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Portada "El suave vaiven de los Alamos". Cuentos ciencia ficción, 2008. Horacio Lobos Luna.

Portada “El suave vaiven de los Alamos”. Cuentos ciencia ficción, 2008. Horacio Lobos Luna.

En aquellos días, los Hijos de Dios vendrán sobre la Tierra para cubrirla de desolación y esparcir la ira de Aquel que regresa a anunciar el final del tiempo, para limpiar el mundo de toda iniquidad y perjuro. Rasgarán el seno de la tierra que gemirá, parturienta y agónica, vomitándolos desde su interior. Se elevarán como Torres del Mediodía, eclipsando la luz del sol y sus pasos retumbarán sobre el mundo trayendo la angustia y el terror entre los hombres. En sus frentes, pétreas y terribles, llevarán inscrita esta palabra: Retribución.
En esos días los lamentos de las madres se elevarán por encima del fragor aullante de la contienda final. Golpearán sus regazos y se mesarán los cabellos en vano; los brazos vacíos y sus casas devastadas serán el refugio de la serpiente y el alacrán. Y la voz de los Hijos de Dios, estremecedora como sus descomunales figuras gritará: “¿Dónde están los que nos despreciaron?” “¿Dónde está el orgullo de los que decían: ‘Nosotros somos los dueños de la Tierra, ¿quién podrá tocarnos?, ¿quién nos juzgará?’”
Entonces los montes arderán, jubilosos, y desde el sur se oirá la trompeta que anunciará la noche final que precede a la victoria de Aquellos que regresan.
Después del primer ataque, las Ciudades Domo Recesivas fueron abandonadas al saqueo y la destrucción. En Gusco Central cundió la alarma cuando la noticia sobre habitantes de los Domos Recesivos que se estaban integrando al ataque y marchaban, junto a los invasores, hacia Ciudades Domos Puras, se propagó entre la población. Los improbables rumores de un posible ataque combinado de Integrales y Recesivos a escala mundial y en el centro mismo de la civilización del chancac fueron haciéndose más persistentes a medida que pasaban los días y las tropas de defensa enviadas contra los focos de insurrección demoraban en regresar. Cuando el primer escuadrón volvió prácticamente diezmando y sus integrantes hablaron de gigantes y arcángeles, el gobierno de Gusco Central entendió que sus peores pesadillas se hacían realidad. Habían salvaguardado durante siglos la posible existencia de Integrales, humanos descendientes de la Antigua Raza escondidos y proliferando en algún lugar del subsuelo. Durante miles de años, los Guardianes habían mantenido a raya su ascenso, cazándolos y vigilando las posibles entradas y salidas subterráneas. Ahora volvían de su exilio a reclamar lo que alguna vez fue suyo. Al fin las antiguas profecías que hablaban de devastación, caos y regreso se hacían realidad. La terrible humareda que era arrastrada por el viento y empezaba a cubrir la limpia transparencia del Domo de Gusco Central fue la señal de la inminencia.
La última noche antes del equinoccio de invierno, las atronadoras explosiones hacían temblar la tierra de tanto en tanto con su cercanía. La mayor parte de los habitantes de los Domos Puros buscaron refugio en Gusco Central. El llanto de las mujeres y los niños era ferozmente mitigado por el ruido de las detonaciones y el espanto ante las llamaradas que parecían subir hacia el cielo. Muchos hablaron entonces de fin del mundo y de castigo divino. Los gobernantes de Gusco Central redoblaron los refuerzos en la última frontera que separaba el área de los Domos Recesivos y los Puros, y esperaron el embate final.
