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Chet Zar. “Bloody Eyeball”.

El oftalmólogo es joven. Demasiado para su gusto. No porque su juventud pueda implicar menos experiencia o habilidad; jamás se ha dejado llevar por esa clase de prejuicios. Es por otra razón, mucho más oscura. Se siente incómodo reducido a paciente por un chiquillo que podría ser su hijo. Un ridículo tema de poder, nada más. Inevitable.
La cosa no mejora cuando tiene que explicar el motivo de su visita. Ha comenzado a tener problemas para ver de cerca. Desde los años de universidad empezó con problemas, no demasiados. Una tarde cualquiera se dio cuenta que las luces empezaban a perder definición en la lejanía, haciéndose cada vez más borrosas, y las estrellas dejaron de ser las nítidas bujías de luz que le llenaban el pecho de un exquisito vértigo en mitad de una noche sin luna. Diagnóstico (sin una pizca de poesía): miopía. Unos lentes y el mundo volvió a delinearse maravillosamente. Hasta unos meses atrás, claro, cuando los tuvo que dejar porque no le permitían leer a menos de veinte centímetros.
Muy bien. Hora de leer las filas de letras. Las lee todas, con facilidad las primeras, con serias dificultades las últimas, pero ninguna se le escapa. Luego algunos textos con distinto tamaño de fuente. Mismo resultado. Conclusión del joven oftalmólogo: su vista es excelente, y todos los síntomas que describe (letras cercanas borrosas, suciedad en los ojos, repentinos bizqueos) son completamente normales.
Normales, tu abuela, mojón imberbe. No puede ser normal. Trata de explicarle calmadamente que eso jamás le había ocurrido antes. “Jamás me había pasado antes”. El mejor argumento para demostrar que algo no es normal. Cien por ciento racional y lógico. A lo que el mojón imberbe replica con la pregunta clave: qué edad tiene. Él se la dice, con un imperceptible tono de amarga derrota. Un breve silencio en que el mañoso mancebo teclea algo en el computador, para finalmente repetir su diagnóstico: no tiene mayores problemas visuales. Como para compensar su inquietud de hombre maduro con un pie en el astigmatismo, el querubín le prueba algunos cristales para verificar con cuál ve mejor, y luego lo despacha a elegir un par de lentes patrocinados por el erario público.
Se consuela pensando que el imberbe de seguro no es más que un aprendiz de brujo, un simple ayudante al que le tocó atender a los pacientes de aquel centro público municipal gratuito, y que el verdadero oftalmólogo está demasiado ocupado atendiendo a sus verdaderos pacientes que sí pueden pagar su tiempo y pericia. ¿Qué más quería por una atención pública gratuita, en un hospital viejo donde el olor a miseria y muerte todavía perdura impregnado a las paredes?
Es normal, claro. Para su edad. Esa es la parte que nadie se atreve a pronunciar. Es normal que casi al borde de los cincuenta ya empiece a tener una serie de problemas en la vista, en la dentadura, y que el cuerpo ya no le responda de la misma manera, y que la próstata ya no le funcione igual. Y es normal correr el tupido velo donosiano sobre la verdadera causa de aquella normalidad, y aquel indignante silencio. Un pusilánime silencio que él se niega a aceptar sin al menos una protesta. Que se atrevan. Que se atrevan a mirarlo a la cara y a decirle que se hace viejo. Seguirá agitando la roja capa ante sus narices en aquel patético ruedo de eufemismos y cinismo. Quiere ver sangre. Eso es lo que quiere. Un glorioso portento de profesionalismo y honestidad en un mundo de tinterillos enriquecidos con el mínimo esfuerzo.
Y probablemente un día lo vea. Con una claridad irreverente para su edad, especialmente después de que le entreguen su flamante par de lentes, que de seguro no necesitará entre tanta normalidad.

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