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John Charles Dollman. “A Very Gallant Gentleman”.

Tal vez existía un infierno, después de todo. Sólo que no era un lago de fuego donde el alma se cocinaba en eternos tormentos abrasadores, sino una horrorosa cima plagada de gélidas ventiscas, en un planeta helado como el glaciar más portentoso, cristalizándose bajo la intolerable frialdad del universo. Con apenas la mínima posibilidad de abrir la boca para poder respirar, porque el aliento podía congelarse en menos de un segundo.
Bienvenido a Marte, queridis, se felicitó mentalmente. O lo que queda de él. Y se dispuso a abrir el intercomunicador para el primer reporte. Lo que implicaba emitir una frase lo más clara y breve posible, porque no tenía muchas posibilidades de hacerse entender entre la endemoniada ventisca, ni suficiente aire respirable para recuperar el aliento perdido al hablar. Pender sobre un precipicio a miles de kilómetros de altura, aferrado a un arrecife de filosa y escarchada roca negra, tratando de evitar ser volteado como un mosquito que intenta hacer un movimiento en medio de una feroz tormenta, eso, era mención aparte.
― 13.1 –soltó en un rápido soplido, apretando y liberando el botón del aparato con la misma rapidez.
Percibió un chirrido sordo, casi inaudible, tras el breve parpadeo rojo del encendido. Tal vez habían recibido el mensaje, tal vez no. Su problema ahora era llegar al punto 14.6 sin mayores novedades. Eso significaba antes de que la verdadera tormenta se desatara, y las realmente crudas temperaturas bajaran al mínimo. Inimaginable.
Una vez ahí, tomaría un registro visual de lo que fuera posible percibir entre la dantesca cerrazón de aquellas ráfagas, y unos restos probablemente inexistentes a esas alturas. Después de más de diez años de abandono del una vez flamante planeta rojo, lo único que quedaba era una extensa y fría oscuridad enseñoreándose de su superficie, barriendo con cualquier vestigio humano. Sólo persistían unas cuantas reinstalaciones de los últimos asentamientos mineros, levantadas por expediciones enviadas en la última década para extraer la aresita, un raro mineral marciano que era grito y plata entre los potentados de la Tierra. Terminar de congelar los candentes desiertos marcianos no había bastado. Había que rematarlo carcomiendo sus heladas entrañas.
O como era su caso, aprovechando la inconsolable pérdida de un anciano multimillonario, que no se resignaba a creer en el definitivo abandono, desaparición y muerte de un ser querido en aquellas olvidadas estepas glaciares. Que un excéntrico magnate dilapidara su fortuna esperando encontrar alguna señal de un familiar que jamás volvió a la Tierra después de la extensa evacuación masiva de Marte, en los últimos lustros, no era de su incumbencia. Mientras pagaran por sus servicios de acuerdo a lo que valían. Y valían mucho. No cualquiera se atrevía a salir de un planeta habitado y seguro, cruzar el profundo espacio por años, y bajar a otro deshabitado e infernal, con el riesgo de morir congelado y arrebatado por los vientos al poner tan sólo un pie sobre él.
Ni hablar de escalar un risco a 14.6 niveles de altura con ese pronóstico climático. Era demente. Igual que la suma de dinero que recibiría cuando llegara con las pruebas de que allí no había absolutamente nada. Una pena. Aunque mucha gente alegaba que la evacuación del planeta rojo no había sido lo acuciosa que debió ser, y que muchas personas quedaron abandonadas o escondidas entre sus pliegues rocosos, nadie tuvo nunca una prueba fehaciente de ese hecho. Ni siquiera un loco multimillonario.
― 14.6 –jadeó por fin.
Allí estaba. Aunque no tuviera ni idea de lo que era “allí” exactamente. La ventisca era imposible de atravesar, ni con la vista, ni con el cuerpo. Necesitó de toda su habilidad como escalador y explorador para no salir rechazado fuera del borde de la inusitada planicie con la que se topó sin previo aviso. Entonces el viejo loco no estaba tan loco después de todo. Exactamente en el punto pactado.
Ahora venía lo bueno. Con un desmesurado esfuerzo había logrado aprovechar la barrera de vientos cruzados, en el momento preciso, para anclarse al duro terreno bajo sus pies. Sólo quedaba posicionar el teleobjetivo de sus antiparras de alta tecnología en aquel enloquecido vendaval de virutas escarchadas, enfocar y registrar toda la planicie, si realmente hacía honor a su nombre y no era sólo un breve descanso antes del siguiente muro de piedras filosas e interminables.
Cualquiera fuera el caso, ese era el punto de llegada establecido, así que grabaría el registro y emitiría el último mensaje: “Hecho”, y bajaría al campamento apostado kilómetros abajo de él, en la planicie más cercana encontrada, donde recogerían todo, seguirían bajando hasta el campamento base, para ser conducidos a la nave y preparar el viaje de vuelta.
Papita, pensó, mientras lograba activar por fin las antiparras, que abrieron la ciega barrera levantada por los vientos, atravesándola con su poderoso ojo para ver cómo una inconcebible visión se abría ante él. Tan inconcebible que no tuvo tiempo de ninguna reacción. Aunque tampoco hubiera sido posible en medio de aquel congelante remolino de aullante negrura. Las antiparras emitieron dos flashes de registro antes de que las sombras semi-humanas se movieran y cayeran sobre él. Ni siquiera en el último instante su mente supo distinguir de dónde venía el pavoroso bramido que llenó de horror sus oídos: si del viento, de aquellas figuras bestiales o de él mismo.
Lo único que los monitores del campamento obtendrían sería un dudoso registro de figuras oscuras y borrosas sobre un fondo de rocas casi indiscernibles. Nada más. Insuficiente para cualquier afirmación seria sobre algo realmente imposible en un lugar como ese.
Sobre el sonido de los huesos y tendones rompiéndose y desgarrándose, seguido del desquiciante rasgar de dientes sobre la carne y fauces engullendo, no habría ningún registro.

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