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Martin Vlach

Afuera la camanchaca permanece. Resistente en su más férrea resistencia, se cierne sobre las mañanas y las noches, retrasando la llegada de tiempos mejores. Con su frío aliento de esquirlas diminutas y cristalinas, carcome los contornos de todo lo que toca, diluyendo la solidez del cemento y la piedra, la materia mineral del suelo, la suave textura de hojas y flores, el menesteroso calor de la piel. Parece enraizada en los días y los meses, como una persistente hiedra devoradora de lunas radiantes y soles candentes.
Ahí está. Acechando desde el otro lado de la ventana. Tocando suavemente al vidrio, dibujando figuras acuosas que se delinean en delicados hilos de agua, casi invisibles. Un secreto mensaje para los helados días de primavera que parece presagiar, inmisericorde.
¿Y el sol? Ni rastro. Sobre esta tierra baldía de cantos y colores, la luz parece haber perdido el rumbo para siempre. La algarabía de ríos y canales, de volantines girando en el viento de la tarde, parecen un pálido recuerdo de otra vida. Más allá. Mucho más allá de esta sinuosa pared de niebla, preñada de blancura.
¿Escuchan? “Los días azules se han ido”, canta, con su tenue voz de vaho incesante. “Han regresado a rincones intocados de asfalto y concreto, lejos del rugido de motores alimentando la rabia cotidiana”. Pero no es un canto, en realidad. Más bien una letanía. Triste y gris. Una sombra diluida entre las formas que va dibujando a través de las calles de Vallenar; sobre las aguas residuales de un río que ya no es un río, sino un lecho dispuesto a recibir las sobras de lo arrebatado, rengueando a través del estrecho valle, como un viejo intentando alcanzar el mar con su último aliento de agua.
¿Qué hacer? ¿Ceder a su infinita invasión de espuma aérea? ¿Resistir entre las sábanas un poco más, hasta que un tímido primer rayo de sol rasgue la inmaculada fibra de su interminable lienzo vaporoso? No. No hay tiempo. Hay que salir y hundirse en aquel vientre de ballena blanca hecho de rocío y seda. Dejarse engullir, temblorosos, dispuestos a la última batalla antes de quedar atados para siempre a su compacta bruma de cetáceo impreciso, entumecidos entre húmedas cuerdas invisibles, condenados a la añoranza de soles y primaveras que palpitan detrás de su blanca oscuridad.

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