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Parecían cuatro miserables e insignificantes manchas moviéndose en la vastedad desértica del planeta sobre el que habían descendido. Y así era exactamente como se sentían los tripulantes de la C.H.I. Caleuche, luego de dos horas de interminable caminata: insignificantes y miserables. Además de terriblemente sedientos. En especial el ingeniero Chupilka, que gimió por enésima vez:
— Agua, necesito agua… –y luego, muy melodramático–. Internista Mata, por favor, me muero…
— Es la cuarta vez que te digo, Chupilka –gruñó la internista Mata, molesta por la insistencia, y por el sudor que le picaba en todo el cuerpo–: ya se acabó. Te tomaste la última botella hace como media hora.
— Ayyyy –jadeó Chupilka en el paroxismo del melodrama–, es que perdí mucha sangre del oído…
— ¡Qué sangre ni queochocuartos! –gritó la internista dándole un manotazo, fuera de quicio–. Si no te salió ni un poco, heón cuático…
Chupilka dio un chillido y corrió a protegerse detrás del capitán, que trató de enfriar los ánimos, aunque el calor le derretía hasta los pensamientos.
— ¡Ya, córtenla! –ordenó–. Estamos todos cagados de sed y de calor, y vamos a estar peor si no terminamos el trabajo luego. Libiak, ¿tiene alguna señal del poblado?
— No, Capitán –resolló Libiak, consultando su detector telemétrico–. Pura estática –y dándole un par de furiosos golpes, advirtió–: Pero esta hueá es más mula que el teletransportador, así que…
El Capitán se llevó la mano al cinturón y sacó el comunicador. Lo abrió con una leve sacudida, y la pequeña tapa se desprendió golpeando en pleno ojo a Chupilka, que salió aullando, cubriéndose la cara y dando saltitos de dolor.
— ¡Que nada funcione en esta hueá! –masculló Gil, enrabiado, y activando el aparato–: Gilberto Gil a la C.H.I. Caleuche, responda C.H.I. Caleuche…
Ruido de estática, acompañado de los gemidos Chupilka que insistía en restregarse la mano contra el ojo, mientras la internista Mata trataba de retirársela para revisarlo. La estática en el comunicador de Gil formó garabatos sonoros indescifrables, como si alguien intentara responder.
— Aquí el capitán Gilberto Gil a la C.H.I. Caleuche –insistió el capitán, algo acalorado–, ¿me escuchan? –luego, rojo como tomate–. ¡¿Me escuchan, los conchasdesumadre?! ¡Sé que están ahí, cagándose de la risa! ¿Creen que no los escucho? ¡Oficial Marikunga, subalterno Bráyatan, contesten por la ch…!
Libiak le arrebató el comunicador antes de que lo humedeciera por exceso de salivación.
— Contrólese, capi –jadeó, limpiando el aparato con la manga.
El capitán inhaló el poco aire que había en el ambiente, y trató de despejarse.
— Estoy bien, es que este calor…
— Necesitamos agua, o la deshidratación nos va a secar la mollera –dijo la internista Mata, acercándose a revisar al capitán.
— Ingeniero Chupilka –llamó el capitán–, súbase a esa loma a ver si divisa algún poblado o estación…
— Pucha, capitán –reclamó Chupilka, con su acento más quejumbroso–, siempre me toca a mí…
— ¡Súbase, le dicen! –gritó el capitán.
Chupilka apuró el paso, asustado, y subió a duras penas una pronunciada duna que sobresalía a unos metros de ellos. Una vez arriba, apuntó hacia adelante y gritó en un horrible jadeo de tísico terminal:
— ¡Allá se ve una hueá!
— ¡Pero qué hueá es la que se ve, ingeniero! –gritó Libiak, mosqueado de calor.
Chupilka tomó unos segundo para tragar saliva y tratar de respirar, antes de gritar de vuelta:
— ¡Una de esas hueás como con punta y hartos brillos cuadrados al pie!
— ¿Pero hay un asentamiento humano o no hay, poh, Chupilka? –chilló la internista Mata, en el paroxismo de la impaciencia.
