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Zdzisław Beksiński.

― Pasaron la tercera marca y tomaron las Colinas Distantes –susurra una voz a su derecha.
Ni siquiera levanta la vista. Lo único que acusa recibo de que ha oído aquel aterrador mensaje, es el leve tropezón de sus dedos sobre el transparente tablero, iluminado por números y letras. No hay tiempo. Deben terminar de digitar los códices de la historia marciana de los últimos tres lustros y resguardarlos bajo miles de contraseñas, antes de que las Puertas de La Conjura sean alcanzadas, el Valle de la Memoria atravesado, y sea demasiado tarde.
Y probablemente ya lo fuera. Lograr cruzar la tercera marca indicaba el triunfo definitivo, y sólo era cuestión de horas desde las Colinas Distantes hasta aquel último reducto de resistencia. Una resistencia más bien simbólica, porque lo único que tenían para defender allí (si aún quedaba algo que defender) eran los bancos de memoria y registros de toda la historia y la vida en Marte, desde el primer descenso hace más de cinco siglos.
Abandonados a su suerte, los primeros fundadores habían construido un mundo no mejor ni peor del que procedían. Sobre las planicies y colinas de Marte se erigieron ciudades, florecieron sociedades y culturas diversas, que poco o nada tenían que ver con el lejano planeta que muchos recordaban sólo como parte de una leyenda semi olvidada, distante en algún lugar del universo. Ajeno a todo devenir.
Nadie esperaba ningún regreso, sino como parte de una antigua promesa que se pregonaba desde el inalcanzable cielo de la pura fe, tan presente como infinitamente lejana. De los millones de habitantes que se desplegaron por el inmenso planeta, sólo unos pocos fundamentalistas conservaban una ciega devoción a aquellos deslustrados mensajes de los primeros años, anunciando el próximo regreso, implorando paciencia, hasta el silencio y olvido definitivo. Fanáticos traidores que facilitaron la entrada de los invasores y se sumaron a sus filas en el jolgorio y la algarabía, festejando el devastador baño de sangre de sus propios hermanos.
Avistadas las primeras naves sobre el planeta, y escuchadas las primeras palabras de saludos y paternal alegría por los hijos reencontrados, el Consejo Marciano tomó inmediatas medidas preventivas ante la sorpresiva aparición, cerrando los accesos a los posibles puntos de aterrizaje, reforzando la seguridad de las principales ciudades, y exigiendo a los recién llegados una aclaración sobre el mensaje transmitido. Cuando los mensajes fraternales se convirtieron en órdenes y amenazas encubiertas, el Consejo reforzó la seguridad con ejércitos y armamentos. De ahí al primer ataque sólo bastaron unas cuantas horas. Las primeras naves visitantes cayeron fulminadas por el potente arsenal marciano. Pero ni serían las únicas en llegar, ni las últimas en caer. Año tras años, arribaron en una procesión interminable de gigantescas y poderosas némesis dispuestas a hacer valer su derecho de posesión, minando todas las defensas del planeta, hasta el asalto y escaramuza final, que ya se encontraba a sólo unas horas de allí.
Sobre el abovedado recinto siente retumbar, por primeras vez, las pavorosas explosiones, mucho más cercanas de lo previsto. Escucha un sollozo aterrado rebotar entre las cientos de cabezas enfrascadas en su tarea de digitar y envasar cada bit de información. En un esfuerzo sobrehumano, enfoca la atención en su interminable tarea. Sólo un par de horas más, sólo un par de horas y toda habrá sido salvaguardado. Al menos lo que aún puede salvaguardarse. Pero al sentir crujir las paredes y el cielo del edificio, como sacudido por un violento y breve cataclismo, sabe que tienen apenas unos minutos. Con una rapidez abismante, incluso para su propio ritmo habitual, selecciona los últimos registros que han de ser salvados. ¿Qué elegir? ¿Qué salvar y qué dejar presa del olvido? Apenas puede distinguir las letras y los números, los archivos y los folios, que se van cubriendo del polvillo desprendido del cielo que se triza más y más con cada aberrante explosión. Sigue digitando, escogiendo ciegamente y guardando, a pesar del asfixiante polvo, el humo que empieza filtrarse por los cristales que revientan hechos añicos, del calor de las llamas que lamen las paredes, a pesar de los gritos y los llantos, a pesar de las lágrimas que caen gota a gota sobre el luminoso tablero que parpadea y se apaga, como un pequeño cosmos eclipsado por la furia arrebatado de antiguos dioses.

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