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Portada "Caja Negra" (cuentos), Horacio Lobos Luna.  Ed. 2008

Portada “Caja Negra” (cuentos), Horacio Lobos Luna. Ed. 2008

Ella siempre me decía: “A veces parece que me estuviera pudriendo por dentro.” Y su mirada era un terrible abismo sobre el que parecían pender todas las cosas, un tempestuoso arrecife desde el cual mis ojos se asomaban hacia hondas marejadas que se arremolinaban vertiginosas contra lejanas y oscuras rocas, llamándome, invitándome a cerrar los ojos y dejarme ir hasta sus profundidades. Por eso prefería no mirarla. Cada vez que su boca se abría para hablar de cosas pudriéndose dentro, mis ojos buscaban otros sitios donde poder estar y así descansar seguros, resguardados del vacío abrumador de su mirada. Entonces comenzaba el inminente ceremonial de la huida: mirar por la ventana, fingir que no la había oído, echar una ojeada al reloj, decir: “Es tarde”,”Tengo que irme al trabajo”,”Los niños están por llegar de la escuela”. Algo. Lo que fuera para no percibir el agobiante reclamo marino bramando en la lejanía. Romper la insoportable densidad del instante. Olvidarla.
Al principio fue una simple frase articulada en medio del sopor matutino, irreconocible entre tantas frases dichas con sabor a boca pegajosa, fugacidad de sueños olvidados y cepillo contra los dientes. Luego vino el pálido comentario hecho después de almuerzo, sofocado por el fatigoso crepitar de vasos, platos sucios y sordas recomendaciones maternales. Lentamente aquellas palabras fueron ocupando espacios más desusados, menos soportables, hasta que, sin saber muy bien cómo, lo llenaron todo, incluso los resquicios más inconcebibles: entre las partículas de polvo sacudidas a medio día, entre las gastadas fibras de la ropa restregada cada fin de semana, entre los guisos humeantes repetidos hasta el vértigo. En cada inflexión de voz y silencio podía oírse la variación de aquella monótona letanía: “Me pudro”, “Me estoy pudriendo”, “Siento la inmundicia dentro de mi cuerpo”. Tal vez fue la desquiciante obstinación de su voz, o la sostenida persistencia de sus palabras. Eso que embotó nuestros sentidos hasta el punto de aniquilar definitivamente nuestra capacidad de asombro para la degradación que vino después. Nadie reconoció lo insólito cuando hizo su aparición. Ni Camila, que con la lúcida aplicación de la hermanita mayor iba creando un celoso rincón en su mundo de deberes para sacudirse del acuciante acoso de aquellas frases, escupidas como infectas babosas dispuestas a adherirse a todo. Ni Álvaro, ni Susana, que en la estrepitosa inocencia de sus juegos infantiles parecían querer sepultar algún remoto y abismal estruendo oceánico. Ni siquiera yo, cada día más entregado al incesante trajín del bus tomado de madrugada, invadido por una lacerante sensación de alivio al subir en él y alejarme hacia el trabajo, una sensación que disminuía ostensiblemente con el correr de las horas, con la caída de la tarde y el opresivo regreso a casa. Cuando la primera mancha apareció nadie le prestó demasiada atención. Sólo era un insignificante punto impreso allí, justo en el centro de su palma derecha. “Debe ser el cansancio”, decía ella con esa voz que había adquirido una horrorosa oquedad al paso del tiempo, y con esos ojos que ya nadie se atrevía a mirar. Decía: “Debe ser esta podredumbre que me está comiendo…” Por eso nadie quiso ver aquella desagradable herida que se iba haciendo cada vez más grande, ganando espacios más amplios en su mano y sobre su piel. Aún por debajo de las improvisadas vendas con que intentó luego ocultarlas terminó por olerse el avance de ese extraño cáncer que comenzó a consumirla lenta e inexorablemente. Porque a las frases angustiosas y sofocantes se sumaron las heridas, y a las heridas los penetrantes y nauseabundos olores que empezaron a acompañar su desquiciante rezo, y después de los olores surgió el febril sonido de sus uñas raspando frenéticamente contra la piel infectada, día tras día, hora tras hora, minuto tras minuto. Un imperturbable, áspero, continuo y exasperante roce oxidado de hojas metálicas.