— ¡No tengo ni pichula idea de qué es esa hueá de “sentimiento humano” –volvió a gritar el ingeniero, sin dejar de apuntar a la lejanía–, pero esas hueás cuadradas parecen techos y esa otra hueá una antena! –y agregó–. Ah, y veo otra hueá…
— ¡Qué cosa! –gritó Libiak.
— ¡Que se paró encima de caca de Guarch! –exclamó, jadeando por reírse, y volviendo su dedo apuntador hacia Libiak.
En efecto, estaban tan concentrados en Chupilka que nadie se percató que el oficial adjunto se había hundido prácticamente hasta los talones en una gigantesca y asquerosa masa verde-lechosa, media reseca por el sol.
— ¡Chucha! –chilló Libiak, dando un salto fuera de la materia viscosa.
Fue en ese entonces cuando sintieron el nauseabundo olor.
— ¡Cien años de buena suerte, oficial! –se burló Chupilka, tosiendo de risa.
— Pero esa porquería no puede ser cacumen de Guarch –dijo el capitán, tapándose la nariz y la boca–. Los Guarch son grandes, pero nunca tanto…
— Es mierda de Guarch, la conozco donde sea; siempre sacamos esas huéas de las maquinarias, donde hacen nidos y se comen los cables…
— Te digo Chupilka –insistió la internista Mata–, esta hueá es cien veces más grande que una caca de Guarch…
— Si no es tan grande –dijo el ingeniero, pachorriento.
— Porque la estai mirando de como cinco metros de alto, jetón –respondió la internista–. Mira la caca y míranos a nosotros…
— Chucha, la dura –dijo, fijándose mejor–. Es una caca de Guarch más grande que la chucha…
Ni siquiera había terminado de decir la frase cuando un violento sacudón hizo temblar la loma donde estaba parado. De pronto, la duna empezó a erguirse ante los ojos aterrados de los tres que estaban abajo. Chupilka cayó sobre la loma, buscando desesperadamente de qué agarrase en la superficie blanda de arenisca que empezaba a descorrerse debajo de él, mientras aullaba:
— ¡Temblooor, conchemimare! ¡Capitaaan, terremotooo…!
Pero el horroroso bramido que siguió al grito de Chupilka, les confirmó lo que temían mientras retrocedían ante la avalancha de arena que caía sobre ellos: la duna era todo, menos una duna. Chupilka rodó por el costado de la criatura cuando esta logró erguirse en toda su extensión: diez metros de Guarch tamaño familiar, visiblemente molesto y lo peor, probablemente hambriento y sediento.
— ¡Las armas! –gritó el capitán, mientras corrían para esquivar a la criatura, que se arrojó contra ellos–. ¡Mátenlo, mátenlo!
Alcanzaron a desenfundar los desintegradores, cuando dos certeras y potentes ráfagas láser atravesaron el cráneo y el pecho de la criatura, que se derrumbó casi encima de ellos con un ensordecedor chillido de agonía. Luego de eso, una nube de arena y polvo, ojos y labios escociendo insoportablemente, y un concierto de toses intentando respirar. Además del agudo grito de Chupilka, tratando de ponerse de pie por algún lugar cerca de los pies de la criatura:
— ¡Quién fue el culiao que llegó y disparó, casi me matan, por la chuchaaaa…!
En respuesta, un grupo de desconocidos vestidos en extraños uniformes, los rodearon, apuntándoles con enormes lásers de asalto. Uno de ellos habló en un dialecto desconocido.
— Quieren saber quiénes somos y qué hacemos aquí –tradujo Libiak.
— ¿Usted les entiende, oficial? –preguntó Gil, mirándolo sorprendido.
— En la Enciclopedia Galáctica había un…
— Ah, ya –susurró el capitán–. Dígales que somos de la C.H.I. Caleuche y que vinimos a recoger su basura radioactiva clase N…
Libiak tradujo al dialecto, y súbitamente el extraño acercó el cañón de su arma a la cara del capitán, mientras mascullaba algo en tono amenazante.
— Dice que hace veinte años que están esperando que recojamos su basura, capitán –dijo Libiak, con voz temblorosa.
Entonces Chupilka susurró en un tono de lamento que ya casi era parte de él:
— Ahora entiendo el Guarch gigante…
Comentario que la internista Mata remató con un clarificador:
— Cagamos.

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