Antes de la devastación definitiva -en aquellos días- un gran silencio se enseñoreará de la tierra. Densas tinieblas velarán el sol con un manto impenetrable y un terror sin nombre devorará el corazón del hombre. En la desolación de ese páramo negro que será la tierra entera, cada mujer, cada hombre, anciano y niño pensará: “Dios no ha abandonado. Se ha alejado de nuestra presencia.” Y ante el oscuro terror del silencio que precede al final, aullarán como animales lejos ya de toda razón: “¡Los cielos se han cerrado, están ciegos y sordos, y el Ángel de la Muerte nos rodea con su sombra. Bebamos, pues, y gocemos!” Entonces entregarán sus cuerpos a la desidia y al saqueo, hundirán sus rostros en el cieno de la voluptuosidad desatada, ya no habrá ley que contenga sus abominaciones, el hermano complotará contra el hermano, el hijo contra el padre, la madre contra la hija, y se unirán unos a otros, y retozarán juntos hasta la saciedad, sin importar sangre o linaje. Y reirán y beberán, y gritarán: “¡El fuego de los Hijos de Dios está sobre nosotros!, ¡gocemos, pues, antes que nos consuma en la nada del abismo sin alegría ni placer!”
Y aquellos que se conserven puros aún en aquellos días, los que renieguen de toda abominación y levanten sus voces espantadas ante tal aberración, serán tomados y llevados al patíbulo. Se los pondrá contra los muros, serán escarnecidos y arrancados sus miembros uno a uno, sin misericordia, mientras las voces ahítas del festín entonarán cánticos que blasfeman contra el Cielo y sus Hijos. Serán perseguidos por su lealtad y su martirio será un ejemplo para los que se mantienen fieles aún, y se los entregará a la Gran Bestia que parirá la Tierra, cuya cabeza adornada de insignias y relucientes diademas se erguirá triunfante bajo las tinieblas de aquellos días. Entonces la Gran Bestia hablará desde sus fauces, vomitando fuegos fatuos azules, amarillos y rojos y tronará: “¡Soy la Madre de los Hombres! ¡Ríndanme culto y viviremos!” Muchos, entonces, serán engañados por sus palabras y su portentosa presencia. Creerán en ella y les serán entregados hijos, maridos y esposas para su deleite.
La abrupta llegada del invierno estancó el avance desde las Ciudades Domos Recesivas a sólo unos kilómetros del último reducto del Gran Gusco. Las tropas enviadas a los límites de Gusco Central regresaron antes del recrudecimiento del tiempo. Los suministros de chancac y energía mermaron a medida que el éxodo desde la periferia de las Ciudades Domo Puras aumentaba hacia Gusco Central. Por primera vez los habitantes de los grandes domos sufrieron los embates del frío invernal y la carencia del elemento vital. En la calma que llenó todo repentinamente, creció un nuevo temor: la probable intoxicación por las filtraciones de oxígeno a la Ciudad Domo. A pesar del esfuerzo que hizo el Gobierno Central por restablecer la confianza y el control perdido durante el ataque, los temores de los habitantes fueron en aumento cuando se conoció el primer caso de un infante muerto debido a una infección pulmonar. Llevados por el terror a más infecciones y enfermedades, la población exigió a las autoridades prohibir el ingreso de más personas a la ciudad.
De pronto el gran domo de Gusco Central fue un enorme hormiguero desbordado, con una gran multitud de seres contusos y temblorosos estancados en sus márgenes, esperando el momento para entrar o morir. Dentro, sin embargo, otra multitud esperaba el paso de aquel invierno despiadado, abarrotada en distintos sectores de la ciudad, luchando contra la falta de aire, la escasez de alimento y líquidos suficientes para mantenerse libre de enfermedades e infecciones. Fue entonces cuando la gran peste asoló a la ciudad. Las personas comenzaron a morir lentamente, en masa, sin ningún tipo de alivio posible, ni siquiera el de la sepultura. Las calles se convirtieron en un campo de cadáveres y seres agónicos que, ante el espanto de una muerte segura, perdían toda noción de pudor y consideración, saqueando, satisfaciendo sus más bajos instintos, incluso el de matar sin remordimiento alguno. Los pocos que conservaban la cordura e intentaban detener la avalancha de locura infrahumana fueron sobrepasados de manera violenta, siendo ejecutados en breves consejos de guerra levantados por estos mismos grupos.
