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Robert Rauschenberg.

Robert Rauschenberg.

En una canción de la ciudad
tiene que haber
un dios fálico y un mar
de esperma, Efraín,
no hay caso.
Las golondrinas y las flores
deben morir aplastadas
o marchitarse.
Y un muro, claro,
imprescindiblemente un muro
y un hueso
y un hombre delgado
como un hilo,
y sangre
y semen reventado.
¿Dejé algo innominado?
No importa.
Alguien más lo vomitará por mí
con pus, coágulos y todo eso.
Un “poeta” tal vez,
quién sabe.
Por lo pronto, apaga la luz
y déjame soñar
con las colmenas
y la dulce miel de los ijares.

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