoyaban esa idea, él continuó sosteniéndola, intentando detener la violenta arremetida del gobierno contra los llamados actos terroristas por parte de grupos de recesivos disconformes con las medidas de represión y control impuestas. Los supuestos actos terroristas habían sido la reacción desesperada de aquellos que comprendieron la férrea mantención de un status quo engañoso por parte de una minoría que los condenaba a la relegación y desprecio social. Ahora comprendían, él comprendía por fin: nadie moriría por falta de chancac o por exposición directa al oxígeno del mundo exterior, la mutación del gen recesivo no sería una contaminación por oxígeno. Para los recesivos entonces serían los Domos, insuflando constantemente aire elaborado en base a la especia y suministrado permanentemente por las Empresas CHKK, los que irían enfermándolos poco a poco. Esta sola posibilidad evidenciaba la absurda mantención de la separación abiertamente discriminatoria entre Ciudades Domos Puras y Ciudades Domos Recesivas, donde inyectaban una mezcla elaborada de chancac y oxígeno para la población con este supuesto problema. Incluso más, esta sola posibilidad implicaba la desaparición permanente de las Ciudades Domos mismas y su inútil existencia hasta el día de hoy. ¿Cuántos siglos de engaños y desmentidos quedarían al descubierto con solo insinuar dicha posibilidad? ¿Cuántos siglos de civilización y poder se harían trizas en pocos años?
― Súbase a la pesa.
La orden lo despertó de su sopor reflexivo. Estaba ante el grupo médico y una enfermera le indicaba el aparato. La fila había avanzado rápidamente y ahora enfrentaba sus miradas inquisidoras. No hizo ningún esfuerzo por cubrirse esta vez. De repente, la diferencia de su cuerpo frente al resto había cobrado una curiosa consistencia en su mente. Curiosa, pensó. Y antes de que pudiera racionalizar medianamente lo que hacía (la sensación de confusa y abismante incertidumbre aglutinándose contra toda posibilidad de reflexión sensata), dio un paso hacia el doctor y dijo:
― Yo no debería estar aquí… Usted sabe…
La intuición de miradas furtivas cayendo sobre él desde las filas fue abrumadora. ¿Había sido capaz de pronunciar aquellas palabras? ¿Él? Pero fue cuando observó la gélida sonrisa que se encendió de pronto tras los vidriosos ojos del doctor al oírlo decir aquello que realmente comprendió… Su camino a la deshumanización había comenzado.
Estacionó el vehículo cerca y se dispuso a cumplir la orden. Eran casi las seis de la madrugada, el color traslucido por el cielo del domo era de un gris ceniciento, aunque ahí dentro el ambiente siempre era temperado, y cruzó a la otra acera. No había mejor horario para esa clase de trabajo: casi sin testigos. De hecho, no vio una sola alma en la calle. Cuando tocó la puerta y abrieron hubo esa especie de desconcierto habitual, luego las preguntas de rigor, las respuestas cortas y precisas dadas por él, la breve resistencia por la falta de convencimiento inicial y esa especie de indignación típica de los que están acostumbrados a dar órdenes y no a recibirlas, menos de un extraño aparecido a horas inverosímiles de la mañana. Por lo regular no necesitaba mostrar la orden, pero en estos casos no había muchas opciones. En otras circunstancias, y acompañando del personal adecuado, hubiera dado por terminadas las objeciones de manera más drástica, odiaba perder tiempo, pero aquí la diplomacia era imprescindible. Después de todo era un trabajo delicado, a otros niveles, no podía manejarse con los viejos métodos.
Una vez dentro del coche, la cosa sólo era llevarlos, dejarlos en la estación adecuada y ya eran harina de otro costal. Estaba bastante cansado cuando terminó esa ronda. Era el ambiente dentro de Gusco Central, ese pesado olor del chancac procesado casi puro. No estaba acostumbrado. Aunque tal vez debía empezar a habituarse. ¿Le darían responsabilidades más altas? De ser así tal vez solicitarían para él un cambio de ambiente, tenerlo más a la mano para esos menesteres. Pero no venía al caso preocuparse por esas nimiedades ahora. Prefería concentrarse en su trabajo. Esa particular devoción casi castrense a su tarea y a las órdenes dadas era lo que le había abierto camino hasta allí. Lo demás eran superfluas distracciones que no contribuían al cumplimiento del deber en forma óptima. La mente alerta y concentrada en el objetivo propuesto. Ese era todo el secreto. Si uno pensaba demasiado en detalles irrelevantes todo empezaba a distorsionarse y aparecían los cuestionamientos, la desidia moral y las dudas. Muchos de sus compañeros habían quedado atrás por eso. Él no.
