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Thor Lindeneg. “Door”.

Ni aprendiendo inglés se me abren las puertas,
ni las ventanas, ni el portillo por donde pasa el camello.
Será porque en lugar de golpearlas las acaricio,
admiro su textura y sus formas
y pienso qué linda se vería una así en mi casa
estilo victoriano, o en mi guarida tipo hobbit,
con una aldaba en forma de cabeza de león
hambriento atrapado por un anzuelo de hierro.
Me paro frente a ellas y les hago una reverencia a lo Tony Caluga,
y les susurro: Mellon!, como en una antigua canción élfica
en una noche lunar en mitad del boscoso follaje.
Qué le voy hacer si aprendí a cerrarlas
antes que abrirlas,
con un gracioso roce de mi mano se sellan tras mis pasos
y acompañan la comparsa del que se aleja
en sentido contrario del reloj, retrasando la llegada
a donde la promesa de su glorioso destino debió llevarlo.
Los horizontes se ensanchan dentro de mi mente
y se quedan ahí, discapacitados para descorrer el tupido velo
de la realidad.
I’m really sorry, efficiency is not my cup of tea.
Nada que hacer.
Aprender el lenguaje hegemónico de turno
no me hizo baluarte de la modernidad ni me dio
súper poderes para descifrar el oscuro código del éxito.
Pero al menos puedo leer tranquilamente el colorido “Welcome”
pintado en el tapete frente a miles de cerrojos
que velan quietos e imperturbables, con su sonrisa silenciosa,
susurrando la belleza de lo vedado
como en un indescifrable juego.

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