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Salvador Dalí. “El gran masturbador”.

Si me masturbo pensando en usted,
no se ofenda.
Es el halago que mis manos
y alguna otra parte innombrable de mi cuerpo
le dispensan por la sensualidad de sus formas
y la oscuridad de las mías.
Le haría un poema abarrotado
de metáforas altisonantes aderezado
de rimas átonas que no pegan ni juntan,
pero ya ve
lo inevitable de caer en el recurso bukowskiano
del culo, la vagina, los eructos y fluidos afines.
No es llegar y formar una imagen
y que el lirismo se desprenda de ella
como un sueño se desprende
de las trémulas paredes del alma.
(Ok. Esa fue gratis.)
En cambio hablar del moco
pegado en la comisura del labio
royendo la inspiración en podridos
burdeles de calles y avenidas
de este siglo,
eso ni tiene que pensarse mucho,
es más, pensarlo demasiado sería destemplar
el filo oxidado de su carcoma
y la fuerza de su bestial honestidad.
Si le digo que los rugosos ropajes
de mi sexo se distienden en frenéticas
ansias por alcanzar la tibia sombra
de sus rincones más inaccesibles,
concédame una breve
sonrisa halagada
de inconfesables deseos,
como una puerta apenas entornada
dispuesta a conceder
una última visión placentera
a este triste fraude
de fijación freudiana.

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