Ante la inminencia de la locura y el caos social, el Gobierno Central promulgó nuevas leyes y fundó la Asamblea Hijos del Chancac, reorganizando el reparto de alimento y medicina a cambio de los servicios militares y burocráticos prestados a la Confederación de Comercio, cara visible de las Empresas CHKK. En un afán de retomar el control y rearmar el contraataque contra la ascensión de los Integrales, se abolieron las penas disuasorias y la diferencia de estirpe para los que aceptaran combatir al mando del Ejército Blanco, como fue llamado por sus mismos integrantes y líderes. Se permitió cierta tolerancia para conductas que en otras circunstancias hubieran sido castigadas severamente tanto por la sociedad como por las leyes. Las noticias de las posibles bajas y el debilitamiento que también había dejado como fruto el feroz invierno entre las avanzadas de Integrales, había contribuido a aliviar y renovar la confianza en el Gobierno Central. Reinstalaron al resto de población que sobrevivía en las afueras de Gusco Central, a plena intemperie, distribuyéndola en los domos periféricos, usados como cuarteles de entrenamiento para la guerra final que se avecinaba.
Lentamente los temores y supersticiones acerca de antiguas profecías que hablaban sobre el regreso de los Hijos de Dios, gigantes perfectos descendientes de la Raza Primordial, fueron reemplazados por el ideario de los Hijos del Chancac: fuertes, invencibles, devotos a su nación y estirpe, dispuestos a dar la vida por la insignia tricolor que flameaba sobre los cuarteles de la Confederación de Comercio. Toda disidencia fue apagada a través del miedo, la prohibición o la muerte, igual que cualquier alusión o fe en creencias referidas a regresos y castigos venideros, a arrepentimientos y furia divina. En el delirio furioso del patriotismo, Gusco Central reorganizaba sus filas, listas para la última batalla al final de aquel largo invierno.
Pero sonará la trompeta que romperá el silencio profundo de aquella interminable noche y se abrirá una brecha en las tinieblas del mundo. Entonces toda la Tierra quedará al descubierto y con ella las abominaciones de los hombres. La cabeza de la Gran Bestia, herida por la espada de los Hijos de Dios, rodará sobre las ciudades y aplastará a la estirpe de los necios y los soberbios, que caerá como columna trizada en su centro. Ahí será el clamor y el rechinar de dientes, la ira consumidora de las almas altivas se alzará y aún gritarán, cegadas de orgullo: “Aún podemos con ellos. ¡Derroquémoslos y tomemos el Trono que se alza hasta el cielo y así seremos como dioses!” Y muchos oirán en aquellos días postreros la voz de los orgullosos y caerán con ellos, aterrados, cuando los Hijos de Dios se alcen sobre el cielo, altos como Torres del Mediodía y los oigan tronar con voz portentosa: “¡Retribución!”
Los pilares de la Tierra se estremecerán entonces, y los elegidos, aquellos que se mantuvieron fieles hasta el final saldrán al encuentro de los Hijos de Dios gritando gozosos, heridos del temor divino y la alegría del regreso triunfal. La Gan Bestia será pasto de las llamas y sus seguidores serán consumidos en ellas para su ignominia eterna.
La primera gran escaramuza del nuevo Ejército Blanco volvió triunfante a principios de aquella primavera. Las puertas de Gusco Central y los Ciudades Domos Puras que servían de cuarteles de invierno se abrieron para recibirlos, enardecidos ante el inesperado triunfo. Las tropas de las Ciudades Domo Recesivas, que venían apoyando el ataque de los Integrales habían sido prácticamente diezmadas por el implacable frío de la estación. Los informes que traían los recién llegados hablaban de debilitamiento en el avance del ejército de Integrales, y el Gobierno Central comprendió que esa era la oportunidad para terminar con el temor y el recelo supersticioso que se propagaba en la población a cada nueva del avance de los Integrales. Podían ser derrotados, no eran dioses ni hijos de dioses, sino simplemente hombres. No venía con ellos ni el juicio ni el fin del mundo.