Antes de volver a Gusco 15 y abandonar la barrera de las CDP (Ciudades Domo Puras), pasó a las oficinas del Departamento Central de Inteligencia donde le habían habilitado una oficina, escribió rápidamente el informe, impecable y escueto, como solía hacerlo, y se dirigió al Ministerio a entregarlo. Encontró al Secretario del Ministerio de Defensa esperándolo en el salón oval, donde le anunciaron la inesperada visita. ¿Qué querría con él el mismísimo Secretario de la Defensa? El saludo fue muy breve y amable de parte de ambos. Acompañado de sus colaboradores, el Secretario lo hizo pasar al Salón Ministerial antes de iniciar el diálogo.
― Me dicen que ha hecho un excelente trabajo para la Cámara Suprema de Justicia –dijo, apenas se sentó frente a él.
― He cumplido con lo que me han encomendado –contestó simplemente él–. Como cualquier patriota lo haría.
― Sus habilidades son muy celebradas por sus superiores y por muchos personeros del gobierno central.
Él asintió tranquilamente, sin ninguna inflexión en el rostro. Debía mantener las formas, el protocolo lo exigía. Esperó atento a que el Secretario quitara una leve pelusa de su traje negro, que contrastaba brillantemente con su tersa piel blanquecina poblada de diminutos ríos azulinos, y continuó escuchando.
― Necesitamos el apoyo de personas que puedan cumplir nuestras órdenes con prolijidad y precisión. Son tiempos muy difíciles para nuestra civilización, usted sabe eso mejor que nadie. Las filtraciones dentro del mismo gobierno son pan de cada día, y la posibilidad de una nueva Eclosión Social va a estar sobre nosotros si no tomamos las decisiones correctas a tiempo. Se han registrado tres nuevos atentados a plantas de Chancac en otras zonas del mundo. Estamos al frente del destino del mundo, aunque suene melodramático; los ojos de todos miran hacia acá. Cualquier desequilibrio, evidencia de debilidad o falta de resolución en nuestras decisiones hará que todos nuestros logros se derrumben más fácilmente de lo que costó conseguirlos. Saber mantener la mente fría y mirar fijamente el objetivo a conseguir, sin distraerse demasiado con disquisiciones sobre los pequeños detalles, es imprescindible ahora. Sé que usted ha demostrado una gran capacidad de trabajo en esa línea. ¿Me equivoco?
Había hablado con parsimonia, en perfecta consonancia con sus estudiados ademanes. Sintió que los ojos se le humedecían imperceptiblemente cuando el Secretario pronunció la última pregunta, suave e insinuante. Ni siquiera entonces apartó la vista de su interlocutor (había aprendido mucho en todo ese tiempo) y simplemente asintió, esperando la finalización del discurso.
― Tenemos una enorme y grandiosa empresa que emprender y necesitamos a alguien como usted para que la dirija… ¿Está dispuesto a terminar lo que su gobierno le pida iniciar?
Por primera vez en sus largos años de trabajo se permitió una pausa ante una pregunta directa. No era la duda lo que mantuvo esa brecha de silencio en su boca antes de contestar, no, fue el rítmico bombear de su corazón que pareció detenerse por una milésima de segundo, antes de que pudiera pronunciar las palabras:
― ¿Qué tengo que hacer?

Al principio era la permanente angustia alojada en el pecho como una víbora que se retuerce presa de su propio veneno. Una angustia tan desesperante que a veces eclipsaba hasta el dolor de sus huesos y su piel, la quemante sensación del hambre lacerándole el vientre, incluso los primeros retorcijones de los cólicos que atacaron a muchos durante el primer mes. Vigilaba, observaba ansioso, preguntaba todo lo que podía a los que regresaban de otros campos, tratando de averiguar algo sobre su mujer e hija. Las habían llevado a otras barracas, junto a las demás mujeres y niños, las hacían trabajar desde muy temprano hasta muy tarde, igual que a ellos, sin descanso. Entrado el tercer mes aún intercambiaba algunos restos de pan y comida con los guardias por un poco de información. Pero a medida que el tiempo transcurría y el agobiante trabajo de los campos iba minando la resistencia de todos, todas las preocupaciones y angustias que pudieron ocupar su mente tan opresivamente, fueron reemplazadas por una única necesidad, cada día más apremiante e impostergable: sobrevivir.
