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Zdzisław Beksiński

Aquí vinimos por los besos
y los abrazos,
por el fuego palpitando dentro de un pecho,
por la miel destilando entre el follaje
de una primavera que nunca acaba.
Nos arrastró el aroma de un sueño
o una esperanza,
como un pan recién abierto
sobre la mesa matutina que despierta,
una promesa, una risa tintineante
repiqueteando en la distancia,
el anhelo de una dicha
que se ensancha más allá de esta tierra.
Lo demás fueron silentes rastrojos,
ecos moribundos anegando
estancias vacías,
una mano temblorosa en retirada,
unos labios apretados
sin destino,
siempre en fuga,
palpando en la oscura noche
del olvido y la memoria cercenada.
Aquí vinimos por la voluptuosa
ternura de la piel
ofrecida
en tersa caricia para el abandono
y la ausencia,
por la dulzura de un vino
derramándose en la sangre
vibrante de cantos y festejos.
Lo demás fueron deshilvanados remiendos
sobre un vacío,
sobre un apetito primigenio de besos
y abrazos
tras el primer llanto.

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