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Pascale Marthine Tayou. “Plastic Bags”. Foto De Meelfabriek, Leiden.

― ¿A dónde van las bolsas plásticas que se lleva el viento? –preguntaste.
Y te lo conté. Con una naturalidad propia del narrador de historias, cuyo corazón intuye los augurios apremiantes del tiempo, y apura la copa de un desenlace perfecto y estremecedor, desplegué una a una las palabras y las imágenes ante ti. Palabras e imágenes imposibles de entender para el amante de la naturaleza y fervoroso ecologista que siempre he sido, pero llenas de sentido y certeza para un corazón amante dispuesto a responder al llamado de tu dulce mirada.
Lejos, al final de todos los caminos del mundo, donde los brazos del viento caen rendidos y encuentran un remanso de paz y silencio, allá, ¿lo ves?, se agita en un imperceptible crepitar, la temblorosa textura de todas las bolsas plásticas arrastradas por remolinos y vendavales. Jamás alcanzadas por nadie, en su imparable rodar y girar por los aires, atravesando ciudades y desiertos, montañas y valles, ríos y océanos devastados por insaciables huellas humanas, o aún perfectos en su intocado aislamiento protector; allá, se levanta un reino de formas frágiles y coloridas que se adhieren a todo lo que tocan, con una gentileza de manos hechas de transparentes estelas. Como suaves mantos de blanda harina, amasan una danza de relucientes formas, componiendo figuras, y revistiendo antiguas murallas y viejos esqueletos de árboles con sus abultados cuerpos saciados del aire que les dio alas y las depositó sobre aquella ignorada tierra.
Imagínatela. Inmensa, interminable, plagada del susurro vibrante de aquellas formas, saludando el ocaso como encendidas llamas multicolores, aquel lejano rincón de la tierra estalla arrebatado de vida y delirantes matices con cada atardecer del mundo. Una aberración carente de belleza para los ojos de quienes abogamos por una vida más verde y feliz en este planeta, pero de una hermosura más allá de toda regla y contestación para tus ojos, para tus manos y tu inagotable risa en aquellos días cuando la brisa anunciadora de lluvias arrastraba alguna frente a ti, cuando corrías detrás de ella hasta alcanzarla, y te encontrabas con mi mirada pidiéndote que la tomaras y la dejaras en el basurero más próximo. Aún puedo ver tus ojos, volviéndose de vez en cuando hacia la solitaria forma asomando sobre la basura, con ese dejo de tristeza de quien abandona a un inusitado amigo de correrías, dador de alegría y festejos.
Te conté la historia como un gesto final que te era debido, antes que tu pequeño y frágil cuerpo partiera para siempre. Y yo sé, con una certeza más allá de toda duda posible, que al cerrar los ojos te fuiste llena de las figuras y las formas que cree para ti, que habitaste en ellas corriendo, riendo y saltando, en un reencuentro final con aquellos que un día tuviste que dejar. Que tal vez te has quedado ahí para siempre, y que sabrás cómo desde aquel día corro tras cada bolsa plástica arrebatada por el viento, y las guardo en mis bolsillos, a hurtadillas, para liberarlas una a una, con la esperanza de que alcancen aquel lugar de ensueño, llevando mis últimos mensajes hasta ti.

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