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Raphael Lacoste. “In the Mood for Knights”

La luz del atardecer declina sobre las extensas planicies marcianas, y el cadencioso sonido metálico del gong derramándose desde las altas cumbres del Valle del Recuerdo, anuncia la clausura de las gigantescas puertas del Gran Hábitat. Es la hora en que los Guardadores de la Memoria se retiran hacia el interior de sus aposentos, luego de una larga jornada de trabajo en los huertos comunitarios, los amplios salones de Conservación del Tiempo, y los rituales de transmisión de la Antigua Palabra.
Los más pequeños siguen a sus guías hacia un merecido descanso, mientras los mayores despiden a los últimos visitantes, antes que la noche los envuelva en la plácida quietud de sus portentosas murallas de negrura. Mientras se alejan, los fieles peregrinos siguen el tortuoso camino de descenso, apenas iluminados por ventanas de luz que súbitamente empiezan a multiplicarse entre las gigantescas torres del Gran Hábitat. Una vez más, la antigua fortaleza parece indicarles el camino en medio de la oscuridad. Parece abrir una grieta de claridad en la ciega fosa del inminente olvido y el desarraigo absoluto.
Bajan y se alejan repitiendo la letanía aprendida y repetida por los Guardadores de la Memoria a través de los siglos y las eras pasadas y venideras. Esta es la palabra que debe conservarse, para saber de dónde venimos y hacia dónde vamos. “En un principio era la Tierra…”, reza la primera palabra, seguida del nombre de las cientos de naciones y razas, de las innumerables lenguas y formas de vida que la habitaban en el momento en que la primera camada fue enviada al espacio, tomó asiento en Marte, hasta el definitivo silencio del planeta madre. Desde entonces, el deber de los Guardadores de la Memoria ha sido preservar el vínculo primordial con el primer origen, replicando las enseñanzas y resguardando todos los registros conservados, en espera que el primordial vínculo vuelva a restablecerse, o la promesa de los que una vez partieron hacia el planeta madre se cumpla con su ansiado regreso.
Cuando las penas del día hacen zozobrar las esperanzas de una vida más plena, o el sentido de la existencia entre las desoladas llanuras de Marte parece tambalearse sin remedio, entonces los ojos de aquellos que aún confían se vuelven hacia las alturas, hasta las plateadas torres del Gran Hábitat que parece vigilar el ritmo de vida cada vez más agitado allá abajo, donde ciudades crecen incesantemente y las viejas creencias se derrumban con la inevitabilidad de lo caduco. Son pocos, cada día menos los que toman los ancestrales senderos rocosos en busca de las enseñanzas de la Antigua Palabra, la guardan en sus corazones, para sus hijos, para los hijos de sus hijos, si alguna vez quieren escucharla.
Allí, replicada por la reseca oquedad del Valle del Recuerdo, la vieja letanía se vuelve un precioso ruego entre aquellas paredes donde el tiempo parece haberse detenido en la espera, mientras los Guardadores de la Memoria abren las grandes ventanas hacia los cielos y apuntan los gigantescos radares hacia las remotas estrellas: “Vuelvan, vuelvan Hijos de la Tierra, vuelvan que la espera se hace larga, y el olvido eterno…”

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