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Ricardo Miranda Tapia. "CHI Caleuche"

Ricardo Miranda Tapia. “CHI Caleuche”

―Eufdyar te jissea nauvih –exclamó la figura que presidía el enorme recinto abarrotado de público.
El murmullo de la muchedumbre se cortó de súbito ante estas palabras, y un inquietante silencio descendió sobre las siluetas del capitán Gilberto Gil y el oficial adjunto Libiak, de pie sobre un plató inferior en mitad de un gigantesco foro circular cerrado, donde la expectante muchedumbre aguardaba, observándolos como a dos diminutos insectos listos para ser engullidos. Por un segundo desearon estar de nuevo en la celda en que los habían metido después del incidente con el Guarch gigante, junto a la internista Mata, incluso junto al ingeniero Chupilka; y si los apuraban un poco más, hasta le empezaban a echar de menos a la mugrosa cacharra espacial de la C.H.I Caleuche, de la que nunca debieron haber descendido hasta ese reseco planeta.
―¿Qué dicen, oficial? –susurró el capitán, inclinándose disimuladamente hacia Libiak.
―Eudiarr te fissea nauvis –susurró Libiak de vuelta, sin mirarlo.
Le tomó unos segundos darse cuenta de la mirada muda y acusadora con que el capitán lo observaba.
―Perdón –tartamudeó, confuso y tragando saliva-. Dice que inicia el juicio, capitán…
―¿El juicio? ¿Qué juicio? –masculló el capitán.
En respuesta, la figura volvió a hablar, esta vez largo, tendido, enredado y difícil de transcribir, y entonces la multitud prorrumpió en gritos y vítores de alegría.
―Dice que se nos condena a sufrir los males que trajimos sobre ellos, y a ser devorados por las criaturas del desperdicio…
―Chucha –exclamó el capitán, algo ofendido-, bien corto el juicio. Hasta los Melarkos dan el derecho a defenderse –y luego al oficial-: ¡Haga algo, Libiak!
―¿Y qué quiere que haga, capitán? –contestó Libiak, nervioso.
―No sé, que nos dejen explicar por último…
Y dando un paso al frente, el capitán emitió un potente silbido que rebotó por todo el recinto e hizo taparse los oídos a todo el que no llevara un casco o protección auditiva. Cuando el rebote se disolvió, la muchedumbre les prestaba una silenciosa y perpleja atención.
―¡Disculpen! –gritó el capitán, levantando las manos-. ¡Disculpen! Mi oficial adjunto tiene algo que decirles –y volviéndose a su pálido compañero-: Libiak, todos suyos.
―Pero qué les digo, capitán –masculló Libiak, mirándolo incrédulo.
―Dígales que pedimos el derecho a defendernos, al menos –ordenó el capitán, y luego, molesto-: Y no sea maricón, por el chuchampe de mi abuela.
Libiak volvió a tragar saliva, aunque ya no le quedaba ni una gota en la boca; y con un leve tartamudeo, articuló lo más alto y claro que pudo:
―Imminder diak nassie meuviderá…
Unos breves segundos después, la multitud pasaba de un cortante silencio a un inquieto y nada tranquilizador murmullo.
―¿Qué fue lo que les dijo, Libiak? –preguntó el capitán, ansioso.
―Que queríamos la oportunidad de defendernos –contestó rápidamente el oficial. Y luego, mirándolo asustado-: No, espere… ¿“Nassie” era “oportunidad” o “mano”…?
―Y qué chucha me pregunta a mí –saliveó el capitán enrabiado, mientras la multitud pasaba de los murmullos a los gritos, y empezaba a pararse de los asientos-. Se supone que usted es el polígo… polígam… ¡esa hueá!
―Es que si es “mano” –tratamudeó el oficial-, entonces el significado de “meuviderá” cambia a…
Y mientras se quedaba con la boca abierta, la muchedumbre empezó a gritar, arrojando furiosas exclamaciones y mostrando puños amenazantes hacia ellos.
―¡¿A qué, Libiak?! –gritó el capitán, tratando de hacerse oír sobre el griterío que ya era un verdadero retumbar de rocas cayéndoles encima.
―¡A “agujero”! –chilló por fin, Libiak, mirando con terror a la multitud que empezaba a saltar la barrera que los contenía.
―¿Les dijo que queríamos “mano” y “agujero”? -preguntó el capitán, confuso- ¿Y entonces por qué están…?
No terminó de articular la pregunta, cuando entendió el posible significado de la frase como para que los nativos estuvieran dispuestos a arrojarse sobre ellos sin siquiera esperar a que los devorara un Guarch gigante.
―¡¿Les dijo que queríamos meterle la mano en el hoyo?! –bramó el capitán, espantado.
Pero Libiak ni siquiera alcanzó a contestar. El súbito ulular de una alarma detuvo el avance de la multitud a sólo unos pasos de alcanzarlos, mientras ellos se preparaban para la huida y la inútil defensa en esa estrecha arena. Empezó una desordenada retirada hacia las salidas, mientras se oían voces y órdenes amplificadas por todo el recinto.
―¿Y ahora qué pasa, Libiak? –gritó el capitán.
―¡Un ataque aéreo capitán! –contestó Libiak, riendo nervioso.
―¿Y eso le hace mucha gracia? –le recriminó el capitán.
―¿No ve, capitán? –gritó Libiak-. Seguro son los de la C.H.I. Caleuche…
―Cierto –dijo el capitán, sonriendo por primera vez desde el descenso, y luego, dudoso-: ¿Pero está seguro que es eso? No vaya a ser que se equivoque de nuevo y sea peor que la mano en el hoyo.
―Es que esa fue difícil –dijo el oficial, a la defensiva.
Sin oírlo, el capitán miró rápidamente alrededor y apuntó a la entrada que había quedado despejada de guardias.
―Por ahí –ordenó-. Hay que buscar a la internista Mata y al ingeniero Chupilka y salir de este planeta. Muévase.
Pero pronto descubrirían que su búsqueda iba a ser más corta de lo que suponían.

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