Abría los ojos cada madrugada, cargados de sueño y cansancio, con el dolor y el hambre del día anterior aún escociéndole en el cuerpo, en aquel barracón hediondo a orina y excremento, porque muchos no alcanzaban los pozos inmundos de las letrinas debido a la urgente incontinencia o falta de fuerzas para llegar hasta ellas, a veces simplemente porque el cansancio era tan agobiante que caían desmayados en esos nichos de cemento donde dormían hacinados sin saber de nada más hasta el otro día, cuando volvían a abrir los ojos y pensaban, como él pensaba cada mañana de ese infierno interminable: Estoy vivo. Entonces la sensación de volver a aquella realidad subhumana se convertía en un precioso regalo para él. Respiraba ese aire espeso de estercolero, volvía al hambre horadándole el estómago hasta hacerlo encogerse de dolor, al trabajo bestial, al maltrato y la humillación casi agradecido de poder hacerlo. Ni en sus más oscuros sueños vislumbró aquel sendero tan abismante hacia la deshumanización más absoluta. Primero fue el horror del primer cadáver anunciado por alguien al despertarse una mañana, luego descubrir los rastros de sangre en las letrinas, finalmente su propia sangre fluyendo tras los horrorosos retorcijones del cólico y aquel pavoroso pensamiento: Voy a morir. Era el anuncio de la muerte casi inminente, el último tramo hacia la inexistencia total. Aquella noche había sollozado en espasmos incontenibles de miseria torcido sobre la letrina, supurando ese fluido rojo, caliente y doloroso por debajo de aquel cuerpo, que más que cuerpo se había convertido en un mamarracho de huesos salientes y descoyuntados desbordando el trapo sucio y maloliente que apenas lo cubría. No así –pensó-. No así… Entonces lo había decidido: viviría. Rescataría lo único que aún podía rescatar de sí mismo para vencer en algo a aquel infierno: vivir, en su más pura y biológica esencia. No había nada más.
Por eso cuando necesitó tomar algo lo tomó sin una sola inflexión mental, y sus oídos se acostumbraron a desatender los llantos de hambre y angustia a su alrededor, intentado siempre concentrarse en su propio descanso, rogando e incluso maldiciendo con tal que acabara esa permanente distracción adicional al dolor físico y psicológico para poder conciliar el sueño. Era importante dormir, aunque fuera a sobresaltos y durante breves horas, ahora lo sabía. Como sabía que detenerse a ayudar al compañero caído ya no era una opción en ese lugar, ni siquiera ante la situación más urgente y dramática. No. Había que seguir, implorando porque no le asignaran a los más enfermizos y necesitados en los trabajos de campo: eso casi siempre implicaba tener que trabajar doblemente y ser doblemente castigado por las demoras y caídas. Cada vez que aprovechaba una oportunidad y especulaba con el hambre y la necesidad de otros para conseguir subsistir o tener alguna información relevante que contribuyera a su posibilidad sobrevivencia, en algún lugar oscuro de su mente una leve luz, ya casi irreconocible para él, parecía titilar, recordándole días pasados llenos de amor por el destino de otros y sentimientos de indignación ante las injusticias y abusos hacia los más débiles. Entonces en su mente se encendía alerta y urgente, ahogando todo atisbo ya de humanidad en él, este solo pensamiento: vivir. Después pensaría en lo demás, recuperaría de nuevo su dignidad y sus principios más altos, ahora había que conseguir salir vivo de ahí. Eso era lo importante. Sin embargo, durante muchas noches en que esa devastación casi animal en la que había entrado irremediablemente se habría paso hacia su conciencia, apretaba la roñosa manta contra su boca hinchada por la insolación y la sed permanentes para llorar su lenta disolución en ese pozo ciego de inhumanidad. Lloraba por él, por su mujer y por su hija, y las veía alejarse cada vez más hacia el fondo de sus más impostergables necesidades, desdibujarse, ir desapareciendo detrás de esa urgencia instintiva de vivir, vivir, vivir.
