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John Atkinson Grimshaw. “The lovers”.

Me gustaba su piel. Era tersa, como la brisa estremeciendo el delicado follaje de frondosos valles en primavera. Ardía con una suave textura de brasas invernales asediadas por el frío manto de la noche, apenas mis labios la tocaban y se hundían en la espesura de su cuello, hurgando en las profundidades de un dormir intranquilo, en el que parecía temblar al borde del placer o el delirio. Cada noche, agazapado bajo el manto de oscuridad que se abanica entre la hora más negra y el filo del amanecer, esperaba sentir el palpitante rugir de su sangre atrapada en los dinteles del sueño más hondo. Entonces mis manos, mis brazos, mi pecho, todo mi cuerpo, se escurría suavemente, envolviendo el suyo como una bruma silenciosa ciñe los linderos de cada cosa, descorriendo cada velo, cada capa de tela, hasta desnudar la vibrante epidermis humedecida de rocío lunar.
¿Me presintió acaso alguna vez? En las insondables quebradas de sus ensoñaciones, ¿le llegó el suave susurro de mi voz, entonando inmemoriales himnos inflamados de antiguas pasiones? ¿Percibió el anhelante crepitar de mis manos sobre la piel de su pecho, bajo la voluptuosa curva de su cintura? Tal vez mi boca se grabó en los exquisitos pliegues de su cuello como una orla de fuego indeleble, una marca invisible escociendo los rincones más inescrutables de sus visiones. Inaprensible. Impronunciable. Una oscura fiebre jadeante sobre su lecho, empujando su cuerpo desnudo más allá de la cárcel de las sábanas, en un mudo grito de brazos y manos estirándose en la penumbra y llamando, buscando a ciegas.
“Delira”, decían. “Está muriendo”. ¿Muriendo? No era la muerte. Era la vida. Por fin, la vida que se alojaba en la palidez de sus miembros, en la forma convulsa de su cuerpo, en la tibia frialdad de sus manos. Aquí, en la enervante soledad de la noche, cuando todo duerme y se diluye en las sombras, empieza nuestra hora. Antes de que la oscuridad amaine, habré recorrido por última vez la tersura de su piel, yaciente y abandonada en esta lóbrega habitación. En un último beso hincaré mis labios sobre su dulce carne, y en un último estertor se abrazará a mi cuerpo, una vez más y para siempre.
Y ya no habrá más llanto ni pena. Entonces esperaré paciente, oculto en la densa penumbra, a que bajo el seno sagrado de esta tierra su cuerpo recuerde el anhelo de unas manos y unos labios. Que encuentre su camino a través de raíces y piedras. Que sus ojos, abiertos como dos fuegos fatuos hacia la oscuridad, se iluminen y me miren, con la ferocidad de una sed interminable. Y que su boca me sonría, felina, y susurre en un jadeo inmortal: “Tengo hambre”.

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