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Victor Bregeda. “High Hopes”.

Esta historia ya fue contada mil veces. Como una antigua reliquia que pasa de mano en mano, su sino ancestral se estira y permanece. En todos los andenes del mundo, en las pequeñas esquinas de provincia, entre las arboledas o la soledad populosa y monótona de una plaza pública, los engranajes de su mecanismo giran cíclicamente, imperecederos. Mirar el reloj, observar a los paseantes ir y venir para matar el tiempo, leer algo, escuchar música, pensar. Inútil. La paciencia de Penélope sigue desmadejándose, inflexible, para volver a unir los firmes eslabones de una esperanza irrisoria, para volver a empezar una y otra vez.
Es todo. Ni el más obstinado silencio tras la indiferencia más implacable hará zozobrar esta barca de espera caduca. Inabordable. Tras las pequeñas ventanas abiertas sobre la palma de una mano se despliega el mundo en su cotidianidad inconmensurable. Sus pálidos reflejos titilan bajo el breve tacto que las pulsa, abriéndolas, cerrándolas, tecleando incesantes preguntas y respuestas, rastreando el signo indeleble de una señal o una palabra que selle los minutos acumulados contra el olvido.
A ante bajo cabe con contra de desde en entre hasta hacia para por según sin so sobre tras… Ningún trabalenguas sintáctico, ninguna partícula gramatical antojadiza, ningún prefijo en su negación más honda puede componer lo que la persistencia de un silencio va trizando sin remedio, para siempre.
Un día, cuando el latido náutico de esta nave encalle aferrado a una costa ignota más allá de toda esperanza, tal vez la sombra de su anhelo se haga presente, como un mendigo envejecido, encorvado, vistiendo los andrajos de otra vida. Entonces trepidarán las hachas, silbará la flecha atravesando el vacío hasta el más profundo abismo, y sin una sonrisa, sin una mueca ya que esgrimir, se oirá, en un susurro: “Demasiado tarde”.

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