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Unos fogonazos de luz intensa y chirriante estallando desde la nada, un inquietante olor a carne y cabellos chamuscados, seguidos de cuatro cuerpos cayendo entre retorcijones y gemidos de intenso dolor. Así se resumía el típico descenso planetario de los tripulantes de la C.H.I. Caleuche, la chatarra más vieja y destartalada de la galaxia, aunque la más rápida… en caerse pedazos; junto con todo su equipamiento, tripulantes incluidos.
— ¡Conchemimare! –gruñó el capitán Gilberto Gil, tomándose las costillas–. Le dije a Tartán que arreglara el teletransportador…
— Si lo revisó, jefe –jadeó el oficial adjunto Libiak –, pero dijo que la hueá no tenía arreglo.
— ¡Ay, mi oreja, ay, mi orejaaaa…! –aulló el ingeniero Chupilka unos metros más allá.
Gil y Libiak corrieron a ponerlo de pie, apartándole la mano que presionaba contra una de sus orejas. No había rastro de sangre. Sólo una horrible protuberancia donde se suponía que debía estar la oreja. De alguna forma, el cartílago se le había hundido hacia el centro del oído, cerrándose como un botón de carne: una gigantesca hemorroide, colorada y desagradable.
— Puaj –exclamó Libiak, con asco–. Es como mirar el culo de un mandril.
— ¿Y ha visto muchos culos de mandril, oficial? –preguntó el capitán con repentino interés.
— O sea, en la Enciclopedia Terrestre hay unas…
— ¡Después conversan de la hueá! –chilló el ingeniero, adolorido–. ¡Me arde más que la chucha!
— Tranquilo ingeniero Chupilka, le vamos a poner un calmante –dijo el capitán, y mirando alrededor–: ¿Qué se hizo la internista Mata? ¡Internista Mata!
De pronto, la figura de la internista Mata apareció por detrás del roquerío que los rodeaba, sacudiéndose las puntas humeantes del cabello, que ya no era tan largo como antes.
— Aquí estoy, Capi –resopló, acalorada–. La hueá de teletransportador me quemó el pelo y estaba…
Se detuvo al ver el chicharrón de carne viva en el oído de Chupilka, que no paraba de gemir y restregar los pies contra el suelo.
— ¡Y esa hueá qué es! –gritó, con un tono de espanto bastante fuera de lugar para una oficial médico.
— Si no sabe usted, pues, internista –dijo el capitán–. Inyéctele un calmante o algo.
La internista rebuscó en el morral sintético que llevaba atravesado. Sacó un artilugio médico, lo puso contra el muñón de carne de Chupilka y disparó. Se oyó un suave siseo de aire comprimido, seguido del alarido de Chupilka que los hizo saltar hacia atrás.
— ¡Quema, quema, quemaaaa…! –aulló Chupilka, tirándose al suelo con ambas manos contra el oído.
— Chucha –comentó la internista, mirando el regulador del aparato–. Lo tenía puesto en modo de cauterización…
Giró la pequeña perilla del artilugio y agregó:
— Ahora sí. Agárrenlo.
Libiak y el capitán lo sentaron a forcejones, mientras uno le retenía las manos y el otro le ladeaba la cabeza. La internista Mata se acercó apuntando el artilugio hacia la zona dañada.
— ¡No, no, no! –gritaba Chupilka con grotesco terror infantil, mirando de reojo a la internista–. ¡Tú no, tú no…!
El sonido de aire comprimido contra la masilla de carne y el rostro de Chupilka se relajó, con una expresión de alivio casi orgásmica.
— Aaahhh –suspiró con los ojos entornados–. Qué tibiecito y rico…
— ¿Cómo que tibiecito? –se sorprendió la internista, mirando el aparato–. Ah, chuata, ese era el modo de inseminación artificial…
— ¿Ah? –exclamó Chupilka, abriendo los ojos sin ningún rastro de placer ya en ellos.
— Estamos medio distraídos hoy día parece, ¿ah? –canturreó la internista Mata, con su mejor acento de médico cabrón condescendiente.
Y soltó una risita de ronquidos porcinos, mientras meneaba la pequeña pistola médica ante la mirada incrédula de los otros tres. El capitán se limitó a mover la cabeza y esperar que terminara con la operación. Lo que hizo en dos breves pasos, con una rapidez tan impresionante que los minutos estúpidamente perdidos en realizar algo tan simple pasaron mágicamente al olvido.
Allí estaban por fin. En aquel desolado planeta después de otro doloroso descenso. Se pararon a mirar, desde el elevado risco donde habían aterrizado, las planicies rocosas que se extendían a sus pies. Allá, a lo lejos, la forma de un poblado. Quizás. Fue el oficial adjunto Libiak quien hizo eco del pensamiento de todos en esos instantes.
— ¿Dónde chucha estamos? –preguntó.
Y la pregunta se fue rebotando en un sonoro eco que se esparció a través de la vastedad planetaria, hasta donde la vista de todos alcanzaba, y más allá, hacia el vacío sideral del cosmos. Y ahí se quedaría, hasta que fuera respondida una vez que emprendieran la misión que los había llevado hasta allí.

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