Los gusanos vinieron después. Ninguno supo exactamente cuándo. Un día sólo estaban ahí, viscosos y pequeños, retorciéndose en medio de las sábanas apenas ella abandonaba la cama por la mañana. O en medio de la losa recién lavada por la tarde. O entre los cojines de los sillones sacudidos con esmero cada día. Incluso sobre la mesa cada vez que ella, con gastados y lentos ademanes, se dedicaba a servirnos humeantes porciones de caldo o aromáticas tazas de té y ellos se le escurrían por entre los resquicios de las vendas, desgranándose como agonizantes larvas sobre los pálidos dibujos del mantel, para quedarse allí, revolcándose en una danza lenta, asqueante y eterna. De nada valió la abundante ropa ajustada, ni los largos guantes estrangulados alrededor del antebrazo, ni las vendas multiplicadas y apretadas con histérico rigor contra el cuerpo. Los diminutos cuerpecillos arrugados y culebreantes se adhirieron a todo, se esparcieron por cada rincón, poblaron las habitaciones junto a los olores de la podredumbre, de la náusea que infectó nuestras vidas, la nausea de verla, de tocarla, de olerla, de recibir de sus manos platos rebosantes de comida y cosas. Pero a nadie le importó. Porque eran preferibles los olores, las uñas rascando contra la piel, la asquerosa danza de miles de cuerpecillos bullendo sobre todo, preferible cualquier cosa a esa abrumante mirada vacía. Preferible a esa voz monótona pronunciando una y otra vez la terrible sentencia de la podredumbre. Por eso, a pesar del asco y la aversión, nadie pronunció una sola queja ante el diario espectáculo de su piel goteando nudos de larvas sobre el mantel. Incluso la pequeña Susana aprendió a contener sus sofocados gemidos al ser vestida por aquellas manos, o al ser servida cada tarde al almuerzo o a las onces. Aprendió a comer en silencio, a callar y tragar tensamente y sin masticar por miedo a sentir el amargo sabor de algún cuerpo blando y extraño; aprendió a decir: “No tengo hambre”, “Ya comí”, “Me duele el estómago”. Aprendió a callar para que ninguna queja la hiciera levantar esos ojos míseros y tener que oír el profundo y aterrador rugido de aquel abismo.
Pero también estaban las noches. Pestilentes noches llenas de martirio, de rancios quejidos cargados de ansiedad, de roces fugaces tanteando el calor de una caricia, de su piel podrida junto a la mía. Noches plagadas de gusanos subiendo y bajando por entre las sábanas llenas de inmundicia, culebreando a través de mis piernas, mis brazos, todo mi ser; invitándome a entregarme a una danza voluptuosa desde la niebla de mis sueños, sueños habitados por reptiles y delirios insatisfechos de tanto asco contenido. Sueños habitados por la tersa piel de Irene que surgió de pronto en medio de esa horrorosa carrera hacia el deterioro total. Irene detrás del mostrador cuando iba por el pan. Irene en plena calle cuando volvía del trabajo. Irene detrás de una sonrisa, una mirada, un beso y, finalmente, un cuerpo sobre el que me hundí en un desquiciante anhelo, postergado tras incontables horas de insoportable porquería, y en el que me fui hundiendo cada vez más en mansas veladas de moteles y ausencias de casa mal disimuladas. Y fue tan natural volver una y otra vez al cuerpo de Irene, tan natural como percibir el cuerpo de ella moviéndose allí, tan próximo al mío durante esas noches repugnantes, despidiendo olores y secreciones indecentes sobre mi nuca desde su aliento podrido, cargado de apestosas insinuaciones nocturnas. Tan natural como la corrupción que acabó por agusanar sus últimas resistencias, hasta reducirla a una masa informe y viscosa descomponiéndose bajo una pululante duna de larvas que se retorcían ávidamente sobre su cuerpo inánime el día en que murió. El día en que Camila y los niños me esperaron junto a la puerta de calle para decirme, ya sin ningún