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Salvador Dalí. “Molinos de viento”.

Siempre se hace tarde
para iniciar el viaje.
Por eso escribo.
En lugar de arder sobre la tierra
y diluirme entre las fuentes y los océanos,
escribo.
Mi pie no hundió su planta desnuda
entre rutilantes hojas de otoño,
ni en las dunas del tiempo
se atascó mi pulso
esperando la noche, petrificado
por el frío destemplado
de los sueños idos.
Sólo un yo mayestático,
carente de significante y significado,
se erige entre las páginas
de atardeceres fundidos a fuego lento
y mañanas asediadas por impenetrables
camanchacas.
Por eso escribo.
No porque escribí escribo,
no porque viví escribo,
no porque Lihn, Óscar,
Gabriela, María Luisa, Donoso,
o el terror del Decreto 300.
Escribo porque siempre se hace tarde,
porque todo permanece
más o menos inamovible,
porque la ruedita del tiempo
gira a ritmo de error de redundancia cíclica
y no hay reinicio que la salve.
Porque el presupuesto
aún alcanza para una que otra palabra
antes de la subasta final.

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