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Rafał Olbiński. “Escape into life”.

La escritura ha ido mal estos días. Si tuviera un antivirus que funcionara para limpiar todos los desperdicios que ralentizan e impiden poner en acción el ritmo creativo, lo pasaría un par de veces por mi sistema para depurarlo y poder reiniciar. No sólo en el ámbito creativo, también en todo lo demás. Para colmo de males, el ordenador también necesita una buena limpieza, porque ha estado funcionando como un viejo arteriosclerótico (¿me aplicarán la ley antidiscriminación por esa última frase?). Algo que sólo empeora las cosas; porque apenas logro vencer la inercia para sentarme frente a la pantalla del procesador, y no bien tecleo la primera línea, aparece el dichoso aviso de error en la activación del producto. Suficiente para cortarle la inspiración a cualquiera, especialmente si ésta es un pobre remiendo que se sostiene sólo a fuerza de un descomunal esfuerzo. Y no pretenderán que realmente pague por una licencia. Ridículo. ¿Quién hace eso en este país?
Pero aún si lograra superar la desgana en la que me reinstala el dichoso avisito, luego habría que lidiar con un cursor que se pega, o unos caracteres que funcionan en diferido, y dan la impresión de aparecer siglos después de haberlos tecleado. Siglos. Es lo que dura un segundo en momentos así.
Podría dedicarme a mis cursos de idiomas, revisar mis redes sociales o mirar algún tutorial interesante, un poco para relajar la vena, si no fuera porque al estúpido navegador le ha dado por cortar o simplemente no cargar el audio de las aplicaciones, o recargar de tanto en tanto las páginas abiertas a cuento de nada. Imposible terminar de ver algo tranquilamente en esta chatarra infecciosa y descontinuada.
¿Qué pasó con aquellos días cuando escribir requería más de oficio que de inspiración, los procesadores servían simple y llanamente para escribir, y la espera de horas y días para descargar una imagen o programa tenía un excitante sabor hasta el último bit almacenado? ¿Cómo se redujo aquello al combo all-in-one y la pura instantaneidad? Clásicos cuestionamientos de viejo, por supuesto. Nada más que eso.
Lo mejor es salir. Dar un par de vueltas por ahí, aunque implique no saber qué calle tomar, ni hacia dónde ir exactamente, ni qué hacer. No hay un lugar para sentarse tranquilamente a dejar de pensar en esta ciudad, a diferencia de lo que supone el irritante “hermoseamiento” (como le dicen) con que arremeten contra los restos de la historia, antes de cada elección, las administraciones de turno. Después de eso, con suerte le ponen atención a las calles cuarteadas, las antiguas construcciones ruinosas, los ancestrales nombres borrados de la memoria.
Es cosa de tiempo. Un día acabaré sentado en una vieja banca, en un viejo rincón de una vieja plazoleta remodelada y modernizada, y miraré pasar esta ciudad que ya me empieza a resultar extraña, y pensaré, condescendiente: “Vallenar ya no es lo que era”. Y el arrullo de cientos de palomas se arremolinará a mi alrededor, bajando hasta el viejo trozo de baldosa resquebrajada y sucia bajo mis pies, a picotear las últimas migajas antes que la tarde termine de caer.

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