gesto de sorpresa u horror al que poder recurrir, que fuera al dormitorio a ver a mamá. El día en que entré a esa habitación para ver su cuerpo perfectamente recostado sobre una cama matrimonial ordenada con pulcritud, apenas visible bajo la gruesa capa de gusanos que surgían a borbotones desde su pecho en una repulsiva y continua erupción, rezumando una fetidez casi desquiciante que me atravesó los pulmones como lava ardiente al abrir la puerta y verlos allí, retorciéndose sobre el cubrecama, en el piso, cubriendo los muebles, las paredes, ennegreciendo los vidrios de la ventana, arrastrándose por el pomo de la puerta, subiendo por mi mano… Cerré de un golpe la puerta, me sacudí la mano y respiré hondo reprimiendo un acceso de asco. Unos pasos más allá los niños me observaron desde unos ojos cansados, expectantes. “Hay que llamar a un doctor”, le dije a Camila. Lo que siguió después transcurrió con la misma lenta irrealidad. El doctor entrando en el dormitorio para encontrarse con un cuarto limpio y ordenado, con el cuerpo de ella intacto sobre la cama, tan intacto que casi pareció joven en esos instantes, libre de gusanos y pestilencias como por un extraño milagro; luego el velorio, la misa, el cementerio y finalmente Irene, Irene y el regreso a lo terso y puro como el regreso de un mal sueño, y el tiempo que lo ha ido borrando todo, hasta los más nítidos recuerdos, esos que aún ayer se resistían a un olvido tan definitivo como el que hoy los guarda.
En estos días Camila ha venido a casa para avisar que por fin se casa con su novio, después de cuatro años de dura convivencia. Irene le ha advertido, como buena madrastra y amiga que es, que el matrimonio siempre echa a perder hasta las mejores relaciones y que decididamente es mejor no casarse; en seguida se ha puesto a quejar de la ingratitud de Álvaro que desde que se fue a Michilla ya no escribe ni visita y que lo más seguro era que se hubiera encontrado alguna boliviana por allá y hasta se hubiera casado y que los últimos en enterarnos -si es que nos enterábamos- seríamos sus propios padres. A eso de las doce Susana volvió del Liceo casi a la carrera para dejar sus cuadernos, cambiarse de ropa y avisar que no iba a poder quedarse a almorzar porque tenía que terminar un trabajo donde una amiga y que allá iba a comer algo. Por la tarde vino la calma, el té silencioso junto a Irene y el buscar hacer algo en la casa, cualquier trabajito para no sentirse tan inútil después de la jubilación. Y el cansancio. Ese extraño cansancio que ha comenzado a alojarse en mi cuerpo y en mi mente como un oscuro pájaro sedicioso. Un hastío denso y pesado que ha empezado a habitar en cada cosa que miro o que toco, que habita en mis sueños nebulosos, hondos, donde se revuelven abismales remolinos de agua marina. Un desgano que se ha ido pegando poco a poco a mi boca hasta hacerme escupir palabras incoherentes, angustiantes de vacío, como una oscura canción conocida (“Me estoy pudriendo”, “Me pudro”), mientras los ojos de Irene huyen lejos ante esta negra soledad que pronuncian mis labios y que ha comenzado a escocer aquí, justo en el centro de mi palma derecha, donde un insidioso punto oscuro ha aparecido durante la noche. La misma noche en la que súbitamente logré comprender aquellos ojos, aquel llamado, aquella terrible soledad en su mirada. Cuando deseé con todas mis fuerzas haber podido escuchar, haber podido entender, haber cruzado a tiempo ese abismo tenebroso y haberla abrazado, haberla abrazado con todas las fuerzas de mi alma para que ya no se sintiera más sola, para que el vacío de su mirada se llenara por fin y para que por fin los gusanos se fueran lejos, lejos de su alma, lejos de su cuerpo, lejos de todo nuestro ser.

De Caja Negra, Horacio Lobos Luna, ed. 2008.

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