Etiquetas

, , , , , , , , ,

Salvador Dalí. "Mariposa-madre en un libro".

Salvador Dalí. “Mariposa madre en un libro”.

Los pies de Gabriela se apuran en pequeños y rápidos saltitos, tratando de cubrir el espacio que la separa de las grandes zancadas del abuelo. El inútil esfuerzo de sus pequeñas piernas por darle alcance es agotador, como intentar atrapar una bolsa de nailon arrastrada por el viento: justo cuando parece detenerse y estar a la mano, reemprende la huida, una y otra vez.
― ¿Falta mucho, abuelito? –jadea desde su pequeña lejanía.
― Ya casi, ya casi, mi niña –chilla el abuelo en un tono de inagotable vitalidad.
Está contento. Gabriela puede percibir retazos de su jovialidad en la forma en que se mueve y habla, mientras apunta hacia una cercana duna que se eleva contra el horizonte de interminables torres, infinitas agujas plateadas perdiéndose contra un cielo casi blanquecino de límpido.
― Allá, mi niña, al pie de esa loma –dice, deteniéndose y poniéndose al alcance por un segundo–. Está lleno de íbors.
Y vuelve a iniciar la caminata, dejándola nuevamente atrás. Gabriela gira para verificar la distancia que han recorrido desde que salieron de la Villa de Veteranos. Allá, unos metros colina abajo, se extienden las formas triangulares y ovaladas de la pequeña villa. ¿Estarían sus padres buscándolos ahora? Tal vez, si se habían percatado de su ausencia. En caso contrario, tendrían otro par de horas antes de sufrir las consecuencias: un mes sin visitas al abuelo y sin poder oír las historias que le cuenta y que tanto le gustan. Historias de tiempos antiguos, de lugares y objetos tan remotos que ya nadie recuerda. Excepto el abuelo, claro. Y que sólo él sabe cómo encontrar.
― ¿Qué eran los íbors, abuelo? –vuelve a jadear Gabriela, más hambrienta de historias que de aire.
― Ya le dije, mi niña, ¿no se acuerda? –chilla el abuelo, deteniéndose y volviéndose otra vez.
La duna está a sólo unos pasos y Gabriela puede registrar la curiosa y profunda socavación que carcome uno de los extremos de la pequeña loma. ¿Estarían ahí los íbors? ¿Qué mundos les esperarían del otro lado de aquella misteriosa abertura? El corazón de Gabriela late impaciente una vez más ante aquel nuevo descubrimiento, y su cansancio se disuelve entre las palabras del abuelo.
― Hace muuuchos años –cuenta el abuelo, alargando las sílabas y el tiempo–, los íbors eran objetos sagrados para la gente que vivía en esta tierra… Estaban hechos de madera y hojas.
― ¿Hojas? –susurra Gabriela, en el borde ansioso de una revelación.
― Las hojas eran como suaves texturas, finas, casi transparentes… Sobre ellas cabían todos los conocimientos y las historias del mundo. Las personas antiguas las tomaban y estampaban todo lo que podía ser contado y conocido en ellas, y las guardaban en pequeños fajos, y los ataban, y les ponían hermosas cubiertas de madera con letras doradas, con nombres que resumían todo el conocimiento en una sola palabra.
― ¿En una palabra? –se maravilla Gabriela.
― En una palabra –repite el abuelo, con un gesto cómplice–. Podías leer sólo la palabra o abrir los pequeños fajos para saber todo lo que quisieras saber…
― ¿Y tú los encontraste, abuelo? –pregunta Gabriela, mirando impaciente hacia la abertura en la duna.
El abuelo le indica silencio con un gesto y camina hacia el pie de la duna; no hacia la abertura, sino hacia un profundo y pequeño cráter justo debajo. Allí se ven esparcidos pequeños objetos rectangulares de distinto tamaño, rotos y carcomidos. A Gabriela se le figuran curiosas cajas machacadas y ennegrecidas por el paso del tiempo.
― ¿Son esos, abuelo? –pregunta, acercándose con cautela.
― Sí –dice el abuelo, arrodillándose al borde el pequeño cráter.
Con reverencial cuidado extrae uno y se lo extiende. Gabriela observa el raído objeto como si estuviera hecho de una fulminante luz abrasadora. Su pequeña mano tiembla levemente al salvar la distancia hacia aquel inquietante cuerpo, y lo toca. Siente la rugosa textura de aquella antigua superficie, y sus dedos retroceden un breve segundo para volver, más seguros, y apresar con cautelosa suavidad la pequeña forma. Un íbor.
― Ábralo, mi niña –susurra el abuelo, alentándola con un gesto.
Gabriela lo mira con dos ojos llenos de maravillada sorpresa. ¿Abrir un íbor? Los segundos parecen dilatarse sobre ese precioso momento, y en la lejanía, más allá del incesante batir del viento anunciando el declive del atardecer, se oyen los gritos apagados de sus padres llamándolos, dispuestos a alcanzarlos y borrar aquel instante. Mira los ojos del abuelo alzarse y ensombrecerse ante el arribo de la noche, y entonces lo hace: toma el pequeño manojo de hojas cubiertas por aquella corteza dura y blanda a la vez, garabateada de olvido y humedad. Con reverencial cuidado lo abre, lentamente, como si temiera que todo el mundo se fuera quebrar en ese mínimo gesto.
― Abuelo –gime con una voz trémula y diminuta, desamparada–. Abuelo… el íbor.
El abuelo no escucha, no ve cómo el pequeño íbor empieza a desmigajarse entre sus pequeñas manos que se esfuerzan por seguir abriéndolo y contener su inminente disolución. La vista del anciano sigue perdida en el viento, husmeando el urgente llamado de sus padres, cada vez más cerca, apagando todo rastro de vitalidad en su avejentado rostro. Es cuando Gabriela comprende. Debe empezar a leer, a traducir los ininteligibles garabatos sobre aquellos remedos de hojas muertas, antes de que la noche las sepulte en la oscuridad.
Los pies de Gabriela se apuran en pequeños y rápidos saltitos –comienza a recitar–, tratando de cubrir el espacio que la separa de las grandes zancadas del abuelo…
Una breve luz de alegría se abanica en los ojos del abuelo, su triste boca sonríe con una nueva dulzura, y sus ojos se cierran al viento, a la noche, a la voz de sus padres llegando inexorablemente, y su rostro cruzado por las irrefrenables líneas de los años, se extasía dejándose llevar por las palabras que Gabriela va tejiendo, que brotan como las hermosas historias que el abuelo le cuenta, aprendidas en antiguos íbors, en un tiempo en que eran las puertas hacia un mundo henchido de sueños y poesía.

Anuncios