Una noche abrió el pequeño dije que había logrado salvar del despiadado registro al ingresar al campo, lo sacó de la diminuta abertura que había hecho con la cuchara en el muro, junto a su nicho nocturno. Lo abrió con manos temblorosas, deformadas ya por las llagas, la piel casi resbalando sobre los huesos articulados grotescamente. Observó, a la escasa luz de la pequeña flama que había logrado encender entre sus dedos, la fotografía de su mujer y su pequeña hija, y pensó: Dos trozos de pan y una estadía en la enfermería, seguro.
Aunque la breve flama alumbrara el pequeño reducto en el que se encontraba, dentro de él todo atisbo de luz se había apagado.
Esa mañana recibió el informe semanal sobre el estado de las deportaciones masivas desde las ciudades domos periféricas y otras zonas. Los problemas iniciales de falta de capacidad ante las necesidades estatales y mundiales habían quedado rápidamente solucionados gracias a la habilidad que había demostrado a la hora de aplicar su espíritu práctico y altamente racional en disyuntivas de esa naturaleza. Recurrir a los viejos trayectos férreos, olvidados por siglos, había sonado como una locura a las autoridades la primera vez que lo propuso, pero supo convencerlos de su visionaria solución con algunas simples demostraciones. Las primeras deportaciones hechas por tren y sus excelentes resultados en el descongestionamiento casi milagroso de las zonas de vanguardia fueron simplemente irreprochables. Ahora eran ocupados en la totalidad de las áreas, sumado al rápido ordenamiento del funcionamiento interno de los Campos.
Cuando el gobierno central le explicó lo que tenían en mente y las metas que se requerían lograr en un plazo no menor: tres años, nunca imaginaron que su pericia administrativa lo llevaría a superar las expectativas de aquella primera fase. Lentamente había logrado darle al actual proyecto unas dimensiones y funcionalidad envidiables, tanto que se había convertido en el proyecto estrella del estado y él en un ejemplo a seguir en todas las áreas administrativas del gobierno. Sus conceptos eran tan simples como geniales. Nadie habría siquiera imaginado que tal inventiva venía respaldada por sus entusiastas lecturas sobre la historia de su país y del mundo. Desde que había tenido acceso a esa parte de la historia resguardada celosamente por el gobierno central durante siglos, y que le fue permitido revisar gracias al nivel de confianza ganado, se volvió un adicto a las grandes epopeyas que narraban el desarrollo de aquella mítica Especie Primordial, hasta los días en que había iniciado el irreversible proceso que llevó a la Gran Eclosión y sus desastrosas consecuencias mundiales. Descubrir aquel oscuro proceso que explicaba los verdaderos ribetes de su propia existencia como especie degenerativa, sólo reforzó su convencimiento de que aquel gran proyecto se justificaba plenamente. Su convencimiento fue aún mayor cuando descubrió turbulentos pasajes en la Historia Antigua sobre extensos y devastadores periodos de guerras en que los más altos ideales de perfección habían conducido a grandes naciones a tomar férreas determinaciones. Y aunque esa misma historia juzgaba con la más terrible severidad aquellos acontecimientos, para él constituyeron un magnífico parámetro ante las circunstancias históricas que los aquejaban. Admiró el concepto de precisión y simpleza de aquellas máquinas organizacionales, deplorando su dramática caída, y lo hizo suyo.
Por eso cuando terminó de leer el perfecto informe sobre el funcionamiento de las deportaciones y el trabajo en los Campos, sintió la más absoluta satisfacción y tranquilidad. Pero la noticia que realmente le provocó una leve agitación, y eso iba más allá de la absoluta satisfacción, que generalmente le dibujaba un imperceptible torcimiento de labios como única manifestación, fue enterarse de que su propuesta de “solución” a la sobrepoblación que aquejaba a los Campos desde hacía unos cuantos meses, y que ya se hacía insostenible, había sido aceptada. Recordó la inquieta oposición que tuvo su primera propuesta para las deportaciones en sus primeros días por parte de algunos congresistas, pero el temor de ser cuestionados y perder sus puestos los había hecho claudicar finalmente. Esta nueva propuesta era aún más radical. No esperaba una respuesta favorable, pero en ese mismo momento terminaba de leer el comunicado que lo autorizaba a poner en marcha su “temeraria solución”, como le escribía el subsecretario. Esta vez la mueca se convirtió en una notoria sonrisa.

― ¡Tírenlos a la fosa!
