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Dariusz Klimczak.

Dariusz Klimczak.

Parecía llevar horas de camino y faltaba cubrir aún dos cuadras antes del cementerio. Para algún transeúnte común, o uno especialmente apurado para una cita o el trabajo, observar el ritmo de su avance hubiera sido un desesperante crispamiento de nervios. El andador ortopédico tampoco contribuía mucho a la imagen: un viejo testaferro de metal, cubierto por rayones de pintura azul, cuyas ruedas daban la impresión de trabarse en cada intento de avance, por lo irregular de la vereda o simplemente por el óxido que las cubría. Un perfecto complemento a su figura desaliñada, curvada sobre sí misma producto de los años y el esfuerzo por pujar hacia adelante en la elaboración de cada paso. Y los elaboraba meticulosamente, con reconcentrada energía, como dolorosos brotes de cigarras antes de morir y volver a nacer, arrastrando cada pie un breve espacio para empujar el andador, y entonces elaborar el siguiente.
Bajo la candente canícula de la tarde, la desierta vereda de cemento daba la impresión de extenderse kilómetros por delante de él, y la atrofiada forma de su anciano esqueleto proyectaba una sombra pequeña e informe, que ante la mirada de cualquier ojo humano parecía decrecer con la misma lentitud de sus pasos.
Pero nadie lo miraba. Era una diminuta y remota isla moviéndose entre enjambres de peces y aves en su eterna carrera por sobrevivir. Una que otra ojeada podría haber adivinado los indelebles rastros en su ajada figura: la tela desgastada de su ropa, la falta de aseo en las escasas greñas que aún recordaban el antiguo color de su cabello, los tobillos desnudos sobresaliendo brevemente desde unos viejos zapatos, hasta la basta deshilachada de unos pantalones demasiado cortos para cubrirlos por completo. ¿Quién habría cosido ese viejo remiendo bajo el codo de su polvoso saco? ¿Quién le ayudaría a leer las instrucciones de los medicamentos que retiraba mensualmente en el consultorio, después de horas de espera bajo el silencioso frío invernal de las mañanas, o las calurosas horas de la tarde? En sus ojos aún podía leerse la profunda resolución de seguir y avanzar, a pesar del aparente abandono de sí mismo, a pesar de alguna miserable pensión de vejez o una irrisoria jubilación, a pesar de un par de bonos del gobierno de turno, que además había que agradecer.
Cuando llegara a destino, tal vez depositaría una flor sobre una añosa tumba, reflexionaría silenciosamente sobre la vida o la muerte y las viejas alegrías, y emprendería el regreso con la misma pausada resolución de que era capaz su viejo cuerpo. En el camino recordaría comprar un poco de pan para acompañar una taza de té al llegar a su casa, cuando la tarde fuera difuminándose en poderosos colores de rosa, morado y gris, y la silueta de la noche envolviera su propia silueta, que se hundiría en una vida apenas adivinada, ignorante de la mirada que intentó tejerla en imágenes y palabras.

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