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Odake Chikuha. "Mountain Landscape with Bridge". Fragmento.

Odake Chikuha. “Mountain Landscape with Bridge”. Fragmento.

A esa altura del valle, sobre la tierra pedregosa de quebradas y cerros, se puede casi tocar la textura incandescente del ambiente, especialmente en los momentos del día en que el viento parece perder su camino y tarda en llegar hasta allí. Afortunadamente son los menos, e incluso las horas más abundantes de sol se hacen soportables, hasta agradables, gracias a la constante brisa. Ideal para trabajar la tierra, regar y desmalezar, remozar allanando un poco el terreno, rastrillando pedruscos, o simplemente picando sobre el cerro mismo.
Es pleno verano, y el sudor se adhiere a cada poro, a la retícula misma de la tierra y el agua. Los esporádicos mantos de camanchaca que refrescan la madrugada son efímeros. Se diluyen con la misma rapidez que sus pensamientos atrapados en el ir y venir de aquel ritual cotidiano, en mitad de esa cuasi soledad. Así está bien. Mantener el ritmo, permanecer en un firme interactuar con la tierra y el cielo, con los elementos. Para eso está allí. Para eso eligió el retiro y el silencio. Aunque no fuera más que su pálido remedo. Al levantar la vista, puede ver la verde y estrecha llanura del valle perdiéndose hacia la costa, estrangulada por cadenas de montañas derramándose sobre ella desde el norte y el sur. En medio parcelas y casas, rectángulos perfectos de parronales esparciéndose hasta los cerros cercanos, aquí y allá. Más acá, en las laderas vecinas, solitarias viviendas en breves oasis de árboles, o en lomas desnudas, rodeadas de cercas y palos a medio construir.
¿Quedaría algún retiro absoluto en esta tierra?, se pregunta, volviendo al pausado afán sobre ese suelo. ¿Quedaría un último momento de silencio total para una meditación final sobre la vida? Quizás. Detrás de aquellas quebradas, tal vez, más allá de esas lejanas lomas. Un día emprendería de nuevo el viaje hacia aquel interior mucho más profundo, donde el sonido del viento, el furioso crepitar de la madera herida por el lacerante sol del verano o las gélidas heladas de invierno, serían su única compañía, lejos de un mundo abarrotado de sonidos que impiden oír el dulce canto de las noches y los días.

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