La orden era siempre la misma y apenas su cerebro la registraba, automáticamente sus manos iniciaban el trabajo, moviéndose apresuradas y rítmicamente, junto a su compañero de labores. Perder el ritmo de trabajo podía resultar fatal. Lo único que los diferenciaba de aquellos mamarrachos esqueléticos y desgajados que iban arrojando en masa a la fosa era la continua movilidad al borde del gran agujero hediondo a carroña, así que era cuestión de dejar de moverse para terminar siendo uno más del montón y pasar a formar parte de la pila que aumentaba conforme pasaban las horas y ellos seguían alimentando a ritmo despiadado bajo un sol incandescente o un frío glacial. Para él todo era lo mismo: una espesa cortina de oscuridad condensándose detrás de sus ojos, más acá de su mirada vidriosa y fija, con su cuerpo moviéndose hacia donde le ordenaran, mecánicamente. Nada más.
La sensación de que estaba conciente y continuaba vivo y moviéndose le llegaba ahora en lejanos chispazos de conciencia, muy breves. Sólo una vez su mente reconoció una frase completa en la que pareció reparar más del tiempo justo para continuar respirando. Fue una noche en que volvían de cubrir la última fosa del día y uno de sus compañeros susurró hacia los que estaban a su alrededor, muy cerca de él:
― No van a llenar más fosas.
La mano huesuda y temblorosa había apuntado hacia algún lugar en la lejanía, sobre la línea que dibujaban espesas volutas de humo que oscurecían el horizonte, dando un aspecto irreal a las formas de los domos apenas distinguibles en su fondo. Después de eso, sólo fue un arreciar de sensaciones. Esa extraña vigilia entre soñolienta y alerta en algún grado, para después descubrir que aún estaba ahí, vivo. Era una sensación extraña para él ahora: estar vivo. A pesar de todo, o de absolutamente nada.
Esa desesperada inmersión en sí mismo le impidió reconocer el significado de las primeras explosiones que remecieron el recinto. Levantarse de un salto y mirar alrededor en la barraca fue más que una reacción humana, una respuesta instintiva. En la parpadeante claridad que las constantes explosiones imprimían a la ciega oscuridad de aquellas noches, apenas distinguió los lechos vacíos o los pocos compañeros que aún estaban con él y que se movieron hacia las ventanas para observar. El sonido de las sirenas era ensordecedor y los disparos se multiplicaban. Oyeron pasar a los guardias gritando por fuera de la barraca, enloquecidos. Ardían las hogueras sobre el campo, mientras los camiones pasaban cargados de ganado humano famélico y cadavérico, en camino a algún ignoto destino. Sus oídos, alertas a cualquier señal de peligro inminente, reconocieron el llamado a la supervivencia:
― Ahí vienen. Hay que esconderse…
Ni siquiera supo quien lo había dicho, incluso el propio significado de las palabras le pasó casi inadvertido. Pero no el tono. Aún podía reconocer el tono de la urgencia y el miedo. Era simple instinto; el mismo que lo ayudó a buscar el refugio exacto y permanecer ahí hasta que los ruidos de búsqueda, las maldiciones, las súplicas y los gritos de rabia y terror desaparecieron detrás de las explosiones y los disparos. Incluso cuando las explosiones se detuvieron y vino un silencio tan espeso que casi se hacía insostenible para sus ya acostumbrados nervios, no salió de su escondite. Sólo cuando la claridad del sol había iluminado completamente el barracón y logró sentir leves ruidos de cuerpos emergiendo de algún agujero o rincón dentro de la barraca, su mente le ordenó salir. Era tiempo.
Afuera el sol irradiaba su más inclemente claridad para mostrar la vacía oquedad del campo. Las pequeñas columnas de humo que aún emanaban de algunos sectores devastados no impedían distinguir el espectáculo de cuerpos tirados aquí y allá. Le hubiera resultado curioso comprender que no eran cuerpos ajados en vida, sino cuerpos enteros, vestidos de uniforme. Pero no estaba para comprender, sino para sobrevivir. Su conciencia ya no reconocía otro ritmo. Por eso caminó, lento, alerta, pero seguro de que el silencio penetrante que lo abarcaba todo era la señal de algún final. Caminó por las anchas callejuelas del campo buscando… ¿Qué buscaba? Algo que había olvidado en algún recóndito lugar de su memoria y que ahora intentaba hacerse presente, emerger de los escombros de aquel desastre inminente.