Convencida ya de su superioridad en la batalla, la población se preparó para resistir el último embate Integral. El Gobierno Central sabía que si mantenía aquel último reducto de la civilización indemne, símbolo de los orígenes y la permanencia de la civilización del chancac, no necesitaría más para reinstalar la posibilidad no sólo de una resistencia, sino de una recuperación de lo perdido hasta el momento: una poderosa señal para el resto del mundo. Entendían que estaban siendo aniquilados por el factor sorpresa y la falta de reacción ante el repentino alzamiento de una Especie que la mayoría de los habitantes del planeta consideraba muerta o ya extinguida. El denodado esfuerzo por ocultar la realidad de su existencia les había valido la inoperancia de la población misma, que superaba con creces el número de Integrales, a la hora de responder ante tal inconcebible aparición y ataque.
La recuperación de la confianza en la población de Gusco Central y su convencimiento de la mortalidad de la raza de los Integrales, dieron al Gobierno Central la oportunidad de asestar el golpe maestro y recuperar terreno en la lucha por la civilización. Cuando oyeron las explosiones casi a las puertas de la Ciudad Domo y vieron elevarse los primitivos estandartes que guiaban al ejército de Integrales ya sobre la ciudad, la población tomó cada arma que tenía al alcance y emprendió la arremetida puertas afuera de la ciudad. Fue en ese momento -cuando la población avanzó hacia aquellas figuras que venían a su encuentro a zancadas tan gigantescas que casi remecían la tierra bajo ellas, y vieron sus formas imponentes aún en la lejanía- cuando sucedió.
De pronto se detuvieron en seco, y un denso silencio en el que pareció temblar un temor antiguo y reverencial se apoderó de todos. Los Generales representantes del Gobierno Central vieron, primero con perplejidad, luego con horror, la creciente inmovilidad del ejército de ciudadanos. Por un momento fueron dos masas compactas reconociéndose, frente a frente. Luego una pequeña isla de personas que se elevaba ostensiblemente sobre un mar de pequeños y frágiles cuerpos que los empezaron a rodear desde todos los flancos. La diferencia numérica era abismante. En ese momento fue cuando los Generales comprendieron que era entonces o nunca, y gritaron la orden de ataque a todo pulmón. Pero nadie se movió.
Contra todos los pronósticos previstos por el Gobierno Central, la última resistencia de Gusco Central, que eran sus propios habitantes, iniciaron la deposición de las armas ante aquellos monolitos humanos, de piel cobriza y perfecta, alzando los brazos e inclinándose, mientras se elevaba el murmullo del llanto y la adoración.
Y en la hora final del triunfo, los Hijos de Dios mirarán la Tierra desolada por tanta destrucción y oirán su llanto y su gemido subir desde sus entrañas. Entonces llamarán a los fieles por sus nombres. Uno a uno serán reunidos alrededor de sus figuras imponentes y soplarán sobre ellos el fuego purificador que los devolverá a una vida plena, donde ya no hay más llanto ni pesadumbre porque la Justicia de los Hijos de Dios reina en ella para siempre.
El General de la retaguardia Integral se acercó al oficial que mantenía la vista fija en un libro: la tapa tenía escrito con grandes letras negras El Aleph, rodeadas de un laberinto. Se paró frente a él y luego miró el campo de batalla cubierto de pequeños cuerpos blancuzcos y despanzurrados.
― No me va a creer, mi General –dijo el oficial, sin despegar los ojos del libro y acomodándose el arma trizada de hollín salpicado de sangre–. Los estúpidos ni siquiera se defendieron.

De El suave vaivén de los álamos, Horacio Lobos Luna, 2008.

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