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Óscar Sanmartín. "Marte".

Óscar Sanmartín. “Marte”.

Los grandes relatos sobre la historia marciana se archivaron en bibliotecas y registros no menos descomunales y grandiosos. Llegado el tiempo del olvido, cuando el legendario planeta rojo con sus abrasadoras planicies se convirtió en una desolada roca al borde del congelamiento total, sólo quedaba encapsular los miles de años de asentamiento humano que alguna vez florecieron en él, en diminutos circuitos de memoria meticulosamente documentada, desde el primer amartizaje hasta la última evacuación. Un olvido que desde la mirada comunitaria es llamado tradición, pero en palabras más eruditas se conoce como historia.
Detrás de tan glorioso olvido, sin embargo, hubo siempre rostros y memorias vivas, perentoriamente filtradas por la retícula de la palabra escrita. Entre las ancestrales calles de la vieja Tierra, en los más insospechados arrabales o en las más encumbradas esferas, se tejieron nuevas historias con las antiguas fibras de otra que ya no era más. Si a la paulatina y silenciosa desaparición de los últimos descendientes de un pueblo olvidado, y su vida en un exilio no elegido, se le puede llamar así: historia. Un endeble rastro, un pálido eco de lo que dejó de ser, pero se obstina en seguir viviendo, a pesar de todo.
Cuando el último exiliado de aquella inmemorial estirpe marciana murió desintegrado por los fotones de una Cápsula Personal de transporte terrestre, le dedicaron unos breves minutos en la red noticiosa de turno, y la curiosa declaración de su tataranieto (demostraron ser increíblemente longevos en esta parte del universo), para explicar tan increíble y absurdo accidente, fue:
— Le gustaba acercarse a las luces de los fotones. Decía que sus colores le recordaban las auroras boreales, en el solsticio de invierno en Marte… Qué loco, ¿no?

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