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Pieter Claesz. "Still Life with a Skull and a Writing Quill"

Pieter Claesz. “Still Life with a Skull and a Writing Quill”

Antes de partir definitivamente hay que poner en orden ciertas cosas. Hacer ciertas preguntas y, al menos, intentar contestarlas. No es de humanos volverse hacia la muerte ciegos de cuanto vivió y fructificó, simplemente olvidarse y partir. O si lo es, lo es sólo como un gesto incontestable del que vive o muere su inconsecuencia última y absoluta: un acto tan determinante y esencializador que quedará inscrito en la eternidad mientras se tenga memoria del que partió. Todo lo demás, sea lo que haya sido, quedará irremediablemente subsumido en él. Eso seremos: nuestro último gesto. Para siempre.
Entonces es importante saber. ¿Qué hacer? ¿Qué no hacer? ¿Será necesario un gesto más sobre ese que es dar la espalda a lo que fue, pudo haber sido, deseamos que fuera, y sólo partir? ¿Dejar una nota? ¿No dejarla? ¿Intentar explicar? ¿Y qué se explicaría, qué quedaría explicado en unas cuantas líneas? ¿La razón? ¿La sinrazón? ¿La angustia de querer partir y quedarse sobre todas las cosas? ¿Que alguien sepa que partimos y sienta esa partida? ¿O la esperanza de que alguien responda nuestra misiva más allá de la muerte o más acá de la vida? ¿Qué es justo en estas circunstancias? ¿Hay algo justo? ¿Importa acaso?
La mujer que se arroja a las aguas turbulentas con sus hijos, el hombre que se dispara en la desesperación económica, los jóvenes que se arrojan al vacío por amor. ¿Qué los iguala y qué los diferencia? No el número, ni la pequeñez o grandiosidad del acto, ni la insignificancia de los motivos a los ojos de los que siguen sin comprender más allá de sus propias vidas. ¿Valor o falta de él? ¿Quién juzga con certeza el corazón del que renuncia y cruza la línea de la vida o la muerte? ¿Quién puede juzgar con justeza ese último acto?
En cambio, sí es posible hablar desde esa breve brecha donde el pensamiento de la muerte se cuela, a pesar de uno mismo, una mañana cualquiera al despertar, o una noche, en una hora impredecible donde todo parece condensarse y las imágenes de la propia desaparición, de su posibilidad, se materializan de súbito como una propuesta que se hace válida y hasta dulcemente dolorosa. Deseable. ¿Habrá un ser humano que no haya tocado ese instante? Es allí cuando las figuras tristes y placenteras de nuestras motivaciones más profundas hacen su entrada, con el disfraz de la futura nostalgia.
Vemos desfilar a los que nos amaron uno tras otro, llorándonos, oímos sus lamentos y graficamos la posibilidad de dolor de cada uno. ¿Quién nos llorará más y de qué manera? Queremos sentir (porque después de cruzada la línea no sabremos nada más, tal vez) su dolor por nuestra pérdida, o el castigo de su absoluta indiferencia, puesta en evidencia al descubrir que ya no estamos. Escuchar, portentosa en nuestra imaginación, la pregunta inevitable: ¿por qué?, mientras sus cuerpos se cimbran por la pena que los socava, inexorable y repentina. Debemos -en un último gesto que es segar el continuo de los que nos ven igual, el mismo cada día, sin ir más profundo en nuestro llamado de angustia- hacerlos volver su mirada hacia nuestro dolor con la intensidad con que nos consume, esa intensidad inexplicable, porque para el mundo que sigue en su rutina de vive-la-vida, es la simple piedra en el zapato que sólo hay que sacudir para dejar de sufrir.
Si decidir partir para siempre, morir porque ya es suficiente, es un acto de egoísmo de tal naturaleza, nadie podría saberlo. ¿Y si fuera, más bien, un acto de retribución, de justicia para el que es abandonado a su suerte, a pesar de todo? Un acto de justicia tomado por la propia mano del que decide quitarse de las angustias de este mundo. Lo que se condensa en ese único acto final no es el instante que se vive, ni las motivaciones últimas de nuestra vida, es nuestra vida entera que llegó a su tope con ese suceso que terminó por delinear nuestra decisión definitiva. Sin embargo, lo que nos determina para siempre, frente a los ojos del mundo que dejamos, de los otros, es ese hecho casi insignificante de nuestros días finales que nos “obligó” a dimitir.
Incluso este último acto sería un fracaso, si no supiéramos que está dirigido a los que nos importan más, o acaso también a los que no les importamos nada en absoluto, o demasiado poco para sentirnos abrumados por sus gestos, o la falta de ellos. Los demás son seres indiferentes, una masa informe que pasa y juzga, pero que da igual. Enfocar nuestro esfuerzo sólo en aquellos y la posible reacción ante nuestra muerte, es más que suficiente. No es un fracaso si el reconocimiento del que se fue y la incomprensión de su acto estalla. Porque esa incomprensión implica una comprensión más radical y absoluta: que jamás lo comprendimos o que nunca lo vimos realmente. ¿Qué otro triunfo espera el que renuncia a seguir luchando contra sí mismo y los demás? Y ése, lo tiene casi seguro.

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