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Tomasz Alen Kopera.

Tomasz Alen Kopera.

Si un día emprendo el irremediable
viaje hacia lo desconocido y lo eterno
sin previa consulta al despótico destino,
será por plenitud de flores y primaveras.
Será porque me brotaron caricias invisibles
donde aún quedaban restos de vida y sueños,
y me saciaron de preguntas las semillas de la tierra.
Henchido de los murmullos cotidianos
ante una aurora plena de prados y aguas rumorosas,
habré temblado en un ínfimo dulzor de mieles
dispuestas para la apacible partida y el delicioso abandono.
Entre mis dedos crepitarán las ansias de lo innombrado
bajo la inagotable luz de este suelo
y una voz tejida entre las fibras del viento
ululará juguetona: “Es hora”.
Entonces partiré.
Descifraré el enigma y la gran Esfinge del tiempo
diluirá grano a grano cada recuerdo
sobre el estanque de los días idos y venideros.
Las sombras de la distancia agitarán sus adioses, trémulas,
como tenues figuras de niebla y jirones de nubes
antes de ser barridas por un sol arrebatado de vida.
Es todo, diré, es todo.
¿Y acaso no es suficiente?
Todo lo que reluce, todo lo que vibra, todo lo que estalla,
todo lo que canta, todo lo que gime, todo lo que brama;
las palabras, los nombres, la sustancia de las cosas,
todo, todo, todo.
Todo será una delirante alegría al filo de la noche
más profunda, al borde de una incontestable nada.
Y exhalará su último sonido la voz que brotó
unida a otras voces, y se apagará la mirada que espió
el temblor de otras miradas,
como un capullo apretado de vidas y promesas
cumplidas entre el ocaso y el amanecer.

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