Avanzó ciego, falto ya de cualquier premeditación posible. De vez en cuando una imagen parecía insinuarse allá, en el fondo de su alma anegada de oscuridad, pero sus pensamientos apenas alcanzaban a cuajarla. No detuvo su deambular, no miró las figuras sonámbulas y aberrantemente enjutas que, como él, empezaban a ser vomitadas desde los barracones desvencijados y horadados por el fuego. Ni siquiera se detuvo cuando el primer transporte pasó junto a él, enorme e imponente, ni cuando lo llamaron desde atrás, intentando saber su nombre. Sólo cuando el primer gran obstáculo le cerró el paso completamente, sus pies dejaron de moverse. Se quedó ahí, parado ante esa gran muralla de brazos, costillas, cabezas y piernas cadavéricas apiladas en una urdiembre abominable, a medio quemar aún. Los ojos fijos en aquel obstáculo. En su mente palpitando cada vez más cerca esa oscura necesidad de comprender de pronto: él buscaba algo. ¿Qué era?
Entonces, mirando aquellas figuras rotas aún irreconocibles para él, algo en su memoria se abrió súbitamente como un tajo a fuego vivo. Fue tan repentina y lacerante aquella primera imagen que su boca se abrió en una mueca de dolor indescriptible, porque de pronto sus ojos habían tropezado con aquella reminiscencia, esa huella levemente familiar de un muñón, un resto de piel, una forma retorcida que le recordó lo que buscaba.
― El transporte ya se va, señor –le anunció el edecán.
Permaneció en silencio, sin una sola mueca que evidenciara alguna clase de turbación en su rostro. A través de la puerta semiabierta por donde asomaba el cuerpo del uniformado las llamaradas de las explosiones se filtraban, indesmentibles anunciadoras del desastre final. Aún así él permaneció en su lugar, rígido, de pie como una estatua muda.
―¿Señor? –insistió suavemente el edecán, volviéndose, nervioso, ante cada nueva explosión.
Él continuó junto a la ventana, los ojos fijos en las hogueras que se encendían, luminosas, allá afuera. Cuando se volvió, el edecán había desaparecido. Escuchó el grito de partir y el motor del transporte que se alejaba. Pero no salió. Se acercó al espejo que colgaba junto a la ventana y observó su rostro. Estaba pálido. Nunca se había visto así. ¿Estaba siendo afectado por los acontecimientos? No. No él. Tal vez era el tratamiento que había iniciado años atrás y su permanente estancia, esos últimos años, en Gusco Central. Sí, quizás su piel se estaba aclarando y el gen recesivo por fin se batía en retirada.
¿Por qué se distraía en esas disquisiciones? Estaba divagando. “Parloteando”, habría dicho si hubiese expresado esos pensamientos en voz alta. Había que mantener la línea. Incluso en el final. La mente siempre puesta en el objetivo. Y su objetivo, esa noche, estaba claro.
Se acercó al escritorio, mientras oía el resonar de las sirenas ordenando la retirada en masa. Percibió los gritos y las correrías mientras se ubicaba, sin prisa, en la butaca y abría el primer cajón. Ahí estaba. Tomó la pequeña cápsula con sumo cuidado y la levantó a contraluz de las llamaradas exteriores. El líquido emanaba un hermoso color bermejo, muy transparente. La abrió, sin parsimonia, y la vació en su boca con la misma calma con que tomaba su dosis concentrada de chancac. Lo único que lamentaba era no poder terminar el tratamiento. En fin. Arregló por última vez su uniforme y se acomodó la gorra. Era importante mantener la línea, incluso en el final. Esperó, paciente, a que el veneno hiciera su efecto. Antes de hundirse para siempre en la disolución inminente, se dio cuenta que había olvidado escribir su informe final. Y toda su existencia se definió en ese último pensamiento, lleno de indescriptible angustia por el deber incumplido.

Cuando lo encontraron estaba arrodillado frente a la montaña de cuerpos humeantes. Su grotesca figura,llagada y esquelética, se torcía en una mueca de dolor insoportable. Movía el remedo de cuerpo que era hacia delante y hacia atrás, sacudiendo la cabeza en una desesperada negación, los ojos hundidos abiertos como platos, lo mismo que la mandíbula de donde caía un hilo de saliva continuo, en el paroxismo del horror más abismante, y la cara arrasada por las lágrimas, mientras agitaba ambos brazos en alto como un ebrio. En uno aferraba un resto de brazo pequeño e infantil y en el otro un letrero que decía: Todos somos hijos de Dios.

De El suave vaivén de los álamos, Horacio Lobos Luna, 2008.

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