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“Der große Regen”. Wolfgang Lettl.

Hoy dejaré de lado los pormenores
que nos trajeron a esta tarde
cargada de soles fundiéndose en esplendorosa
agonía de luz y quietud salobre.
Me inclinaré ante este mar de palabras
agitándose bajo el oleaje
de lo que se niega a ser pronunciado.
Entre nosotros los signos se levantan
como señales de una fraterna
desesperanza desdibujada más allá del tiempo
que permanece idéntico a sí mismo.
Los mismos sueños, las mismas añoranzas,
el mismo canto tronchados
sobre el mismo ángulo
contra este mismo suelo.
Qué sé de transeúntes
pernoctando como prófugos
de su propia miseria en lejanas y extrañas tierras.
Qué del horror consumiendo
el gesto más casual tras la cena cotidiana.
Qué del exilio que arrebata
desde las raíces hasta la pulpa
abierta como una llaga sangrante.
Qué de un horroroso Chile
sin salida y sin retorno.
Qué sé de la poesía,
la verdadera poesía, la poesía en su blasón
más alto como un muro transparente
donde cristaliza un mundo inacabado de deseos.
Este exilio, este seudo-exilio autoelegido,
este exilio hacia el centro de uno mismo
tras un decoroso paseo por los Malls y servicios higiénicos,
una breve y fugaz estancia
en la virtualidad de una vida insípida,
sin sabor a nada.
Qué sé, Enrique,
de la poesía encarando la muerte
como a una vieja raquítica
vencedora de todo.

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