Etiquetas

, , , , , , , , ,

Vladimir Kush. “Ascent of the Spirit”.

El tiempo había cambiado. La brisa soplaba un olor a humareda lejana y a antiguos cauces irrigando la tierra de un recóndito valle perdido en la niebla. Tal vez al llegar a la cima de aquella interminable y abrupta colina lo sentirían extenderse en lo profundo, bajo sus pies, y si había suerte, la brisa descorrería la húmeda sábana que lo cubría y podrían contemplarlo en toda su gloria. Tal vez.
― A ver, ilústrame de nuevo –jadeó, parándose un segundo y mirando a su compañero hacia arriba–. ¿Dónde se supone que vamos?
― Al Mirador del Viento, ya te dije –contestó el otro sin volverse ni detenerse, haciendo un leve movimiento para acomodándose el morral a sus espaldas.
Era un morral abultado, con artefactos y utensilios colgando por todos lados. Aunque no parecía incomodarle mucho, porque seguía ascendiendo y contestando sus preguntas como si nada. Las veces que se dignaba a hacerlo, claro.
― ¿Y queda muy lejos? –volvió a preguntar.
Esta vez sólo le contestó el traqueteo escandaloso de los utensilios meneándose a la altura de sus narices. Esperó un momento a que su compañero ascendiera un poco más. Prefería guardar las distancias, con tanta cosa colgando a centímetros de su cara mientras lo seguía, corría el peligro de que en cualquier momento se detuviera de golpe y le sacara un ojo. ¿Era un punzón metálico eso que colgaba junto a un montón de herramientas filosas y dentadas al final de ese morral? Aprovechó la pausa para recuperar el aliento y respirar hondo. Los aromas volvieron a envolverlo como pálidos recados esparcidos por el aire. Podía olerlos en la lejanía: eucaliptus, sauces y álamos moviéndose al compás de ráfagas ventosas, rumorosas aguas dilatándose entre tortuosas gargantas y acantilados, hacia el horizonte. Y una oscura columna de humo emanando desde algún punto, dispersando cenizas y fuego. Imposible no olerlo desde allí. Sí, definitivamente el tiempo había cambiado.
― Es por los lectores –insistió él, tratando de reprimir los jadeos a medida que la colina se hacía más empinada–. Siempre es bueno darles algunos trozos de información, aunque sean mínimos, para orientarlos y mantener el interés. ¿Entiendes?
― Claro –respondió secamente.
Claro que no entendía. Qué iba a entender. De lo único que parecía entender ese tipo era de subir y bajar colinas, atravesar enormes planicies, extensos bosques, insufribles desiertos donde todo se podría de calor, y oscuras masas de agua que se perdían en los confines de aquel mundo a punto de eclipsarse bajo densos augurios. Poco o nada sabía sobre mantener el ritmo de una narración, poblarla de imágenes suficientes para mantener los ojos de la mente inmersos en los acontecimientos. Al menos el tiempo necesario para evitar el colapso total de la ilusión narrativa.
― ¿Y están ahí ahora?
Había hecho una pregunta. Increíble. Su compañero se había detenido unos metros más arriba, justo sobre el borde de la cima de la colina, y sin siquiera mirarlo había lanzado semejante bomba.
― ¿Quiénes? –dudó él, parando abruptamente.
Fue como si la pregunta de su compañero lo hubiera congelado de golpe justo antes de alcanzar la cima. Sabía perfectamente que cuando uno de los personajes hacía algo completamente inusual, inesperado y enigmático, algo terrible estaba por venir. A sólo unos pasos de alcanzarlo, sus piernas se negaban a avanzar y llegar a aquel nivel, donde los ojos de su compañero seguramente contemplaban lo que había del otro lado. Probablemente el fin.
― Los lectores –continuó el otro, girando para mirarlo. Y por primera vez vio en esos ojos una infinita expresión de cansancio y renuncia–. ¿Están ahora ahí, siguiendo la historia?
Y sin esperar respuesta, le dio otra vez la espalda, adelantándose sobre la cima para contemplar lo que pronto él también vislumbraría, pero que ahora prefería diferir sólo unos momentos más.
― Claro –balbuceó, por fin–. Ahí están. Siguiendo la historia.
― Entonces es tiempo que les cuentes que todo termina aquí –dijo, sin cambiar de postura.
El espeso silencio que siguió a aquella frase le abombó los oídos y la mente. Podía sentir su propio jadear y los latidos de su corazón como poderosas trombas sanguíneas resonando en su cuerpo. Entonces eso era todo. Muy bien. Si así tenía que ser.
Sintiendo un enorme peso sobre la pequeña mochila cargada con unos enseres básicos, y unos blocks para escribir y dibujar, se dio valor para cubrir los pasos hasta alcanzar a su compañero.
Sí. Definitivamente ahí estaba, en todo su esplendor. El fin.

Anuncios