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Cuando los tripulantes de la C.H.I. Caleuche lograron salir al exterior, por un lado el capitán y Libiak desde un aterrador y fallido juicio público, y por el otro la internista Mata y Chupilka desde las instalaciones de las células de contención, nunca esperaron encontrarse con semjante pandemonium: arreciaban alarmas, gente aterrada corriendo en desbandada por amplias avenidas, y ráfagas cruzadas de uniformados moviéndose caóticamente entre nubes de polvo y humo, gritando órdenes mientras se parapetaban entre estilizadas edificaciones. Más allá, nada. Sólo una nebulosa confusión que hizo al capitán exclamar, apenas puso un pie afuera:
― ¿Y ahora qué mierda, Libiak? ¿Es un ataque aéreo? ¿Son los de la Caleuche?
― Ni idea, jefe –chilló Libiak por sobre el estruendo de los disparo, y registrando el cielo–: No se ven naves en…
La oración se congeló en sus labios ante un bramido a sus espaldas, familiar y aún más alarmante, mientras un grupo de uniformados corría hacia ellos, gritando y apuntado sobre sus cabezas. Apenas tuvieron tiempo para cubrirse cuando las ráfagas volaron e impactaron sobre el gigantesco Guarch entre los edificios justo detrás de ellos. Fue cosa de breves segundos ver venir las ráfagas, escucharlas estallar, girar hacia el callejón vecino para alcanzar a cubrirse, y encontrarse con la cara de Chupilka bloquéandoles el camino de huida.
― ¡Noooooo! –exclamó Chupilka, abriendo dos ojos como platos, llenos de incrédula y cómica sorpresa, y volviéndose a la internista Mata detrás de él–: Mire, internista, ¡la media cueeeaaa!
Los ojos de la internista también se abrieron como platos, pero sin nada cómico en ellos, y más bien apuntaban arriba, fijos en la gigantesca masa enfurecida del Guarch gigante, que amenazaba con derrumbarse sobre ellos en medio de una ensalada surtida de disparos atravesándole el rugoso cuerpo.
― Justo le estaba diciendo a la internista que… –siguió Chupilka, en un tono ridículamente casual y ameno.
En otras circunstancias se hubieran parado a mirarlo sin dar crédito a su falta de criterio. Pero hoy no había tiempo para eso.
― ¡Muévete, cuchadetumadreeeee! –aulló Libiak desde una boca torcida por el horror,  y llena de una furiosa saliva que salpicó el rostro del ingeniero.
Chupilka se tuvo que tragar la incredulidad de ver al oficial adjunto gritarle de esa forma. Con el segundo y estruendoso rugido de agonía, el Guarch gigante se azotó contra la esquina del callejón, desastillando pedazos de las estrechas paredes, e inclinándose irremediablemente, con todo su portentoso peso hacia la abertura encima de ellos. Entonces fue cuando Chupilka entendió y reaccionó.
― ¡Guaaarrccchhhh! –chilló el ingeniero, tomando la delantera en la huida.
Decir que no le vieron ni el polvo habría sido una expresión precisa, si todo lo que les rodeaba no hubiera sido una enorme y gruesa nube de polvo, especialmente tras la estruendosa caída del Guarch, justo en el momento en que salían casi disparados por el otro extremo del callejón como balines arrojados desde un humeante cañón, con Chupilka sacándoles ventaja por varios metros.
― ¡De dónde chucha salió esa hueá! –gritó el capitán segundos después, fuera de peligro para poder toser y tratar de respirar.
― Se supone que se crían cerca de los vertederos de basura clase N –dijo Libiak, limpiándose los ojos del polvillo.
― Pero esas hueás están lejos de la ciudad, por donde nos encontraron –jadeó la internista, y luego, mirando alrededor–: ¿Y ahora dónde cresta se metió ese jetón de Chupilka?
Y de pronto lo escucharon. Apareció gritando desde la cortina de humo y polvo por la que había desaparecido mientras corría despavorido delante de ellos.
― ¡Guarch!, ¡Guarch!, ¡Guaarrcchhh!
Pasó corriendo de nuevo, aunque esta vez hacia el lado contrario, y detrás de él una multitud huyendo aterrada.  Un par de enormes de Guarchs gigantes se dibujaron detrás de la espesa polvareda, enardecidos por las furiosas ráfagas lásers tratando de detenerlos.
― ¡Disparen! –ordenó el capitán, llevándose una mano a un cinturón completamente vacío.
― ¡No tenemos armas, capitán! –gritó Libiak.
― ¡Mierda! –masculló, el capitán.
― ¡Apreten cueeaaaaa!! –chilló la internista, empezando a correr.
Fue cuando lo percibieron. Un conocido zumbido metálico estridente y entrecortado, como un enorme motor de fusión a punto de partirse en dos, remeciendo el aire y la tierra. La enorme sombra de la nave los cubrió con su desdentada panza de fierros retorcidos y rancios, emitiendo entrecortadas ráfagas de brisa caliente, haciendo más irrespirable el aire con la toxina de sus motores y empeorando la polvareda.
― ¡La Chihuinto 4, capitán! –chilló Chupilka unos metros más allá, entre la multitud que dejó de gritar y correr para admirar la increíble aparición–. ¡Los de la Caleuche, por fin, chemimare!
Los cuatro sonrieron en el paroxismo del alivio, esperando que la nave iniciara el ataque contra las criaturas con furiosas ráfagas de ignición. En lugar de eso, la Chihuinto 4 empezó a dispararles contenedores vacíos de desecho cuántico, que rebotaban con un sonido hueco sobre el asqueroso pelambre de los Guarchs, poniéndolos más furiosos.
― Típico –suspiró el capitán Gilberto Gil, sacudiendo la cabeza.
Y esperó que los rescatadores de la Chihuinto 4 terminaran, literalmente, de cagarla.

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