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Marino Marini . “La Traviata”.

Había olvidado lo frías que pueden ser las noches en esta ciudad. Con la distancia y los años pareciera que lo único arraigado en mis recuerdos, para siempre, hubiera sido el sol. Un sol portentoso, avasallador, implacable e imperecedero. Sin embargo, aquí está este frío propagándose incluso en los días menos pensados, desmintiendo el cliché de la memoria vallenarina.
Luego del frío vendrán los rostros, los nombres, las calles y los lugares, probablemente. ¿Vivirán los viejos amigos en la misma cuadra, con las mismas viejas costumbres, y las mismas sonrisas? ¿Estará en el mismo lugar aquella pequeña plazoleta frente a la antigua escuela básica, o aquel restaurant o pub que solíamos frecuentar? Quién sabe. Después de más de treinta años soy una extraña en un espacio que un día fue familiar y acogedor. Mis ideas, mis sueños, mi cuerpo. Todo se ha transformado. Ni siquiera yo misma me reconozco aquí, ahora, en mi antigua habitación, frente a este antiguo espejo que me devuelve el reflejo de otra persona. Una persona ajena a este mundo que conserva aún algo del olor y las formas de la infancia y la juventud ya perdidas. Sólo una leve reminiscencia en la mirada, uno que otro pliegue definiendo algún gesto indesmentible, o un sutil aire desvelador de lo que un día fui. Lo demás es otra historia.
Camino por los pasillos y las habitaciones de esta casa vacía, y rebusco entre sus cajones tras los rastros de la memoria: figuras, muebles, registros e imágenes. Inútil. Ya todo es ajeno a mí. O yo ajena a todo. ¿Soy yo este pálido y frágil ser, haciendo una mueca junto a una orgullosa madre sonriente? La camisa, el chaleco, los pantalones, todo el uniforme escolar parece resistirse a ese cuerpo enjuto, demasiado fino para aquel atuendo tan rígido y formal. Ahí estoy. Ahí, en algún lugar, queriendo ya florecer. Una breve lágrima baja por mis mejillas sin previo aviso, inesperada. El maquillaje. Hay que secarla rápido y repasarlo en el espejito del cosmetiquero. Ninguna mácula debe entorpecer la línea de estas formas, de su estudiada exuberancia. Las luces nocturnas pueden ser aún más acusadoras que el sol abrasador de mis recuerdos.
La noche avanza con su húmeda blancura, un excelente refugio para mi primera incursión entre los pasajes que dejé hace tanto y que hoy retomo. Mañana será otro mundo, más iluminado, sí, pero más oscuro de algún modo. Las primeras miradas inquisidoras, los primeros saludos, las primeras palabras de pésame por tanta pérdida irreparable. Irreparable. Como la vida y seres que dejé atrás hace tanto y ya no están, como estas calles que serán de alguna forma las mismas, pero ya totalmente otras, como yo ante esta ciudad repleta de memorias hechas de sol y sombra. Irreparablemente perdida.

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